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Esa es la cuestión ¿Qué debe más dignamente optar el torero entre sufrir de la fortuna del toreo vacío el porfiador rigor, o rebelarse contra un mar de desdichas, y afrontándolo, alcanzar la verdad del toreo? Pues igual que en su día Hamlet se planteaba estas dudas, parece que hoy lo haya hecho Alberto López Simón, el joven que confirmaba la alternativa contra viento y lluvia, molestando cada fenómeno de la peor manera que se les podía ocurrir. Son muchos los que vienen a confirmar o alcanzar el doctorado, se supone que con las condiciones idóneas para poseer la titulación de doctor en tauromaquia. Unos vienen sobrados, de contratos, de halagos, de comodidades de torear novillos por todos los rincones del país, otros de ganas, ansias e ilusiones y muy pocos, escasísimos vienen dispuestos a lo que sea, incluso aunque los conocimientos no les lleguen para enfrentarse con solvencia ante compromisos de enjundia. Este es el caso de este torero, López Simón, que ha mostrado una evidente inmadurez, cosa lógica, pero unas ganas, un valor y un deseo de querer ser, que ha dejado patente en el ruedo de la plaza de Madrid. Cuanto tiempo hacía que no se veía un caballero vestido de luces con esta disposición.
 López Simón de rodillas bajo la lluvia No se puede afirmar que haya habido momentos rebosantes de arte, ni de casta, ni tan siquiera de la fiereza que se le supone al toro de lidia. Los toros del Puerto de San Lorenzo parecían un catálogo de despropósitos, inválidos, mansos y ayudados por el viento, que no dudaba en descubrir a los coletas. Resulta más o menos fácil dibujar un lance, un natural, una circunstancia curiosa, pero, ¿cómo se ilustra una actitud? Pues no es fácil, podía haber sido la forma en que ha llevado el toro al caballo el madrileño, o ese estoicismo con las zapatillas clavadas en la arena cuando el de El Puerto iba derecho a la muleta y de repente ha cambiado bruscamente el rumbo, para arroyar al torero y levantarlo por los aires. No me parece correcto, ni gratificante plasmar un accidente en el que el torero es la víctima; y aunque no soy amigo de alardes tremendistas, hay veces que si se hacen con verdad y entrega merecen ser elogiados. Este ha sido el comienzo de la faena de muleta de López Simón a su segundo, en medio de un chaparrón y con el ruedo encharcado. Se ha plantado de rodillas en los medios, ha citado y ha aguantado toreando en redondo, tirando del toro y a merced de este. Ha presentado la muleta plana y ha ofrecido su corazón, porque quiere ser torero. Luego ha proseguido con un toreo sincero y sin ventajas y no ni los achuchones, ni el viento, ni el agua, le han hecho retroceder en su empeño. Es verdad que ha mostrado una bisoñez evidente, el toro le ha tocado en multitud de ocasiones el engaño, pero él ha seguido adelante. Qué gusto da cuando se ve a un señor que quiere ser. Tiene mucho que mejorar, lo primero el manejo del acero, a templar y mandar, pero con estas ganas ya tiene muchos capítulos avanzados. El padrino y testigo eran El Cid y Daniel Luque. Uno fue y hace tiempo que dejó de serlo, ahora parece estar en un estado de pasar el trámite y seguir adelante cubriendo contratos, con un toreo ventajista, sin emoción y que nada tiene que ver con aquel torero que se superaba a si mismo, a las circunstancias y a todo aquello que le impidiera ser. Pues fue, pero… Daniel Luque por su parte no acaba de definirse, o sí, fue un torero que según decía quería ser gente en esto del toro, pero sin alcanzar su objetivo, casi sin cubrir ni la primera etapa de este peregrinar, ya había renunciado a todo y se conformaba con haber podido ser, pero ya sabemos que poder no es lo mismo que ser. En esto del toreo, como en todo, cuenta mucho más “Querer ser”.
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