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En mano a mano
de Joselito Adame y Andrés Roca Rey, en que los tiempos cambian la
cordialidad por los careos de pique, se llevó a cabo en fresca tarde
otoñal el esperado encuentro de toreros latinos. Pareciera que el
sorteo lo hacen los aficionados desde el momento de preguntarse a qué
corrida asistir, por todos los cambios que ha dado a conocer la nueva
empresa capitalina para los sucesivos fines de semana. Desde antaño se
decía: “un domingo sin misa, chocolate y toros, no es domingo” lo cual,
se vio claro en los tendidos de la Monumental de un día para otro.
Recuerdo
que las corridas hace muchos años eran un fenómeno social de masas, la
plaza ofrecía precios para todas las posibilidades, hoy en día también
los hay, pero, aunque el sol y la sombra, desde general, hasta barrera
den diferentes opciones, la afición protesta con toda lógica al hacer
las sumas, dada la situación económica que se vive a nivel no solo
nacional, sino internacional y que, por supuesto repercute para poder
asistir con disciplina sábados y domingos, y más en familia.
Las
plazas de toros, tienen la dualidad de que siempre han sido un lugar
de ceremonia, pero a la vez de esparcimiento, de interacción constante
desde donde emerge el aplauso, el jaleo del olé, el silbido o el
chiflido de acuerdo a las circunstancias, al fin y al cabo son un sitio
de cohesión social.
La México ahora luce más guapa, con la
vestimenta en grana en sus localidades, su arena más acanelada y muchos
otras modificaciones, pero hay cosas que solo son en lo superficial,
pues en los fondos no satisface a la noble afición, que en estas épocas,
sobrevive de la nostalgia del pasado taurino, centrada principalmente
en querer ver al legitimo protagonista principal del espectáculo: el
toro de lidia y el esplendor de su bravura.
Temporada tras
temporada, es el factor general sin distinción de hierros el presentar
toros descastados que apuntan mansedumbre; cabe entonces el momento de
reflexión en las casas ganaderas, que, por supuesto aplaudimos los
aficionado su gran labor de mantener el campo y sus enormes ecosistemas
que cohabitan junto al toro de lidia; pero en el amplio sentido de la
palabra “lidia”.
En esta segunda corrida que quedó en mano a mano
entre Joselito Adame y Andrés Roca Rey, ambos ex niños toreros; se
lidió un encierro queretano de Xajay que distingue su divisa verde y
rojo, en donde se reconoce el trapío con el que se presentaron los
astados, pero que en su esencia no se prestaron para el lucimiento total
de los Matadores.
 . Adame, vistió un terno en color gris claro y
oro para esta tarde, recibió a “Martino” toreando a la Verónica de
manera muy sentida; quitó por chicuelinas; su labor de faena la brindó a
su hermano Luis David, quien era parte de este cartel, fue un instante
muy emotivo. Como ya es costumbre en Joselito, comenzó a torear pegado a
tablas que se tornaron un tablao de ovación; logró muy buenas tandas
ambidiestras, que gustaron mucho, una y otra vez; pero al saber que las
orejas se ganan con la muleta y se cortan con el estoque, esta última
suerte tuvo una colocación tan caída, como las hojas del mismo otoño,
motivo que impidió obtener el apéndice que se esperaba.
En su
tercero de preciosa capa, retinto aldinegro, de nombre ¨Don Pepe”, lo
brindó a toda la colectividad sumergida en el coso. Se vio a un Adame
empeñoso tratando de aplicar la madurez que el diestro ha adquirido en
su trayectoria. Pero la incomunicación entre el astado y él no llegó a
ser total poesía.
En su tercero del lote, bautizado como
“Sesentero” hubo detalles muy logrados, siempre intentó por varios
medios halagar al público que se quejaba de la tarde fría; pero así
concluyó la misma, gélida y taciturna.
 . Andrés Roca Rey, el
diestro de Lima, con valentía de Roca y arte de Rey, vistió en armonía
con la estación del año en tabaco y oro; un terno discreto en bordado, y
por lo mismo, exquisito para la ocasión que elevó sus hechuras de
torero, además de entregar con lucimiento la cadencia de su capote por
caleserinas al negro bragado “Tonero”, que dejaron el sabor de los
taninos de un tinto en la boca. El peligro se sintió muy cerca y se
vistió la plaza de angustia, cuando la media luna del pitón pasó muy
cerca del cuello del torero. Creo que torear de hinojos, debería estar
fuera del contexto de cualquier coreografía taurina.
En el
segundo del torero Roca, un descastado y con nombre de aves “3
Codornices” David Vázquez, logró en el tercio de varas un soberbio
puyazo, mientras el diestro por su parte unas tafalleras de arte, pases
por alto y muletazos delineados que hicieron evocar los olés.
Para
entonces, la luna muy coqueta apareció sobre el albero en señal de
complicidad. La faena tuvo momentos de intensidad y quedó impreso el
carácter del joven torero de alma limeña que mucho disfrutó la afición,
pero la expectativa era mayor. El estoque cumplió su objetivo,
escuchando palmas del tendido.
El que cerró plaza, igual que sus
hermanos, de bella lámina, negro girón, caribello, se quedó solamente
como su nombre “Sereno” y sin más, siempre miró a las gachís del tendido
con la cara en alto, mientras el coleta logró delinear unas chicuelinas
de calidad, la faena de muleta quedó en espera de poder expresar un
poco más y mostrar lo que el torero trae en sí, una gran capacidad
artística indiscutible.
Ambos Matadores estuvieron por encima de las condiciones del encierro.
No cabe duda que la belleza requiere también de cultura y el trapío requiere de bravura.
*Fotos: Humbert.
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