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Menos mal que la tauromaquia moderna y sus adalides tenían el bálsamo de la bravura, con el cuál han llegado a conseguir el toro más bravo de la historia, el mas “toreable”, el más “durable” y uno no se cuántas cosas más acabadas en “able” o “bilidad”. ¿Qué sería de nosotros si no fuera así? Pues de tantas corridas como llevamos, nos hemos hartado a ver mansos y hoy, como no los ha habido de todas las clases, mansitos, mansurrones, mansos y como los dos últimos. Y delante tres chavales, Álvaro Sanlucar, que ha tenido la suerte o la desgracia de no tener que enfrentarse a esos mansos peligrosos que mantienen al aficionado en tensión y con los ojos muy abiertos, Gonzalo Caballero y César Valencia. Estos dos sí que se las han visto y deseado para estar delante de esos tipos tan mal encarados. Gonzalo Caballero ha estado muy dispuesto y valiente toda la tarde, pero lo de la espada se ha convertido en un calvario para él. Una lástima, sobre todo después de haber pechado con el quinto, un manso que no quería caballo, no quería capotes, ni banderilleros, ni nada que le intentara dominar. César Valencia en el sexto ha pasado un quinario con un toro que de repente parecía convertirse en un tren mercancías cuesta abajo. Creo que admitió dos muletazos, uno por el pitón derecho y otro por el izquierdo, porque a partir de ahí, la situación más cómoda que podía imaginar era que el toro pasara y se revolviera buscando que se dejaba atrás. Y digo la más cómoda porque la otra opción era que ni tan siquiera pasara y se fuera a por el torero. Eso sí, lo que no se puede permitir es la caótica lidia que se ha vivido en el ruedo. Está muy bien lo de las ganas y la voluntad, el no amedrentarse, pero ese carnaval con el toro de un caballo a otro no es de recibo.
 José Otero citando a la puerta de toriles Pero ocurre que los toreros, los que se sienten como tales, se crecen ante las situaciones complicadas, si el toro está peligroso, ellos rebasan la línea de la comodidad y lo recomendable para evitar un percance, Ya se sabe, cuanta mayor facilidad más se pide, cuanto menos haces menos quieres y si tienes que hacer un encargo a alguien, dáselo al que esté ocupado. Pues esto del toreo no iba a ser menos. Ha sido caer una tromba de agua tremenda, del estilo de la del día anterior, aunque sin granizo, para que salieran los dos novillos de Nazario Ibáñez más mansos y peligrosos. Han planteado todo tipo inconvenientes, y uno de ellos, aparte del de llevarle al caballo, ha sido eso de clavarle los palos. En ese guirigay que había en la arena, en el sexto de la tarde, después de escapar a la carrera de los montados se ha instalado en las cercanías de la puerta de toriles. Un novillo que en muchas plazas, incluida Madrid, según lo visto hace unos días, pasaría como toro. Un tanto cerrado en tablas, sin ganas de salir de su refugio, ha sido citado por José Otero, que ha clavado no sin apreturas. Después ha ido Pedro José Cebadera, con el agravante de que el toro saldría a favor de la querencia de chiqueros. Vistas las complicaciones, sin pensarlo dos veces, José Otero se ha ido corriendo a la puerta de los sustos y ha citado al novillo al hilo de las tablas. Tenía que lograr sacar de su querencia al animal, cuadrar y clavar, y todo indicaba que no se iba aliviar; ya en el anterior hasta se ha permitido el lujo de gustarse. Pues bien, allá que se fue con los palos en la mano, dejándose ver mucho, siempre en terrenos inhóspitos en los que el toro pesa más y el manso una barbaridad. Cito al de don Nazario, le ganó la cara y asomándose al balcón ha dejado un par algo defectuoso, pero creo que aún así es digna de admiración la afición y ganas de poder con el toro que ha mostrado este torero. Se puede considerar un accidente ese error al no dejar los palos reunidos, pero lo anterior ya merecía por si mismo el ser recreado de nuevo. Porque los buenos pareadores encuentran toro en todas partes, hasta en el papel.
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