Jamás me propuse hablar de compañero alguno de esta casa puesto que, como se evidencia, a todos se les presupone su honradez y buen hacer y, el halago es totalmente innecesario. Todos cuantos aquí moramos lo hacemos por amor y, nuestro ego, lo vamos aplastando en cada una de nuestras pisadas por el mundo. Aquí no estamos por vanidad, tampoco por dinero; nada de ello nos hace falta, por tanto, somos ricos de verdad, dueños y señores de nuestra libertad, un tesoro al alcance de pocos.
Nosotros, aunque compañeros, tenemos nuestro corazón y, el mío, se emocionó el primer día que pude leer a Gonzalo Ortigosa; una reacción de mi alma la que las letras de este hombre lograron emocionarme por completo. Como adivinamos, Ortigosa, no necesita de publicidad alguna porque es su cultura la que le denuncia, es su verbo el que embelesa, es su conocimiento de la fiesta el que cautiva a los lectores. ¿Publicidad sobre su persona? ¿Para qué? Ortigosa se vende solo; su libertad y su genialidad son los atributos que Dios le ha dado para disfrute de su alma. 
Ortigosa se entrena de salón en la finca de un amigo común.
Ortigosa es una bocanada de aire fresco para nuestra alma. Su verbo cálido, sus ancestros en el mundo de la cultura le arrebatan los sentidos hasta el punto de narrar una corrida de toros y, con sus letras, hacernos desembarcar en el puerto de Atenas, justamente en El Pireo, quizás a la espera de que aparezca por allí el torero del mismo nombre. La luz de Sorolla, por ejemplo, es la que Gonzalo imprime sus letras para que, adornadas con saber hacer, un muletazo de Morante nos sabe más bello, narrado por su ser, que en el preciso momento en que lo hemos disfrutado en las manos del artista. El Suplicio de las Moscas de Wuillian Faulkner, apenas es nada para el suplicio que le supone a Ortigosa narrar el contenido de la nada en casos como el de ayer en Bilbao.
El día menos esperado, Ortigosa se pasea junto a la memoria Cabral y nos invita junto a éste al banquete del corazón de Diego Urdiales. No existen barreras literarias para Gonzalo; el arte, en todas sus facetas, es capaz de narrarlo para uso y disfrute de los aficionados.
Si el toreo le emociona, la pintura le conmueve; si los clásicos de la literatura quebrantan su alma, su fuego sagrado por todo lo bello le transporta para que los demás sintamos su embeleso por todo lo que el arte le inspira. Su estilo costumbrista aderezado con el ingenio al más estilo Joaquín Vidal, queda patente en todas y cada una de sus líneas; si entre los toreros, anhelamos a los genios, nosotros, por nuestra parte, nos sentimos dichosos de las genialidades de un compañero del alma.
Hace unas fechas, muy pocas, Ortigosa, en San Sebastián andaba buscando El Chofre para llegar hasta Illumbe. Como sabemos, derribaron El Chofre, pero nadie podrá derribar el talento de Ortigosa, su sagacidad, su estilo inconfundible que, tras leerle, todos hemos tomado unos vinos por las calles de Bilbao y, a su vez, nos ha recreado en su historia.
Me contaron que, Diego Urdiales, emocionado con la crónica que Ortigosa había escrito, hasta lloraba de emoción. ¿Quién puede transformar la verdad del diestro riojano en el más alto linaje de su torería? El problema de muchos diestros, yo diría que todos, no es hacer y crear la obra bella; lo difícil, más tarde, es que alguien la sepa mostrar a los que no han estado en la plaza. Si, el vecino nos diría que están los videos para eso, es cierto; pero nada en el mundo, ni la más alta tecnología podrá opacar la literatura bella en las manos y sentidos de un artista al más estilo “Valleinclanesco”
Gonzalo Ortigosa no es culpable de ser el poseedor, el dueño de sus convicciones, de su talento, de su buen hacer, de su verbo conquistador; se trata de un muchacho humilde que, su grandeza no es otra que la que percibimos los demás. Así se construye el mundo, con tipos de este carisma que, de su humildad ha hecho un modo de vida para que la gocen los demás.
Me cabe la certeza de que, si Gabo le leyera, sin duda, se inspiraría y volvería a escribir un relato, no de un náufrago, pero sí de un soñador amante de los toros, iconoclasta convencido, buena gente donde los haya y mejor vendedor de ilusiones. ¿Acaso no es ilusionante leerle a diario? Decía un axioma viejo que, para aprender teníamos que ir a Salamanca; mejor nos vamos de la mano de Gonzalo Ortigosa y tenemos el éxito asegurado.
Y, en su dignidad, como la que ostentamos todos los que aquí firmamos, Ortigosa nos regala su arte y su ciencia como dirían los antiguos latinos, “GRATIS ET AMORE” ¿Cabe mayor dicha? ¡Imposible!
¡Te quiero, Gonzalo! Escribí esas letras para disfrute mío, tampoco te ilusiones mucho; eso sí, ante todo, para que te admiren los demás y si alguno quiere sufrir por ello, hasta le damos permiso. Vivimos en España, amigo, ese país donde se tiene que pagar un peaje muy elevado por el talento. Ese es tu caso. Pero vencerás; en realidad, ya venciste. Eres tú mismo. ¿Quieres más?