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Ya se nos ha echado encima la feria de San Isidro del año 16, pero del siglo XXI, no se vayan a pensar que esto es el Ministerio del Tiempo y que mañana vamos a la Carretera de Aragón a ver a Joselito, Belmonte y un tal Gaona, no se hagan ilusiones. ¡Anda que no ha cambiado el cuento! De aquella Edad de Oro hemos pasado a esta Edad de las prohibiciones, las que quieren imponer desde sectores antitaurinos y supuestamente amantes de los animales, las que permiten los políticos acomplejados que no se quieren manifestar no vaya a ser que el jefe les aparte del cargo prometido o, ya más próximos a nosotros, las de los taurinos que no cesan de querer hacerse un mundo más cómodo amparados en un repulsivo victimismo que yo personalmente ni entiendo, ni comparto, ni apoyo.  El toro espera y se le espera Nos prohíben el toro, nos prohíben la verdad del toreo, nos prohíben mostrar desacuerdo y al aficionado solo le permiten pagar y aclamar. Qué lejos quedaron aquellos años de ilusión en que teníamos los carteles de la feria marcados con círculos rojos alertando de que esta o aquella tarde había que ir a la plaza sí o sí, ni tele, ni gaitas, a la plaza. No tanto como la Edad de Oro, pero a algunos se nos ha hecho igual de largo. ¿Qué nos espera? Pues los toreros jóvenes emergentes que ya el año pasado dejaron muestra de su quehacer: vulgaridad, trampa, adocenamiento y teatro, mucho teatro. Vamos con la esperanza de que algo hayan aprendido en estos meses de relajo, pero permítanme que dude. Nos acecha un figurón histórico que nos mandan de allende los mares, que ya de novillero le sacaron por la Puerta de Madrid por dar aire a los novillos. Pero claro, si miramos las figuras de siempre, uno ya no sabe si coger por Bailén y apearse a la altura del Viaducto, que bastante altura tiene.
Pero nos queda el consuelo del ganado, ¿no? No me digan que no, no me digan que la cosa marcha igual o peor. Pero, claro, ¿qué pretendo? Si los unos andan como andan es porque el toro que sale se lo permite. Que no digo yo que hasta podamos ver en nuestra plaza un indulto, el corte de uno o mil rabos y vueltas al ruedo a mansos como aquel Alcurrucén premio de la feria al toro más bravo. ¡Qué cosas! Me atrevo a aventurar que en un mes de toros igual vemos que se hace la suerte de varas con algo de decencia una o dos veces, que pasaremos festejo tras festejo sin ver picar a un toro, pero tranquilos, cuando aparezcan los hierros duros, como haya uno que se desmande, a ese le pegan lo de toda la cabaña brava de España, Portugal, sur de Francia y tierras de Ultramar. Que solo nos queda discutir con los compañeros de localidad, esos fieles de años y años, casi desde la Edad de Oro, y que al menos nos hacen que esto sea más llevadero y hasta agradable mientras algunos vemos pasar la tarde dando vueltas a la cabeza y cavilando si “Mereció dibujarse el tiempo de las prohibiciones”.
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