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Decía Marilyn Monroe que para dormir, todo lo más que se ponía eran unas gotitas de Chanel, y a partir de ahí, cada uno podía fabular lo que mejor creyera. Poca cosa para pasar toda una noche, o… igual era suficiente, incluso demasiado. Pero claro, estamos hablando de un mito del siglo XX y cualquier cosa habría sido siempre un exceso. Eso sí, si nos ponemos a hablar de toros, lo del Chanel puede que no valga para tapar lo maloliente que es la vulgaridad, quizá si materialmente nos lo incrustamos en las fosas nasales, como te recomiendan los curtidores de pieles con la hierbabuena cuando visitas sus lugares de trabajo. Para soportar lo de la Palmosilla habría que meter las napias en un frasco de litro de aroma de casta, todo el tiempo que uno de estos circule por el ruedo. Pero ahí no queda la cosa, porque si con este ganado viene de regalo El Fandi, la cosa se complica. Ya se sabe de lo penetrante del olor a vulgaridad, prisas y carreras, muy parecido al de la gasolina. Y para anular el aroma de visones y modernidad de David Galván, pues no sé, pero ya estamos pidiendo demasiadas esencias de jazmín, rosas y flor de azahar.
 Curro esparce los aromas del arte Repasando los antiguos volúmenes de los alquimistas medievales, en un legajo medio borrado por los pegapases, la Tauromaquia 2.0 y la falta de integridad, decía que contra todos estos efluvios plenos de fetidez lo mejor es el arte, la torería y la gracia. Pues, ¿saben qué les digo? Que el consejo de los sabios resulta, basta unas gotitas de esta mezcla, aunque no me pregunten las proporciones, y se disipan los malos olores. Esta tarde ha bastado que Curro Díaz abriera el tarrito y esparciera unas gotitas con su muleta en los pases de inicio de faena y, cosas de la alquimia, uno hasta ha llegado a ilusionarse. Tomando la pañosa montada con la diestra, un muletazo por el pitón izquierdo, un trincherazo suave y templado, un redondo por el derecho, siempre con temple, que no lentitud, ganando terreno para sacarse al toro más allá del tercio, mientras los olés eternos acallaban a esos ¡bien! de aceptación que aparentan pose de taurino adulador. Suelta la muleta para cambiarla de mano, el estoque en la diestra y un natural mezclado con el del desprecio, que han servido para refrescar el ambiente espeso y dulzón que la mediocridad esparce torpemente.
No creo que se pueda calificar de sobresaliente la actuación del de Linares, ni de notable tan siquiera, pero la nota da lo mismo, con lo que uno se puede quedar es con esos aromas, con esas gotitas de arte, torería y gracia, que al menos te ayudan a pasar una soporífera tarde de toros, aunque claro, nada comparable con Marilyn y unas gotitas de Chanel.
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