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Que nadie se equivoque, nada quisiera yo menos que llevar al aficionado a error; que no quiero decir que la gente tenga marcado el día de los Victorinos como el cenit de la feria, como ocurría hace mucho años, porque solo hay que mirar la ficha de la corrida y comprobar que igual no había ni 2/3 del aforo de Las Ventas. Tampoco es mi intención hacer pensar que el juego de los toros o la presencia de estos hayan sido mareantes, obligando a los sanitarios a atender a gran cantidad de aficionados que se han dejado las manos aplaudiendo. A lo que yo iba es a que los Victorinos de ahora, parientes lejanos de aquellas alimañas que daban miedo con su estampa y con sus ideas, pero que a veces hasta arrastraban el hocico por la arena siguiendo los engaños, en la actualidad es probable que sean más valorados por sus magníficas condiciones para tirar de los carros caminos del Rocío. No son demasiado grandes, incluso son hasta escurridillos, lo que facilita que puedan pasar por donde no pasarían esos gigantones marcando cachas. No habría peligro de que se encabriten y vuelquen la carreta, pues su escasísima casta les convierte en el “motor” ideal para estas labores romeras.
 Alberto Aguilar en corto y por derecho Lo malo es que por error, por una falta de atención o por no tener que decir el ganadero que no, han venido este mulos y los tres toreros que tenían tantas ilusiones puestas en esta corrida, casi más arreaban que citaban. Ferrera, muy voluntarioso en el primer tercio queriendo lucir a los toros de lejos en el caballo, al final ya se ha dado cuenta de que en vez de ¡Eje! había que decir ¡Arre! Diego Urdiales, que lo ha intentado una y otra vez, esperando que la diosa Hator, la vaca egipcia, les iluminara y proyectara sobre su aura de toro la casta, fuerzas y bravura de que carecían. Pero al final ni Hator, ni el buey Apis, ni la Vaca que ríe, ni el toro Diano. Solo Alberto Aguilar, el torero madrileño que el año pasado despertó mucha expectación de su paso por Valencia y que no la confirmó en Madrid, solo él ha sacado tajada de la tarde de los Victorinos. No ha tenido que hacer otra cosa que tragar mucha quina, cruzarse como lo ha hecho y aguantar arreones, coladas, la incertidumbre de estar delante del mozo que escarba y escarba y de repente se tira a por la muleta, de aguantar un toro con la cara alta y obligándole a meter la cabeza en la muleta, vamos una serie de cosas ya pasadas de moda, pero que hacen felices a los parroquianos. No quiero decir que haya sido su toreo estético, rebosante de arte, con pinceladas de trazo fino, ni mucho menos. La tarde no estaba para gollerías. Él ha visto el peligro y tratando de librarse de él, por supuesto, se ha lanzado a la batalla, al cuerpo a cuerpo con sus dos toros, con mucha torería. Pero ha habido un momento en el que Alberto Aguilar se ha entregado totalmente a la lucha. El instante del todo o nada, o vencemos o se nos lleva el destino por delante. Parecía el público muy predispuesto a concederle la oreja de su primero, que no voy a decir si me parecía justa o no, le habría valido con quitarse al de Victorino de cualquier forma, con tal de que cayera, pero sacando esa dignidad y orgullo de ser matador de toros, se ha perfilado en corto, ha llamado al toro, le ha echado la muleta al hocico y con la otra mano metía la muerte por el hoyo de las agujas con suma lentitud. La espada desaparecía por el morrillo como si un hierro incandescente se ocultara en la mantequilla. Menudo espadazo, eso a lo que algunos no dan su verdadero valor, el de ser la suerte suprema. Pero cuando es ejecutado con rectitud, pureza, entrega y honestidad despliega toda la belleza y el por qué de esto que llamamos Fiesta de los Toros. De los toros de bella lámina, con trapío, encastados y bravos, tal y como hace años lo fueron los toros de Victorino Martín y que en la actualidad se han convertido solo en unos Victorinos con mucho tirón.
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