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A veces el público no ve un toro bravo, porque el matador de turno no le ha dado la lidia correcta y a base de inconveniencias ha ido ocultando esa bravura debajo de un sinfín de capotazos, un puyazo infame trasero y sin medida y una faena vulgar en el que se le ahoga la embestida por mala colocación y por una infinidad de muletazos sin sentido. Pero también puede ocurrir justamente lo contrario, que una buena lidia y un matador generoso, puedan crear el espejismo de hacer que un bravucón pase por bravo para algunos. Eso ha pasado en la corrida de Carriquiri con el que cerraba plaza. Un toscote toro al que al final se le ha conseguido sujetar y gracias a Javier Castaño ha levantado a los espectadores del asiento.
 La lidia de Javier Castaño y su cuadrilla Bendita lidia, que buena medicina es para esto del toro. Yo que todos los días me quejo de lo mismo y de no encontrar un momento que dibujar, hoy se me ha planteado el problema opuesto, los momentos se me agolpaban en el papel y como ese parecía ser el deseo del salmantino y su cuadrilla, pues adelante con los faroles. La historia empieza cuando el matador decide colocar de lejos al toro, sin demasiados capotazos y poniéndolo a contraquerencia. Tito Sandoval se ha ajustado el castoreño y ha dicho ¡aquí estoy yo”, ha toreado a caballo, lo ha movido para adelante, para atrás y le ha ofrecido el pecho del caballo al toro. Pero no una, ni dos veces, hasta una cuarta ha acudido el Carriquiri con prontitud y alegría, llegando a arrancarse desde la misma boca de riego. Luego cabeceaba, echaba la cara arriba, se quería quitar descaradamente el palo y se iba suelto buscando páramos más tranquilos. En banderillas ha recibido dos pares de David Adalid, sobretodo el segundo, un gran par. El toro se dolía como una mala cosa, pero allí seguía dando la cara. Castaño aprovechó este buen momento en los muletazos de inicio, sacándoselo para afuera y dejando un natural desmayado para ser recordado. Luego la cosa se complicó, lo que no arredró a don Javier, que si ya antes había dirigido la orquesta de su cuadrilla a la perfección sonando muy afinada, no fue menos su solo de muleta, siempre cruzado y aguantando la incertidumbre del toro que se iba quedando poco a poco, cabezazos a medio viaje como si quisiera arrancarle la montera, pero que no arredraron al torero, es más hasta pareció crecerse, sin importarle que el toro ya solo se defendiera y derrotara. La casi media tendida no fue suficiente y tuvo que tomar el verduguillo para acabar con aquello. Y hasta en esa situación derrochó torería Castaño. Se quitó la montera, se la puso como engaño al toro y a poquito que no logró su objetivo, pero el toro ya estaba en retirada y cayó unos metros apartado del tocado. No era un toro bravo, era un manso con ciertos comportamientos que a algunos les hizo creer otra cosa, pero su condición de manso asomaba constantemente; es lo que tienen los bravucones.
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