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  España [ 18/12/2004 ]  
LOURDES NÚÑEZ, NOS NARRA SU AVENTURA PERUANA

Hoy, unos años después de haberlo vivido, me cabe el honor de que, Lourdes Núñez, amiga entrañable, me haya regalado este relato estremecedor y profundo, de lo que, en su día, resultó su viaje a tierras peruanas, concretamente a la ciudad de Chota. Lourdes, en repetidas ocasiones, me había contado esta experiencia; pro yo le instaba a que, además de contármelo, lo narrara y, al final, conseguí mi propósito. Los toros, como podemos comprobar, una vez más, han sido el motor y causa de que, como ahora, Lourdes Núñez, nos escribiera un relato hermoso y cautivador. No es esta una crónica de toros; más bien se trata de un diario emotivo en que, vivencias de todo tipo, han sido contados por Lourdes, según las ha vivido. Mil gracias, Lourdes Núñez, por tu gentileza, por tu cariño y por tu amistad.

MI AVENTURA CHOTANA.

Empiezo a contarles un poco mi odisea Chotana.  Chotanos son los habitantes de Chota, cuyo gentilicio les define; por aquello de haber visitado, Chota, una ciudad peruana y con esta experiencia  vivida en mis propias carnes, confieso haberme estremecido. En honor a la verdad, confieso que, en todos mis años de existencia, jamás había sentido nada igual; en mi cuerpo y en mi alma. Me estremecí con tantas vivencias que, como ahora relato, jamás podré olvidar. Se trata de otro mundo; otra historia y, por encima de todo, otra forma de vida que, vista desde mi óptica personal y particular, logró conmoverme. Gracias a los toros pude sentir esta experiencia puesto que, acompañar a esta cuadrilla de hombres que torearon en esta ciudad, fiesta taurina al margen, me impresionó todo lo que pude haber vivido, tanto en el viaje como al convivir con las gentes peruanas.

Diré que, gracias a mi compañero Antonio, apoderado de un torero, acudí, con una cuadrilla de toreros a esta ciudad y, mi experiencia, ha sido inolvidable. Ya, en el aeropuerto de Madrid, un componente de la expedición que acompañaba al torero José Antonio Ortega, decía que, de haber sabido todo esto, hubiera traído un equipo para filmarlo y, espera hacerlo el año que viene; eso lo dijo al partir;  no imagina nadie lo que decía al volver. Bueno, pues, una vez en Lima, después de las consabidas horas de avión; eso sí, en primera clase, como debe ser, gracias a la jefa de Avianca muy taurina ella, que nos cambió de clase y nos acomodó de lujo; ahora esto no importó para que nos comportáramos como en clase turista, pero que contagiamos a todos  los que iban en primera: Pues nuestros chicos no dudaron en sacar su queso, su cañita de lomo, chorizo y, con la bendición de las azafatas que por ellas estaba permitido todo, allí comieron hasta la tripulación de cabina. Cosas de pueblo, que diría Paco Martinez  Soria. El capitán tuvo la deferencia de invitarnos a la cabina de dos en dos y, allí empezó para mí una pequeña experiencia, pues nunca había estado allí dentro charlando; yo me los imaginaba con las manos en algún mando; pero no, los pilotos van leyendo, comiendo de nuestro quesito y solamente tocan algo para subir o bajar; lo demás, todo  está programado; estuvo muy bien aquel rato.

Una vez en Lima me llevé una mala impresión puesto que, de noche y quizá por el barrio que nos metieron, no era de lo más bonito para la vista; pero bueno, había que descansar unas horas. El  hotel que nos buscaron era de lo más cutre, aunque yo tomé mis medidas para dormir. Al día siguiente, vimos, por unas horas, la ciudad de Lima, que me pareció otra cosa con sus edificios coloniales; mucha pobreza, suciedad, en parte había zonas como le decía  a mi compañero Antonio, que me recordaba a La Habana Vieja de Cuba.

A las 20 horas cogimos un avión para Chiclayo y, el horror era transportar otra vez tanta maleta y trece personas; era como en la mili, según contaban los chicos; yo me encargaba de supervisar el equipaje en los aeropuertos y allí, cada uno tenía su cometido. El viaje a Chiclayo dura unas tres horas. Yo me debí de dormir plácidamente pues, al despertar, me dijo una peruana que venía detrás; “que sueño más rico ha tenido usted”. Claro está que, hasta debí de roncar. Una vez en el aeropuerto de Chiclayo, que es pequeño, como el nuestro de Hondarribia, había que transportar otra vez todo, hasta donde salía la Guagua rumbo a Chota. Así que, furgonetas taxis, le llaman allí a las furgonetas un poco más grandes, todo nos venía bien para tantos como formábamos la expedición. Llegamos a una calle oscura y en un local más cutre que un bajo abandonado; pues allí era como la estación de autobuses para Chota; cuando yo vi aquel autobús me dije: prepárate para la aventura y creo recordar que Antonio me dijo; “aquí empieza la aventura de verdad”.  Subieron todo el equipaje y fuimos montando; Antonio y yo nos pusimos como en la segunda fila y, todos los demás, detrás; venía algún que otro aventurero que iba a la feria de Chota. Ya, para empezar, el autobús se llamaba Chota-Express; así que, con ese nombre, a triunfar; la puerta cerraba con una cuerda y,  el conductor llevaba como dos ó tres ayudantes, que eran los hijos del aludido conductor, que tendrían diez años, a lo sumo. Así que alrededor de las 22 horas, allí empezamos un nuevo trayecto de 219 Km. Yo me tomé dos biodraminas, sencillamente, porque me mareo mucho en coche; y llevaba en mi bolso, de todo, para mis “chicos”, o sea, los toreros que viajaban conmigo, o yo con ellos; de alguna forma me sentía como un poco la madre de todos. Lo mismo llevaba papel higiénico, alcohol, galletas, toallitas higiénicas, dosificador de lejía “por aquello del agua”, botiquín, etc. A las dos horas, más o menos, paramos en una cantina para tomar un café; nosotros, como habíamos ramplado de todo en el avión, llevábamos comida para todos y, además, claro está, los chicos ya se habían encargado de ello con las azafatas que, por cierto, se me olvidaba contar que, en el avión no podían ni abrir la boca; pues iban partidas  de la risa con estos chicos. Bueno pues, en la cantina que paramos, yo entré a pedir un café y, según me lo dieron me fui; pues todas las mesas estaban llenas de cucas de esas que vuelan; así que, a la calle; me quedé sin café y a mear entre los árboles.

El viaje duró hasta el amanecer. Yo iba medio dormida, aunque, entre horas, oía comentarios;  “chofer, que te duermes”; si el hombre se dormía, había que avisarle;  creo que del cansancio; me resultaban, hasta más cómodo de lo que hubiera imaginado, los asientos; creo que, me había mentalizado tanto que, hasta me parecía un lujo. Por el camino veía que la carretera, por llamarla de alguna forma, eran piedras cada vez más grandes; pinchamos una cinco o seis veces; por el camino se rompió las llantas, por dos veces; pero allí había remedio para todo; eso sí, cada vez que se paraba, había que calzar el autobús; ya podemos imaginarnos, como andaría de frenos. A eso de las cinco de la mañana, paramos a unos 2.500 metros de altura; las vistas eran impresionantes; el cielo azul; un frío tremendo; claro está, a esas horas y en esa altitud de muerte; pero para despejarte bien.  Todos los hombres se bajaron para hacer aguas (mear, en cristiano) y yo también; creo que íbamos unas tres mujeres en todo el autobús. Antonio decía; “pero donde vas a mear tú”: tranquilo colega, que yo meo; me busqué un rinconcito con vistas a unas montañas preciosas y, me quedé ideal; recuerdo que, estando allí pasaron unos campesinos; en el burro iba montando el marido y el hijo; y andando, iba la mujer tirando de la cuerda; y la hija, las dos descalzas; la niña, Rosita de nombre, era preciosa; me saqué unas fotos con ellas.

A  las siete de la mañana paramos en un pueblo llamado Huambo;  desayunamos un poco de café; bueno, café, por decir algo; tienen el agua hervida en termos y luego te dan una especie de Nescafé, pero al menos, estaba limpio; enseguida me puse hablar con el matrimonio y me metí en la cocina para hacer unos huevos. El hombre, encantado, por 17 soles comimos todos. (Cada sol equivale a cincuenta pesetas de las de antes). Cuando salimos de allí, estaban preparando el mercado en la plaza; las mujeres, la mayoría descalzas, no saben andar con zapatos; me dijeron que, a veces lo intentan, pero les hacen más daño. Cuando volvimos a montar, me dijo Antonio: “prepárate pues ahora empieza de verdad la odisea”. La verdad es que, más de lo que había visto, no se que más podía ser; pero tenía razón, la carretera, cada vez, en algunos tramos, era más estrecha y, cuando nos cruzábamos con otro autobús, se quedaba medio autobús colgando del precipicio y nadie puede imaginar donde quedaba el final. La verdad es que, son verdaderos “fitipaldis” en llevar por esos caminos los autobuses; pues es increíble lo que tienen que hacer para pasar; pasan por riachuelos que les hace patinar; además, con el fenómeno del niño todavía les ha hecho más estragos; total que, así íbamos subiendo, cada vez más arriba pero, el paisaje era precioso; verde frondoso de vez en cuando; pasabas por casas de barro en la que los niños jugaban en la puerta de la casa mientras, los padres, van al campo y, allí se quedan todo el día solos; al cuidado, la hermana mayor, que pueda tener cinco ó seis años. Según subíamos, me decía a mi misma que valía la pena ver todo aquello; de repente un txolo que había montado en el autobús; -txolos son los indios de allí-; le dijo al chófer que le parara y le esperara; allí no hay prisa. Yo pensé que, iba hacer aguas; pero no, el txolo fue a coger un ramo de retama, que luego me explicaba que muy buena para el cuerpo; los riñones, hígado, estómago, etc. Nadie se cabrea; él coge las hierbas, sube, y seguimos el camino. Al fin, como a eso de las doce del mediodía, llegamos a divisar el famoso pueblo de Chota; hasta que no das dos vueltas por el pueblo, no logras pensar que allí pueda haber toros y en una plaza con tanta gente. Llegamos, eso sí, como si hubiéramos cruzado el desierto; las maletas no se les veía el color; fuimos descargando todo y a instalarnos; yo soñaba con una ducha; Antonio me había dicho que el Hotel estaba bien, sin lujos, pero yo, la verdad, no quería preguntar más por si me llevaba una sorpresa; me dije, mejor verlo, que ya estoy aquí.

La verdad es que llevaba hasta toallas y sábanas; pero no hizo falta, el hotel estaba muy bien; muy limpio; había agua caliente. Hasta tenía televisión en la habitación. Así que, creo que después de la ducha, me quedé dormida hasta las ocho de la noche. Nos preparamos y fuimos a dar una vuelta por el pueblo que me pareció muy lindo; sumergido en el primer día de fiestas. Tomamos algo en una tienda. Si, en una tienda que venden telas, zapatos y otros enseres pero que, además, tienen una mesa y unas sillas y allí, como también hay bebida, pues, sirve de bar.  En este pueblo, bares no hay; si quieres, te coges una botella de Yonqui que es la bebida de ellos; un aguardiente puro y te lo tomas sentado en la cuneta de la plaza. Así que, estuvimos con la comisión del Ayuntamiento, una gente super amable y entrañable. Los días posteriores, yo desayunaba con Antonio en un bar al lado del hotel que, solamente, por los jugos, merecía la pena; yo me tomaba uno de papaya que me dejaba como nueva; la verdad es que no tienen mucho dinero para las fiestas, pero ruido tienen todo; a partir de las seis de la mañana, ya no hay quien duerma, por el ruido de los cohetes y las bandas de música.

Yo me solía ir a dar una vuelta por el pueblo mientras, Antonio, hacía sus cosas y luego nos juntábamos en el apartado.  La calle donde estaba el hotel, nada más bajar, te tropiezas con las indias que venden toda clase de frutas; tenía que pasar entre ellos que me miraban como a una cosa alta y rubia; rara para ellos, que no miden más de 1,50 y son todos tan morenos; así que, yo les resultaba una cosa venida del más allá. Allí, desde el día que empieza la feria, es una semana de fiestas; se sientan en la cuneta con los hijos a la espalda y, venden sus mercancías; allí mismo duermen, dan la teta a su hijos, orinan, (pues no llevan bragas) mastican coca para adormecerse; así que, hacia el quinto día de feria, las calles huelen bastante; a calor humano o residuos; pero ni esto me molestaba; era algo extraño que no se podía explicar, pero que no me molestaba. Los toreros estaban viviendo en la casa de la doctora del pueblo, pues en todos los pueblos hay una; comíamos allí; nos hacía una señora la comida, luego, por tanto, estaba todo muy controlado. Recuerdo a una de las hijas de la doctora, una niña de cinco añitos; era preciosa y cariñosa. Puedo contar que, hablé con el cura, el padre Severiano, para traerme una bebita; dicen que estoy loca; pero como podremos imaginar, una menos en el mundo para pasar hambre. Por la tarde, a eso de las 15,00 horas, venían a  buscarme para ir a los toros; me tenían una barrera reservada. Los toreros iban en taxis a la plaza, pero claro, los taxis de allí, son de esas motos con tres ruedas y un toldillo y entran dos personas; pero por un sol, que son cincuenta antiguas pesetas, te llevan y, si encima les das dos, pues te están esperando como si no hubiera terminado el viaje. Recuerdo que uno tenía música, llevaba un casete viejo colgado con unas cuerdas; ese era ya de lujo. Ya, en la entrada a la plaza, no podía dar crédito a lo que veía había; por lo menos mil personas que no podían entrar, por no haber entradas; allí, todo el mundo va a los toros, con niños hasta de pecho; hasta la gallina;  todos van. Cuando un torero triunfa, le hacen coger a los hijos en brazos; para ellos, son dioses, los toreros.

Recuerdo el último día de feria que, se sentó al lado mío una india viejecita con sus pies descalzos negros y su sombrero; le pregunté que, desde donde venía y como hablaba medio indio, me tradujo una amiga tocaya, por cierto, que conocí allí. (Es curioso, pero teníamos el mismo nombre y apellido) La india en cuestión, venía desde la sierra a dos horas y media de camino. Ella, el día anterior, me señalaba que compró una entrada de tendido; y el último, su barrera. Todo el año había trabajado y ahorrado para disfrutar de esos dos días. En el quinto toro se marchó. Yo le dije, pensando que no sabía que quedaba un toro todavía, pero ella me dijo que tenía que ir para la casa, pues le quedaba mucho camino por recorrer y, se le echaba la noche encima. Allí oscurece temprano y amanece pronto. Me dejó sorprendida; me pareció entrañable; con que poco se conforman y de que nos quejamos nosotros, pensé en voz baja. Así son las cosas. Las gentes de por allí que, sin nada, lo poco es mucho; allí nadie te pide nada; tienen asumida la pobreza; los niños pequeños se quedan en las puertas de las casas entre las gallinas, mientras, los padres van al campo a trabajar. Se quedan al cuidado de la hermana mayor que pude tener cinco años. Así pasaban los días en Chota. Uno de los días, el torero Alberto de la Peña, me dijo  por la mañana, que le sacaría yo los números del sorteo y casualmente, le saqué los dos toros que a él le gustaban. Por la tarde, me brindó uno de sus toros,  con tal suerte, que hizo semejante faena que, indultaron al toro y él salió a hombros; así que, desde aquel día la virgen de Lourdes le ilumina. Lo curioso del toro que indultaron fue que, en vez de mandarlo a los corrales, lo ataron en el callejón con unas cuerdas y allí lo tuvieron hasta que se terminó la corrida, cosa de los indios.

Puedo contar que, entre las cosas que vi., una de ellas muy curiosa, es que las tienduchas que hay, cuelgan el cerdo recién matado en la puerta y de allí mismo, cortan lo que las indias quieren comprar. Yo pregunté si eso no pasa unas medidas de higiene y, me dijeron que, como está recién matado pues está muy fresquito. Al día siguiente, al pasar por la calle donde estaba la tenducha, me fijé que no quedaba del cerdo más que la cabeza. El último día estuvimos bebiendo  un poco de yanqui, que es un aguardiente de allí. Recuerdo que, el alcalde tenía buena “tajada” y, se me declaró, me decía; “gringa que piernas más largas tienes”; se quedó con mi coletero del pelo de recuerdo y, ahora cuando habla con Antonio, lo primero que le dice es que para la feria del año que viene allí me quiere ver.

Así que, como al ir, a la vuelta, el camino era el mismo; pero respiré que no había pasado nada a ningún torero, pues me imagino y posterior lo he hablado con Antonio, Dios quiera que no pase nada, pues allí tienen lo justito en la enfermería. He querido pensar como sacas de allí a un torero, de ocurrir un percance; la única forma es en helicóptero. En fin, veremos como lo solucionan para el año que viene. Lo curioso es que, va gente de Lima a ver esa feria y que, en realidad, es más importante de lo que parece. La vuelta también fue de” Indiana Jones “Recuerdo el autobús que era más incómodo que el de la ida y tardó, otras dieciséis  ó diecisiete horas; en un momento del viaje, vi como le tuvieron que decir al chofer, al hacer una maniobra, para que pasara otro, que estaba medio autobús fuera del camino. Antonio se reía cuando me veía que iba a mear entre burros o gallinas; bueno, yo iba con mi rollo de papel y todo el material higiénico para todos. Pero llegamos bien;  muy agotados. Cuando cogimos una cama en el Hotel en Lima, nos parecía un lujo, y  es ahí cuando te das cuenta de lo ricos que somos; pero a la vez, pobres, por no valorar lo que tenemos; que gente más entrañable; ha sido una experiencia maravillosa con todo lo duro del viaje y espero volver. Es gente que vive para su semana de fiestas; como nosotros o cualquier pueblo nuestro, pero con mucho menos. Antonio decía que están como a unos cuarenta años de nosotros; hay casas que todavía tienen los quinqués esos para la luz.

Diría yo que, aquello, hay que vivirlo; como dijo uno de la expedición; esto es para que el año que viene venga un equipo de filmación, para hacer un documental desde que salimos de Madrid.

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