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Si ustedes son fieles a la Tauromaquia 2.0 y todavía creen que el aburrimiento es un ingrediente innato en la Fiesta de los Toros, pónganse a ver la corrida de Saltillo y no tardarán ni dos segundos en abandonar esa idea tan peregrina, como irreal. Una mala corrida de toros ha conseguido que no haya habido ni siestas, ni bostezos. No era cuestión de fijarse en el pico adelantado de las muletas, ni en las piernas exageradamente retrasadas de los toreros, la cuestión era mucho más básica y apasionante, había que salvar el pellejo y en estos casos el aficionado valora de otra manera lo que se hace en el ruedo. Porque la lidia de los Saltillos ha sido eso en su sentido literal, la lucha, la pelea entre el hombre y la fiera. Lo que salía por la puerta de chiqueros había que torearlo, había que lidiarlo, cómo en tiempos remotos, para preparar el toro para el último tercio.
Los de don Joaquín exigían, y mucho, desde el momento en que asomaban la gaita por el ruedo. No había lugar para poner rayas a los piqueros, porque había que picar de la manera que fuera, incluso hasta saliendo a los medios detrás del toro. Tapar la salida era un recurso para poder administrar el suficiente castigo a los toros, parear a la media vuelta y ya puestos, hasta el bajonazo podía justificarse en según que caso. ¿Es esta la fiesta que queremos? Por supuesto que no, porque nos gusta ver torear bien y con pureza, pero entre la pantomima y esta verdad, la elección está claro. Incluso esto nos da cierto margen de maniobra. Seguro que el ganadero habrá mandado más de una vaca al matadero, pero puede seguir buscando la bravura, estudiar lo hecho en el campo y sacar conclusiones para intentar acercarse lo más posible a su ideal de toro bravo. Y no me cansaré de repetir que ha sido una mala corrida de toros, creo que eso es indiscutible, con multitud de puntos a evitar y corregir, pero hay algo fundamental, ha sido una corrida de toros.
Una corrida con toreros que han mantenido la dignidad que otorga el traje de torear. Sánchez Vara, Alberto Aguilar y José Carlos Venegas han tenido que bailar con la más fea, con suerte diversa, el primero solventando la papeleta cómo ha podido, Aguilar incluso hasta componiendo una faena exponiendo y arrancando alguna serie al quinto y Venegas, que ha tenido que ver como le echaban un toro al corral, imposible de matar, se ha repuesto y dado la cara en el sexto, al que realmente poco más se le podía hacer que darle pasaporte.
 Cuando los banderilleros paraban a los toros Los toreros han tenido que tragar quina por barreños, porque incluso con este ganado, manso como hacía tiempo que no se veía, se han sentido toreros. David Adalid podía haber pasado haciendo mutis en una tarde como en la que estamos, al igual que otros compañeros, pero él se ha empeñado en plantarle cara a los dos de Venegas y ha clavado cuatro pares en todo lo alto, pero en esta ocasión me he querido quedar con un hecho que muchos echamos de menos y que en la actualidad casi no se llega a entender, el que sea un peón el que pare al toro de salida, el que le recoja con el capote, con valor, con torería y descubriendo a su maestro las primeras embestidas del toro, para permitirle a él, al maestro, poder estirarse y hacer el toreo. Pues eso lo ha hecho un torero de plata, César del Puerto, que como en muchos pasajes de la tarde, a cada capotazo nos ha arrancado del corazón un sonoro y espontáneo ¡¡¡Huyyyy!!!
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