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Hoy había en el 7 gran expectación antes de la corrida, pues los toros-toros de Cuadri siempre levantan admiración doquiera que son anunciados. En la reciente feria de Sevilla fue posiblemente la corrida de mejor nota y a finales de este invierno ya nos advirtió el ganadero que la de Madrid iba a estar imponente y muy bien presentada al haber escaseado la hierba natural por la sequía, por lo que había tenido que alimentarlos más con piensos. El caso es que don Fernando Cuadri trajo a Madrid ocho preciosos toros, inmensos como catedrales y tres se inutilizaron antes de su lidia, al pegarse y casi matarse dos de ellos, más un tercero que salió del cajón de transporte con los pitones como brochas, al habérselos destrozado durante el viaje. Total, que trajo dos más y se completó la corrida del hierro titular. No era la que había soñado don Fernando para Las Ventas, al haber desparecido uno de sus castaños favoritos pero, a pesar de ello, la corrida era una tía, de magnífica presencia en general, con trapío, romana y hondura, encastada, con poder y exigente, como es habitual en este hierro, justo lo que no ven ni quieren ver las “figuritas” ni en pintura. Además, la gente del 7 también estaba ilusionada en volver a ver a Javier Castaño, el hombre que últimamente parece que pretende desempolvar y dar importancia a fases de la lidia que desde la retirada de Esplá nadie lo había intentado y que son parte importantísima de esa tauromaquia eterna que se nos muere a chorros y que cada día la empobrecen más unos cuantos sinvergüenzas que viven (injustamente, pero que muy bien) de este podrido negocio. Pero duró poco la alegría de verle pues, mientras estaba dirigiendo cuidadosamente la suerte de varas del segundo de la tarde, que era su primero, tuvo un desliz, un descuido imperdonable (que muchos tienen con el medio-toro y no pasa nada pero que nunca debe existir con un toro-toro), le perdió la cara mientras trataba de ordenar algo mirando a tablas y en un segundo que a todos nos pareció eterno fue volteado, cayendo feamente al albero con el cuello retorcido y todo el peso de su cuerpo sobre el mismo. Los peores recuerdos de las paraplejias de Nimeño y Robles nos vinieron a la mente. Tras el susto y la conmoción, pareció recuperarse aunque no del todo, terminó de matarlo, mal por cierto y aunque se resistía, los dolores le obligaron a irse a la enfermería donde al parecer perdió el conocimiento, fue enviado a una clínica para evaluarle y ya no volvió a salir. Nuestro gozo en un pozo. Y además nos quedamos sin ver picar a Tito Sandoval, el héroe de anteayer.
Tras el percance, Rafaelillo, un esforzado luchador en tantas batallas con toros exigentes y difíciles, tuvo que matar tres. Y aunque sus “cuadris” no le dieron facilidades y ni una sola ocasión de lucimiento, él tampoco estuvo muy afortunado ni encontró la manera de meterles mano y encontrarse con el favor del respetable, que estuvo esta vez muy duro con él, exigiéndole en exceso y tal vez dejando de ser respetable. E incluyo hoy a alguno del 7.
 Bolívar sería el más afortunado en el lote, pero luego no lo supo aprovechar El más afortunado de la terna (aunque según se mire, claro) fue el colombiano Luis Bolívar (sí, ese que estuvo en la Escuela de Madrid y nos ilusionó en sus comienzos como posible relevo de su compatriota César Rincón), que sorteó los dos “cuadris“ más potables, encastados, repetidores incansables y nobles pero exigentes de la corrida. Posiblemente, en la opinión de muchos aficionados, se le fueron “vivos” dos toros de Puerta Grande, especialmente el tercero de la tarde, desaprovechando así posiblemente la ocasión de su vida, ese tren que pasa sólo alguna vez, por lo que hay que estar preparado para tomarlo en marcha y subirse a él como sea, pues en caso contrario nunca saldrás de la travesía del desierto. El público se dió cuenta en seguida de las encastadas embestidas de sus dos oponentes y no se lo perdonó, aunque ciertamente había que echarle valor para poder aguantarlas, pero para eso son toreros. Esta vez sí tenía razón el respetable. Y posiblemente por ello hemos dicho que a lo mejor no fue tan afortunado en el sorteo, al tocarle los dos mejores en un día en que él no estaba preparado para enfrentarlos.
Al final, la gente del 7 sobre todo, que desde el primer momento tomó partido por los toros, aunque no todos fuesen tan buenos y bravos como aparentaban, agradecido al conjunto de la corrida y especialmente a su trapío, seriedad y casta, obligó a salir a saludar a José Escobar, el mayoral de la ganadería, ese hombre que diariamente les da de comer y les cuida con tanto esmero que no puede dormir cuando alguno enferma, que los trata con tanto amor y delicadeza como si fuesen sus propios hijos. Para que luego, a veces, venga algún manazas de a pie o a caballo y los maltrate, no nos los deje ver y nos los esconda, no los luzca...y se los cargue. Difícil y sacrificada labor que los del 7 consideran que se debe premiar a la primera ocasión que se tenga para ello. Y hoy era el momento. Y seguro que tanto mayoral como ganadero agradecieron el detalle.
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