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La Feria de San Isidro suma un nuevo capítulo para el olvido y ya hemos perdido la cuenta de los días en los que nos hemos aburrido en Las Ventas. Hoy, además, la decepción fue mayor pues muchos esperábamos bastante de la ganadería a lidiar. La joven divisa de Pedraza de Yeltes, que había lidiado tan sólo cinco festejos en su breve trayectoria, debutaba en Las Ventas con una corrida de toros y en pleno ciclo isidril. Después de la buena novillada que lidió en este mismo ruedo hace un par de temporadas, y de otros encierros de alta nota sorteados en cosos como Azpeitia, la cosa pintaba muy bien. Pero, como no, al final la realidad nos devolvió a la tierra y las grandes expectativas previas quedaron en una mayúscula decepción. Muy bien presentado el sexteto salmantino, eso sí, pero de manso comportamiento y con la casta y la fortaleza en el límite muchos de ellos. Aunque proveniente del encaste Domecq, la línea de la que viene Pedraza de Yeltes (Aldeanueva o Raboso, como preferimos) no es la más común hoy en día. Los propietarios de esta vacada, tres aficionados guipuzcoanos, que han contado con el matador de toros salmantino José Ignacio Sánchez como representante, fue creada con reses de El Pilar, hierro de Moisés Fraile y uno de los escasos representantes de esta bifurcación de la sangre Domecq. Y, como digo, muy en tipo y de bella e imponente estampa fueron casi todos los astados que saltaron al ruedo, pero como la felicidad no podía ser completa, lo que llevaron dentro fue otro cantar. La terna, en general, no tuvo su tarde con dos actuantes que ni llegaron a justificar su presencia en el ciclo madrileño. Uno fue Uceda Leal, horroroso toda la tarde, especialmente con los aceros (más de una quincena de descabellos y dos avisos en su segundo); y el otro Eduardo Gallo, joven diestro al que muchos siguen cantando como revelación y torero en vías de recuperación, pero al que algunos cada día vemos más perdido. Él tuvo un lote de triunfo, pero lo dejó escapar. El único que sí justificó su inclusión y se entregó toda la tarde fue un David Mora muy dispuesto, que brilló a la verónica en el tercero, y que después dio una vuelta al ruedo tras un trasteo que fue, como el toro, de más a menos. A muchos no nos convenció hoy tampoco su toreo de muleta, pero al menos él vino con la actitud exigible y obligada en la cita con Madrid y San Isidro.
 Aquí los motivos que separan a Mora de poder conquistarnos En definitiva, que otra tarde decepcionante y los ánimos y fuerzas comienzan a flaquear una vez pasado el ecuador de este San Isidro que tan pocas alegrías ha concedido a los sufridores aficionados que cada día nos sentamos en nuestra localidad con ilusiones renovadas. Si no es por A, es por B, pero el caso es que el entretenimiento y la emoción no hacen acto de presencia en el coso venteño. Esperemos que la paciencia no nos abandone porque aún nos queda una buena parte del serial por delante. Y mañana, festejo fuera de abono, con la tradicional Corrida de la Prensa.
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