El pasado domingo murió un gran aficionado, pero fundamentalmente, un inmejorable ser humano, el doctor Ramón Illanez Castro. Incansable apasionado de la fiesta, quien sobre todo, en la última década exigió, ya fuera desde un medio de comunicación, o desde su propio asiento de segundo tendido de sol... en la Plaza México, un espectáculo íntegro, con un toro íntegro y con respeto para todos.
Pero tal parece, que justamente a las 4 de la tarde en punto, cuando sus restos mortales eran depositados en el mausoleo en donde ya descansan, a esa misma hora, volvía a sumarse otra pachanga más en la plaza más grande del mundo.
Se inventó nuevamente un mano a mano, que nada tiene de novedad. Sucede que según se dice, tanto Eulalio López "El Zotoluco" como Rafael Ortega... no se pueden ver, y torean una tarde sí y otra también.
Ya sea en tercias o en aburridísimos manos a mano, que en la realidad no trascienden en más de las ocasiones, porque no dejan una verdad irrebatible en el redondel, al no enfrentar, como sucedió el pasado domingo 28 de noviembre... la grandeza del auténtico toro íntegro.
Lo anterior deriva de la apariencia que dio todo el encierro de Fernando de la Mora y Ovando... unos novillos regordetes, que además fueron mansos, descastados, débiles, sosos y deslucidos; al margen de una escandalosa sospecha de manipulación en sus pequeñas cornamentas.
No acabamos de entender.
El señor de la Mora envió a Guadalajara... al coso del Nuevo Progreso, una corrida de toros bien presentada, mientras que a la México, a la que supuestamente siguen llamando los ganaderos, toreros y subalternos... la plaza que "da y quita", un juvenil conjunto de bovinos, que dieron vergüenza por todo.
Tanto "El Zotoluco" como Ortega, anduvieron sumando pases carentes de calidad, en donde la ausencia del buen toreo era evidente.
Fue público... sí, habrán sumado y acaso, unas 18 mil personas en un coso con un aforo para 50 mil. Pero eso no da fuerza ni argumento a lo que acontezca allí.
El despistado juez de plaza (presidente) Eduardo Delgado -quien debe de renunciar de inmediato... claro, si tiene dignidad y respeto a sí mismo-, regaló no sólo dos orejas (una en sus dos primeros bureles) a Zotoluco, sino ¡hasta tres con un rabo! (una en su segundo y dos y rabo en el que cerró plaza) para Ortega; sin embargo, la contundente realidad... no dice nada.
¡Muchos despojos de res que se suman, para no decir nada!
Esa es la fiesta que se vive en la Monumental Plaza de Toros México, una pachanga triunfalista, que por la misma frivolidad en la que se gesta, no tiene fundamento ni contenido, y sólo aleja de la verdad, del respeto, de la seriedad y la dignidad a un espectáculo que iluminó con su luz y prestigio, a la Ciudad de México.
¡Vaya con la pachanga!... fueron demasaidos despojos de res, ojalá y algún día vuelva a tener grandeza nuestra vilipendiada fiesta taurina mexicana.
Esa grandeza que conoció y pidió nuestro querido amigo, el doctor Illianez, y que lamentablemente se fue sin volverla a ver.
Descanse en paz, don Ramón Illanez Castro. Un hombre honesto a carta cabal.