| |
Uno de los sambenitos que tienen las corridas que se llaman popularmente carteles de banderilleros es la idea de que los matadores anunciados no suelen ser de primera categoría. Son como si dijéramos de la mitad de la tabla y que basan su actividad precisamente en el atractivo del segundo tercio. Si nos ponemos a pensar en nombres, a todos nos saldrían seguramente los mismos. Pero no hay que irse demasiado lejos, ni que mover demasiado la memoria, hoy mismo se ha celebrado la última corrida de lidia ordinaria, en la que casualmente han participado dos matadores que con cierta asiduidad parean en sus toros. Un cartel compuesto por El Cordobés, que no banderillea, Rivera Ordóñez, que ha tomado los palos hace no demasiado tiempo, y El Fandi, que basa su tauromaquia en gran medida en su particular visión del segundo tercio. No voy a entrar ahora en la valoración de los tres espadas, ni tan siquiera en su reciente actuación. Pero sí quiero remontarme a una época en que las cosas eran muy diferentes a lo que hoy tiene en la cabeza el aficionado.
 Gaona y el par de Pamplona Si ahora hay matadores de los que se piensa que si no parearan su presencia no tendría justificación en los carteles, en otro tiempo era un valor añadido y estimado por todo el mundo. Incluso ha habido tardes que han pasado a la historia gracias a un tercio de banderillas. Era el año 1915, durante los Sanfermines, cuando alternaban Rodolfo Gaona y El Gallo; dependiendo de la fuente, en unos sitios se habla de que el tercero era Bombita III, pero también hay quien incluye otros nombres, pero parece que sobre los dos primeros no hay dudas. Los toros eran de Murube y Marqués de Saltillo. Era la lidia del segundo de la tarde, un Saltillo llamado Rodillero, que después de recibir cinco puyazos, vio como el mexicano Gaona tomaba los palos, con la lógica expectación del respetable. Un primer par en el que no calculó bien el punto de encuentro, pero en el segundo, después de renunciar clavara al quiebro, se fue por el pitón izquierdo y apoyado sobre las puntas, clavó un inconmensurable par de banderillas que levantó al público. Una estruendosa ovación y las tres vueltas al ruedo que el público le obligó a dar. Aquel día había nacido lo que luego se conoció como “El Par de Pamplona”. Tal fue la repercusión de este par, que más tarde muchos tomaban este par como el ideal y paradigma de esta suerte. Es una imagen suficientemente conocida por el aficionado, una fotografía en la da la sensación de que Gaona está tocando la testuz del toro, pareciendo imposible que hubiera salido con limpieza del compromiso. Años más tarde apareció un toma en la que se veía que esto no era más que un efecto de la cámara, pero que no quitaba ni un ápice de mérito al suceso. Se habla de lo efímero del arte en los toros, pero hasta en eso fue extraordinario el “Par de Pamplona”, porque ese preciso momento fue esculpido en bronce, un conjunto escultórico que hoy puede ser visto en las proximidades de la plaza México, mientras nos percatamos de que no siempre los carteles de banderilleros tuvieron la misma consideración que en la actualidad.
|
|