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Cuando un toro embiste descompuesto y busca, con evidente peligro, a su matador, hay dos caminos para lidiarlo: domarlo con los recursos de la técnica, machetearlo, doblarlo, bajarle los humos y la cabeza para que pueda entrar la espada y matarlo, en cuyo caso será una lidia ortodoxa, o bien aguantarlo a pie firme e intentar sacarle dos naturales de buen trazo o incluso una serie rematada con mucha exposición y dominio, a costa de la posibilidad cierta de una cogida extemporánea. El primer camino conduce a la lidia ordinaria, a lo que se debe hacer, el segundo lleva directamente a la gloria.
Buscó esa gloria David Mora en el último de la tarde, con su tauromaquia de pases muy marcados, de poca naturalidad, que coge vuelo cuando gana en exposición y que aparece chata cuando se fía sólo a conducir las embestidas. Se expuso en el intento, aunque no consiguió el sueño de ligar esos naturales limpios y templados.
El temple era difícil con los toros de Pedraza que a pesar de su origen juanpedro viejo de atender a la terminología de André Viard, que no otra cosa son los toros de El Pilar, tenían ese trote algo descompuesto, esa falta de fijeza, esa embestida incierta pero imparable, que se suele atribuir a los atanasios, y que quizá mezclados en los aires de Salamanca llegan también a los antiguos toros de El Raboso.
 Gallo no aprovechó este toro de José Vázquez que araba la arena con el morro Eduardo Gallo disfrutó de un sobrero de José Vázquez que con el hierro de Aleas y el encaste juanpedro nuevo, llevaba tiempo en los chiqueros esperando la oportunidad de salir a arar el suelo con el hocico detrás de una muleta templada. Pero tampoco aquí apareció la técnica que en este caso obligaba a estarse quieto y ligar la embestida con temple.
Entre la técnica y la gloria, Gallo buscó la técnica y Mora buscó la gloria y aunque ambos se quedaron a mitad de su camino, no cabe duda que el de Mora, si lo encuentra, es de mayor proyección y gozo. |
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