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Nimes, los Miuras, la encerrona de Castaño, las cuadrillas. Esta tarde de toros nos da vida; no sólo a quienes hemos tenido la fortuna de estar aquí. Da vida a nuestra fiesta, al toro bravo, luego de tantos que nos hacen perder la esperanza, a los profesionales y, a nosotros, los aficionados.
Al llamado de Miura se generan distintas reacciones, pero nunca indiferencia. Sin embargo, todos podremos coincidir que el anuncio con una encerrona con el mítico hierro es un albur, con pocas probabilidades de “éxito”. Éxito entrecomillado porque en eso no siempre logramos acuerdo, aunque en líneas generales pueda entenderse como alcanzar fama y fortuna. Javier Castaño es justamente un torero que no goza de este muy particular éxito. No está en el G-10, no está en las revistas, no estará hasta ahora en las nóminas más altas, por una parte. Por otra, aun cuando su paso por Francia ha sido sobresaliente, hemos podido saber que la afición de Nimes no estaba del todo convencida de que lo que pasó, podía pasar. Una prueba, que la entrada no alcanzó el lleno, y seguro, ahora, sobrarían arrepentidos para abarrotar hasta el anfiteatro del coliseo.
Ver una tarde de toros completa es casi un milagro –otro milagro de la tauromaquia-. Sí, hace falta prepararla. Recuerdo que hace casi dos años en un sanatorio de Tlaxcala, al hacerle una visita a El Pana, ahí convaleciente tras una cornada, relataba cómo los toreros suelen proyectar lo que pueden hacer en una tarde, con la salvedad siempre de que todos esos planes pueden cambiar antes del paseíllo. En Nimes, no sólo el torero salmantino llegó con las ideas claras, la mente abierta y centrada, sino que también se advirtió sin lugar a dudas, que las cuadrillas estaban en armonía con las ideas del matador en solitario. Fue como un eminente concierto, en el que el director permitió y promovió el lucimiento de todos sus compañeros. Cuarteos, quiebros, galleos en banderillas. Bregas en atención al toro, a las necesidades de la lidia. Por los de a pie.
Antes de que saliera el tercero de la tarde Javier Castaño ya tenía conquistada la Puerta de los Cónsules. En adelante, todo podía irse por el camino del alivio, del relajamiento. Tres subalternos, incluso, ya habían saludado una ovación en el tercio por su labor con banderillas en el primero. Con ese había venido la primera sorpresa de la tarde. Luego de una faena bien estructurada a un toro que le faltó clase, el torero se perfiló a larga distancia; había quizá unos cuatro metros entre él y el toro. Así citó para recibirlo y cobrar un estoconazo. Luego, con el segundo, como hacen otros, comenzó la faena tomado de la barrera, sólo que a aquellos les hace falta un toro artista para lograrlo. Y así, con seis Miuras pudo hacer el toreo con profundidad, con temple; o bien, mostrar una fase como lidiador ante el quinto que desarrolló sentido.
El tercio de varas de toda la corrida ha de tomarse como un ejemplo. Recibieron los dos puyazos reglamentarios, unos tres, y dos, tercero y cuarto, hasta cuatro. Hablábamos líneas arriba de ese tercero. Con ese toro, tuvimos en el primer tercio una de las vivencias más satisfactorias y emocionantes para todos cuantos lo hemos visto in situ. Este de Miura acudió a la primera cita con boyantía y codicia. Luego, Castaño indicó al hombre del castoreño que se colocara debajo de la presidencia (uno de los extremos alargados del óvalo). A la nueva cita acudió el toro desde el centro, más o menos. Entonces, el director de lidia pidió que llevaran al toro al otro lado. Ahí, con un silencio absoluto en la plaza teñido de la expectativa, del asombro, hasta de incredulidad, sólo hizo falta centrar la atención del toro para que se arrancara desde allá. Por fin no lo estábamos leyendo en una revista antigua, o escuchábamos a alguien más contarlo. Ahora seremos nosotros quienes podemos narrarlo. Las ovaciones eran rotundas. Para el toro, para el piquero, para el torero, para todo lo que estábamos presenciando.
 Vida con seis toros y un torero. El prodigio del tercero Concluida la faena de muleta, al perfilarse para estoquear a este toro, una voz serena en el tendido avisó en castellano: Torero, un toro así no se mata. El público quizá había quedado absorto, y pareció que el tiempo no fue suficiente para asimilar lo que habíamos visto. Además, hay que decirlo, el propio salmantino había elevado mucho el horizonte por sí mismo y luego le hizo falta entender mejor al Miura, y a nosotros, darnos cuenta con mayor cabalidad de sus condiciones. Lo que es un hecho, es que si este toro no fue indultado, sino de vuelta al ruedo, muchos de los que hoy padrean en el campo porque se les ha perdonado la vida en un ruedo, han visto disminuido ese privilegio.
Y es un hecho también, que, después de esta tarde, muchos seremos distintos. Las experiencias, sensaciones, emociones que cada uno ha experimentado se convierten en una especie de tatuaje interno, compuesto de formas, colores, rastros, signos, sentido, vida.
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