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Esta ha sido mi primera tarde en Madrid, (y por ello disculparán en este texto las referencias personales). No se si muy tarde, aunque eso no me resulta importante. Cuando no se ha nacido o vivido en la capital española, venir a Las Ventas como aficionado, no podrá equiparar con los sueños de los toreros, sin embargo, es un anhelo que deseamos cumplir, y para ello se requiere además de la voluntad, hacer día a día.
Estar de frente a la Plaza de Las Ventas del Espíritu Santo y no mirarla más en una foto es uno de esos instantes que reúne mucho de cuando llevamos guarecido en el espíritu. No es sólo cumplir una meta, pues cuando la afición a esta fiesta es más que ir el domingo a los toros, se trata de colmar algunos de esos rincones íntimos de nuestro ser y nuestra razón de ser.
En el cartel de hoy estaba el último torero mexicano de este San Isidro, hasta ahora único para los nuestros. Sin ser una absoluta coincidencia, resultaba un aderezo afectivo llegar para esta fecha. Además, Frascuelo, era algo más que un hilo firme de atracción. Este Torero tan Torero, había que verlo al menos alguna vez.
A posteriori, la corrida del debú o la confirmación, no estaba resultando para el mejor de los recuerdos. Los de Carriquiri eran “solo” mansos ¡Nada más! Uno tras otro. Dolía ver, o no poder ver a Frascuelo. Voluntad. Y voluntad de Ignacio Garibay que quiso como exprimir hasta la última gota de sangre de los dos de su lote, para ver si por ahí encontraba un resquicio ya no de nobleza, sino de poder.
Había una esperanza fincada en una tarde hace apenas cuatro días a unos mil kilómetros de distancia. Javier Castaño, con el tercero era ese mismo de Nimes. Las ideas claras, la mente funcionando y haciendo en torno al toro. Antes de salir el sexto, lo lógico era, más que indagar, confirmar, si estaba decepcionada de mi primera tarde en Las Ventas. ¿Podría componerse? Por lo menos no podría ya ser peor. Y Castaño, ese que me había cautivado en el Coliseo de Nimes, tomó de nuevo esta fiesta prácticamente en sus manos para reconstruirla. Este Torero –de nuevo con mayúsculas-, hace. Para eso se necesita ser mucho. Pensar. Pensar en la lidia, pensar en el público, pensar en el todo. Permitir que lo bueno, lo verdadero ocurra, se vea, se goce y emocione.
 No hace falta inventar, sólo llegar a Madrid a ser verdad Javier Castaño. ¿Qué podrá ser de él? El futuro no lo podemos adivinar, pero lo podemos desear. Desde luego, ante todo, que esa verdad de hoy, de estos días, no amaine, que se le reconozca y recompense en todas las latitudes. Si así no fuera, Javier Castaño podría no ser un torero especial para muchos, pero a mí, no se me va a olvidar. |
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