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Qué difícil resulta elegir un momento para ilustrar esta sección las tardes de sopor y aburrimiento; cuánto deseamos poder captar un instante que nos congratule con esta afición, pero les aseguro que no hay nada más penoso para un amante de la Fiesta que después de un larguísimo tiempo de ayuno, de pasar las penalidades de la mansedumbre, el fraude, el medio toro y todas esas cosas tantas veces repetidas, de repente se encuentra con una mesa llena de manjares: la lidia bien llevada de un director de lidia muy pendiente de todo, en su toro o en el de los compañeros, el peonaje dando de si todo lo que su cabe en un vestido de torear, esos pares de banderillas pisando terrenos muy comprometidos, un torero a caballo que sabe torear, tantos dibujos se me apelotonan en el pincel, que uno no sabe por donde empezar. Hoy les aseguro que es tan difícil o más, que los días negros. Uno quiere incluirlo todo, como si se tratara de un cómic, siguiendo el relato de lo que ha ocurrido especialmente en el último de la tarde, el que lidio Javier Castaño después de abandonar la enfermería.
 El final de la locura Recuerdo que hace un año intenté reflejar la lidia de un toro de Javier Castaño, pero hoy tendría que tener presente también a Antonio Ferrera. No es que sea un torero que me entusiasme por su estilo al ejecutar las suertes, pero hay que reconocerle su transformación de torero banderillero a torero lidiador, aunque lo de los palos haya que seguir soportándolo. Ha estado permanentemente metido en la corrida, que si ayudar a un banderillero, que si un quite, lucir al toro intentándolo dejar ver en cada fase de la lidia. La cuadrilla de Javier Castaño, que goza de la generosidad del salmantino y que basan sus actuaciones en agradar al aficionado a través del toro, de cuidarlo y dejárselo ver a los que están en los tendidos.
David Adalid y Fernando Sánchez ya han hecho una declaración de principios al parear al segundo de la tarde, pero la bomba empezó a reventar en el sexto. Salió el esperado Tito Sandoval, quién sin esperar a más ha empezado a mover el caballo para adelante y hacia atrás, ofreciendo los pechos del animal al toro, provocando con el estribo, la voz y el palo levantado en alto. El de Adolfo ha tardeado en alguno de los encuentros, pero al arrancarse, el jinete montaba el palo, lo tiraba al morillo del cárdeno y lo agarraba para pararlo y aguantar esa fuerza que se le venía encima, una, dos y hasta tres veces. No le ha castigado demasiado, la verdad, pero han sido tres varas que han puesto la plaza en pie. A continuación las banderillas, de nuevo Adalid y Sánchez; qué chulería, que majeza y qué valor para dejarse llegar al toro, cuadrar en la cara y dejar los palos con decisión. Las palmas echaban humo. Sale Javier Castaño, tocado con la montera, consiguiendo muletazos de gran belleza, sin regularidad, con poca ligazón y dando la sensación de que podía haber más de lo que se ha visto, pero tampoco esperemos filigranas del salmantino. Y ahora díganme con qué se quedan. Pues yo al final me he quedado con el último segundo de la tarde, cuando Castaño se ha visto obligado a tomar el verduguillo y para hacer que el de don Adolfo se descubriera se ha descubierto, ha dejado la montera en la arena y se la ha ofrecido al animal para fijarle y poder despenarle de un golpe de descabello. Me ha parecido que estos segundos recogían lo que ha sido la actuación de los toreros, todos muy metidos en la corrida, imagino que con sus lógicos miedos, pero muy pendientes y entregados a lo que estaban haciendo. Se han olvidado de la profesionalidad y se han agarrado a la torería, y todo esto delante de una señora corrida de toros. Que no es que haya sido brava y de calidad superior, hasta ha flojeado, pero exigía mucha disposición y sobre todo, mucha afición, la justa para crear este “Elogio de la lidia”.
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