Con qué facilidad nos olvidamos de lo bueno, de lo mejor. La memoria es manipulada con demasiada facilidad. Los mecanismos que utilizan quienes hurtan esa memoria y las herramientas de las que disponen los aficionados para defenderla son en exceso desequilibrados.

Juan Mora hace apenas nada. Para muchos ya no es ni recuerdo, poca memoria
Hace tan solo 18 meses, un año y medio, octubre 2010, Juan Mora, un torero de los que están en el grupo especial de los elegidos, se colocó en boca de todos los aficionados, en las portadas de todos los medios, en las preferencias de las empresas para sus ferias… en un número uno por méritos propios.
La faena que realizó el extremeño en Las Ventas, no en cualquier plaza y ante cualquier borrega, se salió de la rutina, de la monotonía instalada por las figuras que mandan en el escalafón, alcanzando el grado de milagro por su torería, de exactitud por el limitado número de muletazos, de sorpresa por el uso de la espada de verdad para cuando le pidiera la muerte el toro, un conjunto de novedades para los adormecidos espectadores actuales que solo saben de cantidad y vulgaridad.
Fue tan grande el impacto que quedó grabado en la retina de todos. A todos gustó y todos querían tener la oportunidad de volverlo a ver. La magia y el toreo se dieron la mano y se redescubrió que el toreo es algo más importante y bello que lo que habitualmente se nos ofrece de feria en feria. Ni una sola discusión, todos de acuerdo. Eso fue hace año y medio.

Uno de los momentos más sentidos en muchísimo tiempo, olvidado por completo
De eso ahora no se acuerda nadie, quizá solo los aficionados, los que lo son de verdad, lo tienen presente. El toreo se ha convertido en tal rutina que cualquier mediocre es considerado figura del toreo. En este año, y en las ferias celebradas, se han encumbrado a unos y se han echado de menos a algunos otros, menudo tostón por las citadas ausencias, pero nada se dice de quien realizó lo mejor apenas hace un año.
Si hemos de acercarnos más en el tiempo, menos de un año, dio otra lección de torería, de valor sin cuento, en la plaza de Pamplona. También se reconoció en el momento y en los días sucesivos, pero ha durado poco en la memoria colectiva y no ha sido suficiente para que 2012 comenzara con su nombre anunciado en todas las ferias. La sinrazón preside casi siempre el mundo del toro actual.
Ya sabemos, hasta el hartazgo, que en esas ferias iniciales no está El Juli, que Perera tampoco ha pasado por ellas todavía, pero ambos han toreado, han hecho el paseíllo más de una vez. Málaga, Olivenza y otras plazas han permitido, -es lógico que unos les contraten y otros no- que les puedan ver y que ellos puedan ejercer su profesión, pero a Juan Mora nadie le ha visto torear ni tampoco anunciado en ningún lugar.
No podrán argumentar que pide más honorarios que los compañeros citados, no podrán argumentar que es menos extremeño, no podrán decir que no ha salido en hombros de Madrid recientemente por aquello de estar en buen momento, no podrán decir que es menos torero -esto lo que menos- que otros… entonces ¿qué podrán decir? Nada. Solo un grupo de aficionados ‘indignados’ se podrían plantar en la Puerta del Sol, pero esas cosas no son propias de los buenos aficionados.
Las empresas, y quienes manejan y autorizan los carteles de las ferias, nos hurtan a un torero sensible y cabal, sin segundas lecturas, mientras dan cuartelillo a otros toreros cuya sensibilidad está tan plastificada como su carné de identidad. Podrán vestirse de toreros como aquél, pero ni sienten ni viven el toreo, ni lo hacen sentir y vivir, como lo hace él. Por todo eso, Juan Mora es de verdad el ausente, el gran ausente.