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El domingo 22 de enero del 2017 será una fecha
memorable. Hoy la tauromaquia significa más para la humanidad de lo que
significaba la semana pasada. Hoy
nuestra fiesta, nuestro espectáculo, nuestra expresión cultural, nuestro
ceremonial y expresión artística es una voz que se alza en favor de toda la
humanidad. Los alcances de la defensa jurídica de nuestra identidad provocaron
la reinstauración de una prerrogativa para todos los ciudadanos de una capital
americana, y despertaron el odio y la irracionalidad de colectivos oscuros, de
riesgosa filiación ideológica, que confirmaron su vocación agresiva y
totalitaria. Sucedió en Bogotá, ciudad capital y emblema taurino del entrañable
país hermano de Colombia. Su plaza Santamaría, seria, dura, comprometida con el toro,
con sus casi quince mil localidades colmadas, lanzó un grito para todo aquel
que quiera escucharlo, y que sobrepasa todos los elementos particulares de la
fiesta de toros. Bogotá hizo de la tauromaquia un mensaje universal, y
convirtió nuestra afición en un llamado urgente para toda la humanidad. Clamó
por un mundo en el que quepamos todos los seres humanos, pidió detener la
hostilidad entre pares por motivos ideológicos, e invitó a celebrar un orden
social en el que la libertad del otro sea el estandarte principal, y en el que
la cultura de los pueblos se imponga sobre el ideario personal de aquellos que
no soportan vivir sabiendo que existe el otro. Por su parte, los esbirros del
odio agredieron a diestra y siniestra a todo aquel que aparentara entender al
mundo distinto de como ellos lo hacen. En su afán de adjudicarle a las corridas
de toros la responsabilidad directa de actos violentos sobre terceros que nada
tienen que ver con el espectáculo, lograron el avasallador éxito de herir
niños, adultos, personas de la tercera edad, comerciantes, y hasta funcionarios
del gobierno de esa ciudad. La amenaza es seria. A nivel internacional, el
animalismo gana espacios apoyado en una dantesca maquinaria ideológica,
coordinada internacionalmente desde diversos polos plenamente identificados. No
es mi intención profundizar en la amenaza que estos grupos representan en muchos
niveles, puesto que con sus millones de euros y dólares ponen en riesgo la
diversidad cultural; la pluralidad en nuestras sociedades; el pleno ejercicio
de los derechos más básicos en todos los rubros: humanos, políticos, sociales,
culturales, laborales, etcétera; la diversidad biológica de nuestro planeta; la
concordia y la paz en nuestros entornos; y un largo, larguísimo, etcétera. Hoy
nuestra afición nos obliga a reconocer al otro, a respetar y defender sus
conquistas, y a cooperar por un mundo más equitativo para todos, en el que a
nadie nunca le nieguen lo que pretenden negarnos a nosotros. Yo no soy quién para inmiscuirme en los asuntos
internos de la nación hermana, sin embargo no debo guardar silencio ante la
amenaza interna que se cierne sobre ellos. El repugnante exalcalde que sometió
a la afición bogotana a este calvario confirma hora tras hora su miseria, a la
vez que pretende competir por cargos públicos que competen a todo aquel país. No
se dejen engañar, amigos colombianos, por el falso progresismo que pregona ese hombre:
el progreso no es fomentar la polarización de la ciudadanía, ni aplaudir y
convocar a la violencia. Durante su alcaldía omitió el orden legal, dilató
tanto como pudo la ejecución de una orden judicial, y dejó claro que, mientras
estuviese en sus manos, aplastaría a los aficionados taurinos. Si le permiten
llegar a otro sitio prominente, seguirá haciendo política para unos cuantos, y
aplastando a diestra y siniestra no solo a los más desprotegidos, sino también
a aquellos que no le caigan bien. El mismo día, un par de horas después, la Monumental
Plaza de toros México reanudó su Temporada Grande tras un abismo de cinco
semanas. Ante una entrada que mejoró discretamente en comparación con las de la
primera parte del serial, se lidió una corrida de Montecristo, terciada pero decorosa en cuanto a la presentación, de
la que tomó parte como primer espada Miguel
Ángel Perera. El extremeño bordó al primero de su lote con el capote hasta
las varas, cuando el morito se desfondó. Ya con la muleta, la faena naufragó
entre un Perera que se dedicó a inventar el toreo sin ayudado, y la sosería de
la res. Con el cuarto, el triunfador de la Feria de San Isidro del 2014 quiso
innovar también en el rubro de la física, inventando el toreo sin que el toro
tenga espacio para pasar de tan cruzado y tan corto en el cite, provocando la
desesperación del respetable. La representación mexicana en el cartel tampoco tuvo
una tarde muy afortunada. Juan Pablo
Sánchez mostró varias caras, en principio la de un torero inteliente,
técnico, acertado en procedimientos y distancias, convenciendo a un segundo de
la tarde paradísimo para embestir, templando y sacando grandes pases por
momentos. A partir de la mitad de la faena vimos a un torero desesperado que
sacó tres mil recursos de la manga para obligar al toro a moverse con algún
lucimiento, pero ya sin la solidez taurina de la primera parte de la faena. Con
el quinto, el encastado del encierro, el de Aguas salió a jugársela, pero sin
la misma claridad de ideas, llevándose incluso un achuchón. A pesar de ello, su
actuación en realidad se mantuvo a flote hasta que debió manejar los descabellos,
con los que armó un mitin. Seguimos a la espera de una tarde redonda del
siempre prometedor Juan Pablo Sánchez. Diego Silveti, para no variar, se llevó el mejor lote. El tercero
de la tarde le permitió pegar dos mil pases sin alcanzar a decir nada, ante lo
que se escucharon bastantes pitos de parte de una afición que sigue siendo muy
comprensiva con él. El sexto fue, quizás el de mejor condición, emotivo y claro,
sin embargo, se apagó muy pronto y exigió una faena breve e intensa, que el
guanajuatense no acertó a construir. Toro y torero bajaron los decibeles hasta
que, de plano, la plaza se empezó a vaciar. Así terminó una jornada taurina con
una convicción distinta: hoy tener la posibilidad de reunirse en un coso
taurino, a pasar un buen rato con los amigos producto de una afición común, sin
hacerle daño a nadie y sin que nadie nos haga daño, es un triunfo de una
humanidad incluyente frente a las maquinarias ideológicas dispuestas a aplastar
a la población y supeditarla a sus intereses particulares. (Después de todo, no
es tan difícil explicarse a Donald Trump como fenómeno político).
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