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Día de rejones y nos ponemos a hablar de Carlos Arruza, “El Ciclón”, el torero que compitió con el mismísimo Manolete, aquel fenómeno que México envió allá por los años cuarenta. Vestido de luces, dejó muy alta la tauromaquia mexicana, esa que muchos ignorantes tratan como si fuera de segunda, pero que ha aportado grandes nombres a la historia del toro, entre ellos este, Carlos Arruza. Después de una carrera triunfal como matador de toros, quizá cansado, quizá apurado por la familia, ya con hijos mayores, con un futuro muy desahogado económicamente y un prestigio del que pocos podían gozar, decidió abandonar los ruedos. A partir de entonces se dedicaría a la cría del ganado bravo en Pastejé, la finca de la que se ocupaba al detalle, ayudado por los vaqueros que bregaban a su lado en el manejo del toro de de lidia. El panorama parecía ideal, ¿qué más se podía pedir? Pues a pesar de todo, le faltaba algo.
 Arruza, torero a caballo En esa estrecha relación con el ganado, en su manejo diario, bien por necesidad, por gusto o por matar ese gusanillo de jugar con el toro, fue germinando la semilla del toreo a caballo. Buen jinete, muy capaz, empezó a darle vueltas a eso de torear montado, igual que lo había hecho algún matador de toros anteriormente. Y el torero salió a la superficie y arrinconó al hombre de campo. Compró caballos portugueses, los más idóneos para el rejoneo, llevó a un “cavaleiro” portugués a México para que le descubriera los secretos del toreo a caballo, para acabar “reapareciendo en Nogales, vestido de corto. No sé si se puede decir que retomó su anterior carrera de éxito o si inició una nueva. Bien es cierto que el elemento común era el toro, pero el caballo se convertía en el que marcaba la diferencia. Sus actuaciones se convirtieron en eslabones de una cadena plena de triunfos, incluso fue el primer rejoneador que cortó una oreja en la México. Pero, ¿por qué ese Arruza por dos? Por la exigencia del público y me explico. La cosa es bien sencilla, después de su actuación a caballo, el público empezó a demandar que el caballero se transformara en torero de a pie, como si se escenificara en este gesto la historia del toreo, ese momento en que los alanceadores dejan el paso franco a los que les ayudaban pie a tierra. Pues sí, ofrecía dos espectáculos en uno, porque tras bajar a la arena tomaba muleta y espada para hacer que los públicos enloquecieran. Dicen que este hecho no era demasiado bien visto por el resto de matadores con los que alternó en su momento de luces y después de corto. Puede que tuvieran sus razones, pero lo que está claro es que el mayor beneficiario de este “experimento” era el que se pasaba por taquilla. Tampoco está mal que por una vez le ofrecieran el doble, en este caso era Arruza, por dos.
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