En España no existe el toro de regalo, porque para el público y autoridades de la Península, resulta una ventaja evidente de quien tiene la posibilidad de concretarlo, hacia sus compañeros de cartel, lo que resulta una decisión sensata, lógica y congruente.
Esto recordaba cuando cierto sector del público que acudió el pasado domingo a la Monumental Plaza de Toros, que por cierto, volvió hacer una buena entrada, pedía a Miguel Ángel Perera regalara un toro. Yo supuse, y supuse mal, que el matador Perera no iba a regalar por lo que en el párrafo inicial comenté, pero no fue así.
Y porque además, no era necesario, ya que Miguel Ángel había demostrado con inobjetable torerismo, sus sólidos argumentos que le sustentan, hoy por hoy, como uno de los toreros fundamentales de la baraja taurina hispana.

Miguel Ángel Perera... con el geniudo quinto
No cabía duda alguna, que había escrito una elocuente lección de bien torear con sus dos malos ejemplares, sobre todo, con el quinto en donde hizo evidente el arte de domeñar toros peligrosos, lo que convenció a toda la asistencia.
El ejemplar que hizo quinto –segundo de su lote-, bien presentado, fue tan malo, no sólo por su explicita mansedumbre que le obligaba a huir, sino porque desarrolló el peligroso genio.
Perera hizo gala de su impecable técnica, así como alarde de su poder, dominio y aguante, convenciendo a todos con su apasionada entrega; y demostrando al mismo tiempo, por el excelente momento que ahora pasa, y que, seguramente le llevará a consolidar como un torero del gusto del aficionado mexicano.
Lo demostró en el redondel del coso titular de México, exponiendo en verdad, y lo que se vio no se juzga, sino se aplaude y reconoce.

Con la oreja que ganó en el de regalo
Es por ello que no hacía falta regalar a ese ejemplar, ya que estábamos plenamente convencidos de que en esa lucha sin cuartel que sostienen los toreros ultramarinos por la supremacía en España, y continúa por tierras americanas, concretamente en México; Perera tiene muy claro su objetivo, y posee los suficientes argumentos, para convertirse en un torero consentido de nuestra afición.
Y si no… al tiempo.