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Pla Ventura  
  España [ 13/09/2000 ]  
DIARIO DE UN MENDIGO.

DIARIO DE UN MENDIGO

        Este relato que empiezo ahora mismo quiero que sea, ante todo, un homenaje hacia todos cuantos se encuentran en las mismas condiciones que mi triste persona. Somos miles de hombres y mujeres que, por no querer delinquir (Yo era  un delincuente de guante blanco) nos encontramos en este lamentable estado de pobreza, miseria y desolación a que la vida nos ha abocado. Es cierto que somos una especie criticada, mal vista por la sociedad actual, pero sin lugar a dudas, es una realidad que existe y nada ni nadie la puede esconder. Y fijémonos que, nuestros dirigentes políticos nos quieren desviar la mirada cuando se habla de un tema como el nuestro. La realidad es que, visto el mundo desde las poltronas del poder, sus retinas no alcanzar a ver lo que pasa en la parte baja de la sociedad.                        

         Yo vivo en Madrid, como tantos seres humanos de esta España nuestra. Claro que, decir que “vivo” es una expresión muy impresionista por mi parte. Intento sobrevivir con las migajas de otras muchas gentes. Si a esto le llamamos vivir, aunque yo no me quejo, así será. Lo realmente cierto es que respiro y ando. Siendo así será porque estoy vivo.

          A lo largo de este relato explicaré con detalle las razones que me llevaron a la mendicidad, aunque, mientras tanto, quiero indicar un poco cómo y de qué manera son las condiciones de vida en que subsisto. Nosotros, el colectivo inmenso que formamos este pequeño mundo de la mendicidad, también tiene nuestras disputas lógicas. Claro que, la sociedad actual, las gentes normales de esta ciudad e imagino que del mundo entero, suelen partirse el pecho por el dinero; odiarse por dinero, traicionarse por dinero: todo, absolutamente todo se hace pensando en acumular ingentes cantidades de vil metal. Lo nuestro, y permítaseme el eufemismo de hablar en nombre de mis compañeros, es otra historia distinta.

           Yo, que estuve en las más altas cimas de la sociedad, si es que la altura se mide por el dinero, comprendo ahora muchas cosas, entre ellas, la estupidez del ser humano en buscar sólo dinero En calidad de mendigo, como vengo diciendo, he podido comprobar muchas cosas. En este sub.-mundo que tanto nos aterra, tanto a los que vivimos en él como a los que piensan que un día, como yo, pudieran acabar pidiendo limosna, lo realmente maravilloso es que no me hace falta el dinero; que nadie lucha por ser rico en ninguna de las extensiones de la palabra. Quizás, quién sabe, igual he descubierto un mundo feliz que hasta ahora no había conocido.

         Es cierto, como antes decía, que todos tenemos nuestro corazoncito: nosotros, los mendigos, también. Siendo así, les contaré lo de las pequeñas disputas a que antes me refería. Ante todo tenemos un código de ética y moralidad que ya la querrían tener los que caminan con un coche fastuoso. Cada uno de nosotros, por antigüedad, partiendo de esta premisa, tiene las licencias que en verdad le son acreedoras. Me explico. Si mi zona está, pongo por ejemplo, en la Gran Vía, mientras yo viva o me marche de esta ciudad, nadie puede mendigar en donde yo cohabito. Esta es una máxima que se respeta como una norma básica. A partir de ahí, cada cual en su casa y Dios en la de todos.

        He dicho que no necesito el dinero y, sin proponérmelo, he faltado a la verdad. Lo que sí quiero que quede claro es que necesito sólo el que me pueda hacer falta. Si para comer, cada día, me arreglo con mil pesetas, no necesito más. Esta es una realidad como el sol que nos alumbra. A mi se me ha dado caso de llegar un señor y, a las seis de la tarde, entregarme dos mil pesetas y yo, educadamente, le he dado las gracias y no se las he cogido. Nosotros, los mendigos, practicamos una vida lógica, de ahí nuestro gran tesoro. Si no puedo gastármelo, para qué lo quiero.

LA GRAN VIA DE MADRID.

        En mi zona de Gran Vía, desde estos años en que vivo de la caridad de los demás, puedo decir que soy un tipo afortunado. Creo que nada me puede hacer falta; tengo de todo. Mi hatillo, como cualquier maletilla, está repleto de chismes y, el petate que alguien me dio como recuerdo de la mili, lo tengo abarrotado de ropas y enseres. Las gentes de Madrid son muy generosas para con nosotros, esta es una gran verdad. Yo visto como un señor de la vida normal gracias a la ropa del señor Paco. El señor Paco del que no sé, ni falta que me hace, saber sus apellidos, me trata de maravilla. Todo un primor este caballero. Todas las mañanas, al salir de casa, la misma pregunta: “ ¿ Necesitas algo, amigo ¿” Digamos que el señor Paco me subvenciona en casi todo. No, no puedo ni debo quejarme de mi situación actual. Si lo hiciera, Dios me castigaría.

          Estoy haciendo una paráfrasis de cómo es nuestra vida actual, más tarde entraré en detalles lo que ha sido mi vida y de los motivos por los que llegué a la mendicidad. Si soy sincero, y no tengo motivos para no serlo, tengo que confesar que me duele no poder ir lo limpio que uno desearía. Yo era de los de dos duchas diarias y dos trajes, de los que no tenían arruga alguna. Ahora, ya ven, añoro la ducha y no echo en falta los trajes. El problema de la falta de higiene me trae a mal vivir. Hay un bar cerca de “casa” en que, el dueño, gentilmente, me obsequia a diario para que me lave la cara, haga mis necesidades, pero no puedo ducharme. Para ello, los fines de semana, acudo al gimnasio del señor Paco en que este buen hombre, este gran señor de la vida, me deja que utilice sus instalaciones y, por ende, sus duchas. Me siento en la gloria tras caerme el chorro de agua fría encima de la cabeza. Es una sensación tan placentera, tan agradable, tan dulce, que no la cambio por nada del mundo. Yo no entiendo, ahora, que la gente pueda ducharse con agua caliente. Demasiados lujos.

        La parte más cruel de mi existencia, en lo que a mi vida actual se refiere, viene dada por la noche. Las noches, en invierno, son muy largas. Y son inacabables por dos razones: primero porque al haber menos horas de sol, éstas se le incrementan a la noche y, en época de invierno, sinceramente, es muy dura mi existencia. Bajo a dormir a mi hotel preferido de 5 estrellas como es el “metro”. Allí, en el arcén, estoy resguardado del duro e infernal frío madrileño. Mis dos mantas cobijan mi cuerpo, mientras que el petate de que antes hablaba, soporta mi cabeza. Así un día, otro y, quién sabe, yo creo que durante toda la vida. Difícilmente podrá cambiar ya mi estatus de vida. Es más, creo que, de proponérmelo, yo tampoco querría. Dentro de lo que supone este cúmulo de limitaciones que esta vida comporta, creo que soy feliz. Lo afirmo: soy feliz.

CANTANDO ESPERO A LA MUERTE.

          Yo llegué al mundo de la mendicidad y, como explicaré con todo detalle en páginas sucesivas, provengo de las más altas esferas de la sociedad. Al respecto, hace muchos años, dieron por televisión un reportaje en el que se hablaba de los grandes ejecutivos venidos a menos e incluso se habló de que algunos vivían en la miseria y de la mendicidad. En aquellos instantes sentí risa. Me pareció, aquel reportaje, un sensacionalismo barato por parte de la televisión con el afán de concienciar no sé bien a quien. Jamás sospeché que yo podía ser uno de los que narraban su vida por televisión, tras haber llegado al caos y a la ruina. Aquí estoy. Cantando espero a la muerte. Qué otra cosa puedo hacer.

          Volviendo a lo que es mi vida actual en la miseria en que estoy sumido, reconozcamos que todo tiene su parte buena, su lado maravilloso. Antes, en mi época de gran ejecutivo, me hubiera escandalizado si, por ejemplo, en mis días de “gloria” hubiera leído lo que en estos momentos nos están machacando por la prensa, radio y televisión: el proceso contra Bill Clinton por sus presuntas causas de violación a una empleada de la Casa Blanca. Actualmente, casi nada me importa: ni Bill Clinton ni el Padre Santo de viaje en Cuba, en estos primeros días de enero de 1.998

     Es ahora cuando comprendo cómo y de qué manera pierde el tiempo la sociedad actual. Siempre están – y digo están ya que yo no me preocupo de nada, absolutamente de nada – pendientes de lo que ocurre por ahí e incluso algunos se escandalizan con la historia del presidente de EE.UU, cuando ellos, a diario, hacen cosas peores

          Antes, ya ven, mi vida estaba llena de prejuicios y también de falsedades. La vida del gran ejecutivo es casi siempre una pura mentira, una simulación de vida honrada rociada con grandes dosis de hipocresía. En terminología de la calle digamos que sería aquello de hacer ver todo lo que no es. Yo, a esta especie en la que me encontraba sumido, les llamo grandes prestidigitadores. Sacan del sombrero el palomo cada vez que les vienen en gana. Y, ante todo, hacen ver que llevan una vida honrada cuando la gran realidad es muy otra. Yo, sin ir más lejos, tenía una amante. Eso sí, al llegar a casa, sacaba el tema de tal o cual violación o trapo sucio de cualquier persona famosa: vamos, de los que nos escandalizábamos todos. “ Qué bajeza. Qué clase de gentes tenemos en la sociedad. Qué mundo más asqueroso.” Estas y otras frasecitas las repetía yo a diario con mi señora esposa y, claro ella se ponía las manos en la cabeza al escucharme. Ella, la muy infeliz, me daba la razón. Yo le hacía ver que mis obligaciones profesionales me impedían almorzar en casa y que, por consiguiente, tenía que llegar al hogar  muy tarde todos los días. Era toda mentira. Mi vida, como la de tantos otros, se circunscribía en la mentira y en el engaño. Iba subido en un tren que, para bajarme, como se demostró, no me quedaba otra opción que esperar el descarrilamiento del mismo.

          Así era yo y, quizás, quién sabe, igual estoy pagando ahora el pecado que cometí en su día, precisamente cuando me creía inmortal y me sentía por encima del bien y del mal. Yo era, ante todo, un farsante más de los miles y miles que existe sobra la faz de la tierra  en que, si un día se descubrieran todas las atrocidades que esta especie comete, no sé dónde pararían todos. Tengo lo que en verdad merezco, lo que me labré a pulso. No debo culpar a nadie. Si esto hiciera sería un insensato, un canalla, un cobarde.

¡ CUANTO HORROR ¡

           Cuando vivía en aquella sociedad mezquina, ruin, falsa, cobarde, aduladora en que todo consistía en el dinero, la lujuria y demás manjares de la vida, en aquellos instantes no hubiera podido comprender, y hasta lo hubiera criticado con saña, por ejemplo, que Ramón Sampedro, el tetrapléjico gallego hubiera pedido – y logrado tras treinta años de cautiverio – que le proporcionaron la suficiente dosis de cianuro para poder morir. ¡ Cuanto horror ¡ Hubiera dicho en aquellos momentos de mi esplendoroso fulgor. Ahora, en mi vida actual soy capaz de comprenderlo todo. Todos, absolutamente todos deberíamos bajarnos aunque fuera por unos días a este mundo en donde yo vivo ahora y, de este modo, entenderíamos muchas cosas que, como vengo repitiendo, hasta ahora criticábamos. Leo los diarios que me entrega, un día después, el señor Paco. De este modo me entero de todas las noticias ya que, televisión veo poca, por no decir nada. Y, aunque sea un día mas tarde, todo el lodazal del mundo te lo embadurnan en el sucio papel de periódico. Claro que, para mí, el periódico, tiene muchas utilidades, amén de echarle un vistazo y saber de las miserias de la sociedad. No existe nada más practico que este papel para envolver el bocadillo que te entregan y que quieres guardarlo para la noche. A todo, como vemos, se le busca el lado bueno.

         Es lamentable que, a estas alturas de la vida, casi en el siglo XXI, haya tenido que morirse Ramón Sampedro por su cuenta. Somos tan hipócritas que, denostamos la eutanasia. Contra la voluntad divina no se puede hacer nada, decimos como un maldito consuelo, cada vez que sabemos o nos enteramos de un caso como el del citado Ramón. Es hora ya de que cualquier ser humano, en plenitud de sus facultades mentales, que no físicas, pueda decidir su futuro. He analizado el caso de Ramón Sampedro y me vuelvo loco yo solo. Mi sentimiento quizás sea de rabia, de desolación o de arrepentimiento por haber pertenecido a esa masa de sociedad falsa y corrupta, pero en todos los sentidos. Las leyes caducas y obsoletas que nos rigen, entre otras cosas han propiciado un calvario a Ramón Sampedro que, durante treinta largos años se los ha pasado pidiendo la muerte a gritos y, en el peor de los casos, sin hacerle daño a nadie; pidiendo que le dejaran disponer de su vida. Legalmente, ha muerto sin poderlo conseguir.

          Así está montada la sociedad en que todo el mundo pretende vivir en la misma y, ya ven, es ahora, en mi estado de pobreza y de extremada sencillez cuando de verdad he encontrado la felicidad. En mis tiempos de líder en mi empresa creía ser feliz. Ahora, en cambio, reconozco mi error. Nadie puede ser feliz viviendo de la mentira, de la burla, del engaño y de la hipocresía. Este era yo. Como tantos miles de personas que existen con una doble vida a sus espaldas. A fuerza de ser sincero reconozco que yo hice mucho daño en la sociedad en la que viví. Quizás por ello, como premio, se me concedió lo que ahora tengo; o sea, nada. Tampoco era justo que un vivo como yo anidara por ahí engañando a la gente, comprando a los políticos corruptos y haciendo negocios sucios con unos guantes blancos.

LA CORRUPCION.

          Hablando de corrupciones, me viene a la mente ahora cuando yo desempeñaba el cargo de gerente en mi empresa y, ésta, como casi todas las empresas, me exigía cifras, resultados, balances positivos, claro está. Convengamos que, el accionariado de una empresa no le importa nada los medios que se empleen con tal de dar beneficios. Mi empresa se movía en el ámbito de la construcción, tanto en el ámbito nacional como internacional. Yo me ocupaba de los asuntos internos, es decir, de las gestiones en España. En ocasiones, había que conseguir una licencia para poder construir tal o cual edificio y, los permisos oportunos, sólo se conseguían basándose en sobornos. Yo tenía una gracia especial para ofrecer el dinero, para comprar a todos los políticos corruptos de este país que son más de los que nadie imagina. Es cierto que, entre los grandes líderes, yo tenía el cartel de ser el mejor en lo que a estos trabajos sucios se refiere. Siendo así, desde que entré en la empresa, en breve espacio de tiempo llegué al liderato. Allí, por lo visto, necesitaban un criminal a sueldo y yo, para poder llevar mi tren de vida sucio que llevaba, no dudé un instante en aceptar el trabajo repugnante de que antes les hablaba.

          No voy a dar nombres de personas ni ciudades ya que, de hacerlo, a pesar de que yo no tengo nada que perder, podría herir a ciertas personas que eran subordinados míos y que, ante todo, eran personas honradas. Ellos no tenían la culpa de tener un jefe tan hijo del diablo como yo lo fui. Al respecto de la corrupción, sí tengo que decir que, todos los políticos que compré podían tener – y tenían – cualquier signo político. Unos eran del PSOE, los más; otros del PP, así como de cualquier formación política, como antes explicaba.

          Cuando ejercía esta labor, a veces, me quedaba perplejo de cómo reaccionaban los individuos en cuestión. Cuando entrabas en su despacho con el maletín lleno de billetes de diez mil pesetas, tendrían que haber visto ustedes la cara de satisfacción que ponían todos al contar el dinero. Algunos, hasta les cambiaba el semblante. Era normal. Fijémonos que, una vez, a un alcalde de un pueblo – o ciudad, como ustedes prefieran – le llevé la nada despreciable cantidad de cincuenta millones de pesetas. Claro que, la licencia que se nos concedía era para construir un edificio de cien viviendas junto al mar; o sea, nada, comparado con lo que más tarde serían nuestros beneficios. El alcalde aludido, si no ha sido muy tonto, imagino que aun tendrá dinero de aquella importante cantidad que yo le entregué. Si lee usted este libro, señor alcalde – si sigue en su puesto corrupto- tómese una copita a mi salud.

SE PARO EL MUNDO Y ME APEE.

         En mi pensamiento está aquello que decimos siempre y que casi nadie cumple. Me refiero a esa célebre frase que dice más o menos así: “ Si se parara el mundo yo me apearía de él”. Se paró, me bajé y, aquí estoy. Ahora, como he repetido, dentro de todas las limitaciones que lleva implícitas esta forma de vida, he de confesar que vivo tranquilo, con un relajo impresionante. No soy ni siquiera un número, como lo he sido y como lo son todos los seres humanos. Soy un bulto, una cosa que anda, que respira y que sufre o disfruta, según se mire, pero nada más. Cuando entré a formar parte de este colectivo de seres marginados, en un solo instante acaté las reglas de nuestro mundo. Nada de documentos, ni registros, ni nada que se le parezca. Rompí el documento nacional de identidad, la cartilla de la Seguridad Social y todos los documentos que pudieran identificarme de alguna u otra manera. Por vez primera en mi vida tengo la sensación de que soy un ser humano; con mis limitaciones, pero un ser vivo que no pertenece a registro alguno. El hecho de comprobar que jamás me hará falta un bolígrafo para escribir, una agenda, un listín telefónico, un dietario de fechas; o sea, no me hace falta nada, absolutamente nada. Lo que antaño se me hacía imprescindible, ahora, por caprichos del destino, ha quedado todo aniquilado. Ya nunca más tendré que preocuparme de la declaración de renta, ni de nóminas, ni patrimonios, ni de ningún otro documento oficial. Soy libre. Me ha costado mucho, pero lo he conseguido.

          Desde que asumí mi papel en esta nueva vida, obviamente, conocí a otro tipo de gentes. Cada cual, en nuestro trabajo o quehacer, nos aglutinamos en pequeños mundos. Antes vivía en la elite de los grandes directivos en donde anida la mentira, el engaño, la farsa y la doble vida, como antes decía. Hoy, mi vida es totalmente distinta. Mi círculo de gentes amigas son los que viven en la calle, como yo, naturalmente. Si algo he conocido y me ha emocionado es que los que hacemos la calle, por citar una expresión, nos apreciamos de verdad. Aquí puedo decir que la amistad es un valor indestructible. Antes la gente fingía que me amaba por los malditos intereses que mi vida representaba; pero era toda mentira. En la actualidad, las gentes de la calle somos amigas de verdad, sin prejuicios de ningún tipo. No existe motivo para mentir, sólo para amar. Desde mi primer día en la calle trabé amistad pura y sincera con una prostituta que atiende por Tica, cuyo nombre es Escolástica. A tenor de su nombre, creo que hizo bien la buena de Tica al abreviarse el nombre ya que, de lo contrario, su nombre de pila no le favorecía para nada en su trabajo. Tica, así, sin más, hasta creo que queda bonito.

MIS AMANTES.

          En mi etapa de gran directivo tuve amantes como las tienen casi todos y, hasta un buen día llegué a pensar que era muy guapo y que las señoras se volvían locas por mí. Como en todas mis acciones, vivía equivocado.  Revoloteaban junto a mí, hacían el amor conmigo por mi dinero. Algún puñado de millones desperdicié y malversé por culpa de las señoras. Era, claro está, mi fastuoso coche, mis lindos trajes y mi inacabable cuenta corriente lo que las volvía enamoradizas hacia mí. Así de estúpido fui y así de equivocado viví durante muchos años. Este es el amor que yo creí haber descubierto. Mientras tanto, mi esposa he hijos pensaban que yo vivía sólo por y para el trabajo. Raro era el día que no quedaba a cenar con algunas de mis amigas. En mis viajes de avión por todo el territorio nacional e internacional, siempre tenía la compañía de una dulce secretaria. Eran todas, eso sí, como artistas del celuloide. Las feas no tenían cabida en mi estatus social. Yo era, el clásico don Juan que, con una gran cartera de billetes, hasta el más tonto puede lograr lo que yo logré. Por tanto, en mi persona no había mérito alguno. Era, lo confieso, un pobre hombre más de los miles y miles que existen sobre la faz de la tierra.

         Con Tica, como explico, he logrado una maravillosa amistad. Ella es buena, un ser humano angelical que, tras una vida azarosa, abandonó su pueblo, a sus gentes y se vino a Madrid para hacer la calle. Al mundo de los marginados llegan gentes de todas las esferas sociales. Yo, como he relatado, saboreé los más suculentos manjares de la vida. Tica, por el contrario, nunca gozó de nada agradable. Su marido, un borracho empedernido que, todos los días, al llegar a casa, antes de violarla, le atizaba una paliza. Esta cruel historia de Tica, la cual me ha relatado en muchas ocasiones, en todas ellas se me ponen los pelos de punta. Nunca pensé que podían haber tipos tan canallas como su marido. Tica dejó, en el pueblo, además de su marido, a dos hijos los cuales cuida su madre. Ella no para un instante de “trabajar” para que no les falte de nada a los chicos. Todos los meses les manda un giro postal con una importante cantidad de dinero.

          He de confesar que, por ejemplo, en mi época de esplendor jamás conocí una persona tan hermosa de alma como esta chica maravillosa que atiende por Tica. Ella es tan buena que, incluso, en las noches más crudas del invierno me ha invitado a pasarlas en la habitación que ella tiene alquilada en una humilde pensión madrileña. Creo recordar que hemos estado juntos varias noches y, sinceramente, nos las hemos pasado en pura vela. Sólo la primera vez que pernocté con ella hicimos el amor. Ella sabía de mi ansiedad y, sin mediar palabra, se desnudó, me mostró sus encantos y satisfizo mis deseos carnales. El resto de las veces que hemos estado juntos nos los hemos pasado charlando de nuestras cosas, de nuestros problemas, de las circunstancias que, tanto a ella como a mí, nos abocaron a este mundo marginal. Ahora, tanto Tica como yo, somos felices y, entre ambos, hemos forjado una amistad maravillosa. En época estival, rara es la noche que no nos tomamos un bocadillo a las tres de la madrugada sentados en un banco de cualquier parque de la ciudad. Tras conocerla y ver que me brindaba su amistad sincera y pura a cambio de nada, absolutamente nada, es entonces cuando comprendí que, hasta en el mundo de la marginación pueden quedar – y quedan- seres extraordinarios. Recuerdo que, el primer día que la conocí y le conté mis avatares de lo que había sido mi vida, tuvo una expresión que me dejó atónito. Me dijo: “ Tú eres un hijo de puta “. A lo que no tuve más remedio que asentir con la cabeza afirmando lo que ella pronunciaba. Lo mío es increíble y, Tica, al conocerme, pensaba que era una broma lo que le estaba gastando, de ahí que, cuando le confesé toda la verdad, esbozara la afirmación antes dicha.

MI AMADA TICA.

          Tras varios años en este pequeño mundo de la marginación, la soledad, a veces el desaliento y la pena, Tica ha llenado mi vida por completo. Nuestra amistad viene dada porque tenemos gustos afines, sentimientos paralelos y deseos de cariño entre ambos. Elle ejerce el oficio más antiguo del mundo, pero no por ello grato. Entre sus clientes tiene que soportar a tipos que, un día tras otro le recuerdan a su marido y ello es desagradable. Pensemos que Tica huyó de su pueblo para no ver nunca más al despreciable de su marido y, tipos de semejantes características los tiene que soportar a diario. Está claro que Tica no ejerce la prostitución de lujo, ni los alternes en las altas esferas de la sociedad. Según me ha contado, su tarifa es de 3.000 y 5.000 pesetas por cada sesión de hacer el amor; depende todo de la calidad del cliente. Al final de la “jornada” Tica puede contar algún que otro billete de 10.000 pesetas, es cierto, aunque luego viene el chulo y se lleva el sesenta por ciento de las ganancias. Muchas veces le he preguntado si ella sola, por sí misma podría hacer su trabajo sin la necesidad de ningún intermediario, diga en tono coloquial. A lo que ella siempre me ha respondido que es imposible ejercer la prostitución sin el “manager” correspondiente. Es tanta la competencia que, hasta para ser puta se necesita del “apoyo” de un tipo sanguinario que, como he dicho, se lleva casi todas las ganancias de Tica. A pesar de los pesares, mi buena amiga Tica sigue trabajando con denuedo con la ilusión de que nada les falte a sus hijos, pagar su pensión, vestir con cierta decencia, comprar algún que otro perfume barato y poder adquirir  bonos de autobús.

          Lo que nos diferencia a Tica y a mí es que ella, como he explicado, tiene una razón, un porqué a su trabajo: o sea, sus hijos. Yo, por el contrario, no tengo ilusiones de nada, ni nadie me espera, ni a nadie tengo que rendir cuentas. Yo, como dije, se paró el mundo y me bajé. Ella, Tica, lo único que hizo fue apartarse de un círculo que le era fatídico. Ahora, en la inmensidad de la vida madrileña, nuestras vidas se han encontrado. Por primera vez en mi vida le he sido sincero y le he dicho la verdad a una persona. Ella es Tica. Tras conocer a esta muchacha he seguido creyendo que la felicidad, la verdadera, puede ser posible. Y he enfatizado en la verdadera felicidad ya que antes yo vivía en una nube que me creía feliz cuando era todo lo contrario. Fui el más desgraciado del mundo. A la marginación se llega andando hacia ella. Uno, en su quehacer diario, camino, sin pensarlo, hacia su propio abismo. Las personas de mí alrededor que me han conocido y tratado, todos me han preguntado lo mismo: ¿ Cómo ha llegado usted a esta situación ¿ Y siempre les he tenido que repetir lo mismo: “ Caminando hacia la misma?” En la vida nada es gratuito. Quien mal anda, mal acaba. Dice un refrán popular. Es cierto. No tendría sentido ni hubiera sido lógico que mi situación hubiera durado toda la vida. Si mi estado de falsedad, podredumbre interna, engaños, burlas y desdichas contra mis semejantes, todo ello no lo hubiera purgado como lo estoy purgando, quizás hubiera acabado suicidándome.

EL HIJO DE MI LUJURIA.

         En uno de los capítulos de mi vida en que le contaba a Tica en que, sin saber cómo ni el porqué, un día,  entró una señora en mi despacho, que con anterioridad había sido mi amante, y vino para amenazarme de que si no le daba para mantener al niño que traía en brazos me denunciaba ante mi esposa y, por supuesto, ante la ley. Tuve que transigir y darle la cantidad que me pedía. Las razones eran evidentes. El niño que traía en brazos la mencionada señora era hijo de mi desenfreno con ella en nuestras noches de amor. Situaciones como la referida y de idéntica similitud tuvieron que pasarlas en varias ocasiones, fruto de mi desenfadada vida. Al final, qué duda cabe, mi esposa me echó de casa, lo perdí todo y, repleto de deudas morales y económicas, no tuve más remedio que abandonar. Bajarme de mi esfera, del mundo que es redondo y refugiarme en el lugar en donde cohabito. No ha faltado quien me ha dicho que podía haber pedido trabajo en cualquier menester para poder sobrevivir. Dicho así, hasta hubiera sido posible. Pero mi cara y mi nombre, en el mundo de las finanzas eran demasiado conocidos, así como mi curriculum de maldades, como para que nadie en el mundo me hubiera escuchado. Siendo así, y practicando un ejercicio de humildad, tengo lo que me merezco, lo que con tanto desenfrenó me labré. No puedo ni debo culpar a nadie de mi situación, ya que, si lo hiciera, sería un demente y, por el momento, el juicio no lo he perdido. Pienso que en la vida lo he sido todo, pero nunca un cobarde. Y no es cobarde aquel que afronta su vida, su situación actual y tira hacia delante con las únicas armas que tiene. Soy mendigo porque me lo busqué, me lo gané a pulso y, entre otras muchas razones, porque ninguna puerta se hubiera abierta ante mi desgracia. Mi infortunio vino dado por mi mala vida. Una desgracia es algo que te cae sin que lo hayas buscado. Lo mío era una vida desenfrenada que, como Dios ha sido justo, al final caí al precipicio.

MI DIALOGO CON DIOS.

          Los domingos, aunque parezca paradójico, practico un ejercicio inusual en lo que a mi forma de ser se refiere. Confieso que nunca fui a misa, que semejantes ritos me parecían destinados a un cierto sector de gente analfabeta y que Dios era sólo dinero y placer. Como explico, ahora, junto a Tica, los domingos y algún día por la tarde, viene a verme y nos refugiamos en la iglesia que tenemos en nuestra zona. Oímos misa y, ante todo, escuchamos la palabra de Dios en boca del sacerdote del barrio, un buen hombre donde los haya. Tanto mi amiga como yo, dentro de la iglesia encuentra una paz espiritual que antes jamás habíamos tenido; como una sensación tan distinta a lo que había sido nuestra vida, que sentimos el placer de nuestra alma. En mi caso concreto, desde que tuve uso de razón, procuraba darle placeres a mi cuerpo. Lo del alma me lo tenía a cuento chino, como lo de las iglesias, los curas, las misas y todo lo que olieran con carácter religioso. En estos instantes es todo tan distinto, tan diferente en lo que a las sensaciones del alma se refiere, que desde aquí invito a todo el mundo a que practique charlar con Dios. Hablar con Dios no es otra cosa que abrir tu conciencia a los demás, hacer un examen de la misma y, ante todo, sentirte limpio de culpa. Es una reflexión en el camino. Cada noche, antes de acostarme – y ya les he dicho como duermo – le doy gracias a la providencia por lo mucho que me ha dado. Pero no por lo que tuve con anterioridad; por lo que tengo ahora. O sea, por nada. Y con nada he logrado ser feliz. Descargué mi conciencia, me liberé de todas mis culpas y, en mi estado actual soy feliz, muy feliz. Tener que bajarse uno a las más hondas entrañas de la sociedad actual para entender lo que es la felicidad, ello resulta paradójico, casi increíble, pero tan cierto como la luz del sol.

ME CREI INMORTAL.

       A lo largo de estos años de penuria y de escasos medios de todo tipo, uno, mi caso, ha sabido encontrar, como antes les decía, la paz en mi alma. Esto que cuento parecerá irreal, pero es tan cierto como que existe un Dios. Yo tuve toda la gloria posible que un hombre pueda atesorar, pero como tantos otros, era una piltrafa, un ser despreciable que todos cuantos a mí acudían lo hacían por el maldito dinero. Por tanto, no era yo quien influía en nada; ni mis valores éticos ni morales; era, como la vida me demostró, mi abultada cartera y mi suculenta cuenta corriente. Ahora comprendo que yo era capaz de comprar amigos, pero jamás tuve ninguno. Es tan distinto que alguien te quiera por ser como eres, a que la gente se aglutine en tu alrededor para ver cuanto te sacan. A mí me sacaron mucho. Me creía inmortal, por encima del bien y del mal. Era todo fachada. Se me acabó el dinero y se me terminó mi vida toda. Cada noche, al echarme a dormir en mi rincón del arcén del metro, al estirar la manta me vienen a la mente estos y muchos más recuerdos. ¿ Cómo es posible que un tipejo como yo haya podido vivir en la esfera que yo vivía ¿? Esta pregunta me la hago a diario. No tengo respuesta. Aunque, bien pensado, si tengo la respuesta. Estoy en el lugar en que caminaba hacia él. Vivir siempre al borde del precipicio te puede llevar al fondo del mismo. Este es mi caso y así se ha forjado mi vida. Poco a poco la vida creo que irá repartiendo justicia y todos los hombres que actuaron y actúan como yo, ojalá el destino les depare una situación análoga a la mía. Repetiré una y mil veces que no hubiera sido justo que yo hubiera seguido en donde estaba. Por hacer tanto  daño como yo hice a la sociedad, más vale que alguien me hubiera quitado la vida. Entiendo que haya mucha gente en la cárcel. Quizás, entre rejas, hubiera sido mi lugar idóneo. Seguro estoy que habrá muchas gentes privados de libertad con menores causas que la mía. Yo lo despilfarré todo, tiré los millones de forma injusta aunque, rodeado de buenos asesores, nunca pudieron probar nada en mi contra. Quedó claro que me burle de la ley, y de la propia sociedad, pero la vida, me otorgó mi merecido. Está claro que existe mucha gente que burla la ley, a montones les conozco, mejor dicho, les conocía. Quien mal anda, mal acaba. Este he sido yo.

         Recuerdo en mi época de ejecutivo y, entre otras muchas aberraciones yo aplaudía la vida social del jet set. Claro, en honor a la verdad yo era uno de ellos, uno más para participar del festín. Así, de este modo, cuando alguien se metía con los de mi especie, yo cogía unos disgustos tremendos. Mi círculo era sagrado. Mis ojos veían con agrado esas modelos que, con su sexo eran capaces de arruinar al primer marqués que se pusiera en su camino. Isabel Prysir era una de mis musas favoritas, por poner un ejemplo. Mar Reyes era la reina de la noche. Este tipo de vida frívola, escandalosa, anormal y de malos principios, era todo cuanto yo apoyaba. Quien hacía la mayor barrabasada era nuestro mejor ídolo. Estaba equivocado. La vida, más tarde, me lo demostró. Y, de todos estos asuntos de la vida de cuantos  salen todos los días en las revistas del corazón, yo culpo a las gentes de mala capa, al currante de turno, a la señora de la limpieza que, estas obcecaciones de este tipo de gentes famosas les alimentan su ser. Pobre pueblo español, cuanto menos las gentes que no se han percatado de la mentira, del fraude y el engaño que este tipo de publicaciones venden. Todo es mentira. Las gentes de la revistas, los habituales visitantes a las páginas de colorines, con el conde Lekito a la cabeza, son todos unos oportunistas que, al ver un dinero fácil no dudan en acogerlo. Hasta tiene su lógica todo cuanto estoy explicando. Pero nadie me podrá negar que estamos ante un cúmulo de basura humana que nada dice a favor de la sociedad española. Así de ignorante somos. Y lo dice uno que era defensor a ultranza de la zafiedad y la basura viviente.

LUJURIA DESBORDANTE.

          Recuerdo una vez en que mis amigos de la noche madrileña me invitaron a una orgía con ciertas presentadoras de televisión, por dinero, claro está. Esos rostros maravillosos que vemos a diario como mosquitas muertas, de noche, en su ambiente y por dinero, son capaces de hacer las mayores atrocidades sexuales. Y parece que vengan de misa cuando aparecen ante las cámaras. Aquella noche, en un chaled de La Moraleja, el vicio, la droga, el sexo, el alcohol y todo cuanto nadie pueda imaginar, corrían por aquellas habitaciones como un caudaloso río. Yo era el invitado de lujo, la persona a quien unos grandes directivos querían agasajarme. Lo consiguieron y, según supe más tarde, la juerga les costó veinte millones de pesetas, incluyendo los sueldos de las presentadoras de televisión. Al recordar todo esto, algunos días, al contárselo a Tica, ella se muere de pena. “ Con la falta de dinero que he tenido yo a lo largo de mi vida, hijo de puta, y vosotros lo malgastabais de mala manera “. Esta era casi siempre la contestación que me daba cuando le contaba mis historias increíbles. Nunca le he podido quitar la razón a mi amiga Tica. Con lo que yo he tirado y lo que he visto derrochar a mis “amigos”, un pueblo grande hubiera podido vivir durante muchos años.

          Tica y yo hemos convenido que muchas cosas de las que le ocurren ahora a la sociedad española tiene la culpa ella  misma. Aquí nadie echa el freno y, esto tiene que acabar mal, muy mal. Ya lo verán ustedes. La vida ha tomado un cariz en todos los órdenes de la sociedad en que, le hecatombe está a la vuelta de la esquina. Nos dieron la libertad y, por el contrario, de ésta hemos hecho un libertinaje que aterra. Ya no quedan valores de amor, cariño e ilusiones como antaño. Y lo dice uno que era un gran culpable de aquello que ahora critico y que, por supuesto, no añoro. Y lo anhelo para los demás ya que yo si soy feliz, libre y carente de toda presión. Pero no es justo que en los albores del siglo XXI, un ser humano, para sentirse libre y feliz tengo que irse al mundo de la mendicidad. Y mucho mejor ser mendigo que delincuente. Y lo dice uno que proviene del mundo de la delincuencia en sus más aviesas intenciones. Claro que en la vida, como todos sabemos, si para el delito se utiliza el guante blanco como yo lo llevaba, hasta estamos bien vistos. La podredumbre de la sociedad actual sigue detestando al señor o señora que roba una pastilla de chocolate para que coman los niños. Por el contrario, si los delitos se producen en las altas esferas y con cientos de millones, todo el mundo te da la bendición. Recordemos que todo esto lo dice quien lo ha vivido en sus carnes.

UN NEGOCIO REDONDO.

     Entre otras incursiones mal llamadas comerciales, un día se nos ocurrió el comercio con seres humanos. Intentaré explicarme. Uno de mis colaboradores, en cierta ocasión me dijo que había un gran negocio que con poca inversión sacaríamos enormes beneficios. Se trataba de explotar a todos los chavales que querían ser toreros. Era cuestión de ir pujando por algunas plazas de toros y empezar lo que se llaman montajes comerciales al 33 por ciento. Yo no tengo ni idea del mundo de los toros, es cierto. Pero si de negocios estaba al cabo de la calle de cualquier corruptela que hiciera falta. Pronto, nos pusimos manos la obra y, en un abrir y cerrar de ojos, ya tenía yo sobornado al alcalde de una ciudad importante para que nos adjudicaran la plaza de toros. Ya teníamos la primera. Uno de mis colaboradores se encargaba de este tipo de gestiones aunque, claro está, a mí me rendían cuentas. Empezamos con el comercio con los seres humanos en su más viva expresión. Antes de que empezara la temporada, todos los toreros, de forma concreta los segundones del escalafón tienen unas ganas enormes de torear. Ya se sabe, puesta a punto y, al mismo tiempo, si hay triunfo, pues mucho mejor. Teníamos cola de desagraciados con el dinero en las manos para pedir torear. Elegíamos,  es cierto, a los que más dinero ponían. Así, de este modo, el negocio siempre era redondo. Se montaba el espectáculo con el dinero ajeno y nosotros no arriesgábamos nada. Luego, la taquilla, era toda limpia. Era, como digo, una suciedad más de las muchas que cometí a lo largo de mi vida. Esto es, ante todo, una confesión ante el mundo. He sido, y lo digo con gran pena, un ser ruin y despreciable. Al final, como tantas veces diré, Dios hizo justicia con mi persona.

     Yo estaba en  mi alto estrado de ejecutivo y desconocía las pequeñas circunstancias que rodeaban el negocio aludido. Un día, mi colaborador más inmediato, me invitó a uno de los festejos para que los conociera de cerca. Como digo, los toros no me atraían para nada. Fui con todo el escepticismo, pero no podía negarme. Allí me senté, en barrera, claro está. Me parecía fascinante, casi irreal aquel rito. Uno de los desgraciados de cuantos formaban parte de aquel circo se me acercó y me brindó un toro. “ Va por usted, señor Luis Miguel” Me quedé atónito. Estaba claro, mi colaborador le dijo al torero que yo era el gran jefe y, el pobre, alucinado, se vino y para rendirme pleitesía me brindó el toro. Yo no tenía ni la más vaga idea de aquel rito. Pero si debo de hacer una confesión. Aquella tarde ocurrió algo inesperado que me derritió el alma, y era complicado que en mi mundo algo me subyugara para mis adentros. Pasó que un toro hirió de extrema gravedad a unos de los chavales. Vi que manaba la sangre a borbotones y que de dicha sangre, yo me llevaba grandes beneficios. Supuso una de mis primeras derrotas. Era, como explico, el comercio con seres humanos algo que, al verlo tan de cerca me derrotó. En mi frialdad reconozco mi fracaso. Teníamos ya varias plazas de toros y un equipo que gestionaba con altura el gran negocio. Yo, como digo, era el responsable directo de estos aconteceres. Tenía poderes absolutos para cualquier tipo de gestión, por ello, de la noche a la mañana, decidí acabar con este negocio. Era cruel, despiadado, como todo cuanto yo hacía, pero la cercanía de lo que vi en la corrida de toros a la que asistí, me hizo declinar de tan negocio. Si no hubiera acudido a dicha plaza, a estas horas, igual, quien sabe, estaría gestionando muchas plazas de toros, formando una cruel carnicería humana con todos los chavales desvalidos que ansían por ser toreros. Mi capacidad para la maldad había tocado techo. No pude más. Ver aquel cuerpo destrozado es algo que caló en mis entrañas, y ya era calar puesto que hasta la fecha, mis maldades no me hacían mella. Pero mira por donde, vi el dolor, la sangre, la herida de aquel muchacho y me sensibilizó que, hasta clausuré el negocio.

     Los grandes negocios todos llevan implícitos una gran carga de corrupciones, mezquindades y de falsedades en todas sus vertientes. Yo lo sabía, claro, por eso los practicaba con ahínco y denuedo. Era el ganar más a costa de lo que fuere, sólo, con la intención de luego dilapidarlo. Y mientras yo amasaba fortunas, en mi alrededor, la gente pasando todo tipo de penurias. Pero no me daba cuenta. Es ahora, en mi frío análisis, cuando soy capaz de recapacitar y de ver todo cuanto hice.

EL COMERCIO CON LOS HOMBRES.

     En el negocio de los toros vi cosas que creía realmente impensables. En tan pronto la gente se percató que era yo, el adorado Luis Miguel, el rey de las finanzas, el idolatrado por cientos, por miles de personas de todas las esferas, el teléfono no cesaba de llamar. Día y noche estaba la línea ocupada. Decenas, cientos de chavales dispuestos a la prostitución de sus vidas en todos sus quehaceres. He dicho bien. Prostitución. ¿ No es una forma de prostitución el hecho de pagar por jugarse la vida? Todo el mundo quiere llegar a la más alta meta. Algunos, como explico, no les importa nada los medios. El que fuere, con tal de llegar....... Era sucio, ruin, bastardo aquel comercio. Claro que, cuando se analiza a tanta gente y se contacta con tantas personas, un día, sin pretenderlo, te sale un personaje que no le crees de este mundo y te pone a caldo. Recuerdo que un  día vino a verme en persona un torero mexicano. Si mal no recuerdo creo que se llama Silveti. Dicho torero, ante el augurio de las plazas que tenía él chaval, claro, vino a verme porque quería torear. Era lógico. Era torero y acudía a un empresario de toros ó, en su defecto, a un granuja que gestionaba y se enriquecía con el dinero de los más desgraciados del escalafón. Silveti, por supuesto, desconocía esta faceta. Siendo así, claro, vino a ofrecerse para mis plazas y, lo nunca visto. Me enseñó un curriculum envidiable, tanto en presentación como en hechos consumados de lo que había sido su magnífica trayectoria taurina. El hombre, con su buena voluntad y su empaque torero, al escucharme se iba quedando atónito, como de piedra. Le expliqué los requisitos “legales” para poder actuar en nuestras plazas y, lo que había sido un hombre educadísimo en toda la conversación – luego supe que es licenciado, además de matador de toros-  al finalizar el diálogo me dijo. Tiene usted suerte de vivir en España. Se lo digo ya que, de haber nacido en México y dedicarse a su negocio, a estas alturas de su vida, usted ya formaría parte de los muchos que duermen en el “Rancho de los Callaitos”. Me dijo, en buenas palabras, que en su país yo sería un cadáver célebre. Se marchó y no supe más de él. Ahora, en estos vagos recuerdos de lo que ha sido mi vida, un día no recuerdo quien, me dijo que el tal Silveti es un torero de mucho fuste por todos los países de Sudamérica. Me alegro de que, entre tanto pobre hombre, un tío verdadero me supiera hacer ver que mi derrota estaba próxima. Tengo que agradecerle a Silveti muchas cosas, entre ellas, que me ayudara a bajar del pedestal, de mi trono de arena. Entre la gran lección de este hombre y la sangre derramada por el muchacho al que antes aludía y que no recuerdo su nombre, como he explicado, opté por cerrar la empresa taurina. ¡ Qué diablos hacía yo explotando a los más humildes, como eran los toreros¡ Mi vida, hasta aquel entonces tenía otros rumbos, distintos y distantes derroteros. Eran negocios sucios, qué duda cabe, todos los que yo llevaba a cabo, nunca me cansaré de repetirlo, pero me metí en un lodazal, en un mar de desilusiones y desengaños que, repito, caló en mi ser el ver que hacía sangre de unos seres desvalidos. Tengo que agradecerle al mundo del toro que me pusiera en este mundo maravilloso en el que habito ahora mismo. Seguro estoy que, de no ser por cuanto pude ver, palpar, sentir y sufrir en este negocio asqueroso, seguiría en mi atalaya de maldades y falsedades. Nunca pude sospechar que, un mundo al que desconozco, que no me gusta, que aborrezco – ahora más que nunca- y que me tenía sin cuidado, al final, fuera la hecatombe de mi vida empresarial. Alguien tenía que ponerle freno a mis fechorías y maldades.

ME LLAMO LUIS MIGUEL.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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