Ciertamente, los toros de Atanasio, como presumíamos, poca gloria le reportaría a esta corrida en que, cargado de ilusiones, venía a confirmar su alternativa Luís Bolívar. Mansos y con los problemas lógicos que esta condición impone, los toreros, cada cual, a su manera, hicieron cuando entendieron que, a la postre, para Bolívar y Eduardo Dávila Miura, con toda seguridad, no era lo adecuado para este tipo de ganado que, rotundamente, Sebastián Castella, les dio una soberana lección a sus compañeros de terna.
Como explico, la corrida, tenía mucho que torear, esa es la pura verdad. Pero Dávila Mira no está para dichos trotes; es decir, el hombre, con el porvenir asegurado, le tiene mucho apego a la vida y, hasta lo entiendo; lo que no entenderé jamás es que se apunte a estas corridas que, de antemano, le tienen abocado al fracaso. Entiendo la dureza de la profesión; he visto demasiados toros como para no entenderla. Pero no comprenderé jamás que, Dávila Miura siga yendo una y otra vez a Madrid y, él mismo tendría que preguntarse los motivos. Para colmo, con la espada, pasó un calvario tremendo. También es muy cierto que, el toreo acamperado de Dávila Miura, en Madrid, a nadie entusiasmará, por ello, si se hubiera quedado en Sevilla, él y todos, nos hubiésemos ahorrado un gran disgusto.
Repetía actuación en Madrid el francés Sebastián Castella y, como en el domingo anterior, su balance resultó ser idéntico; oreja y vuelta al ruedo aclamada. Alguien pensará que, el presidente, con su actitud, le negó otra justa oreja y, por ende, le privó, una vez más, de la gloria de la puerta grande. Quiénes así pensaren, con toda seguridad, no les faltará la razón aunque, en honor a la verdad, si de emotividades se trata, quiero pensar que, la del domingo pasado, para Castella, resultó más emotiva la tarde y, si me apuran, hasta sufrió más injusticia que en la presente. Madrid ha terminado hablando en francés y, es algo que me parece lógico y justo. Como se da la circunstancia de que esta plaza no entiende de nacionalidades, pero sí de valores justos, con toda seguridad, supo premiar la labor de Castella que, valiente, entregado, torero, capaz y consecuente con su carrera, una vez más, se dejó matar; en esta ocasión no hubo voltereta, pero sí la comprobación latente y manifiesta de que, Castella, quiere ser torero. Con dos mulos mansos y peligrosos, el francés, dejó patente su manifiesto torero; no se arredró en ningún momento y, sus faenas, emotivas y sinceras, calaron en el sentir de los aficionados que, con admiración, comprobaban cómo y de qué manera, el torero, se jugaba la vida sin trampa ni cartón. Y lo mismo que lo hizo él, deberían de haberlo hecho sus compañeros; no lo hicieron y, en cambio, si no son muy torpes, me temo que habrán tomado la lección. Una vez más, Sebastián Castella, rozó la puerta grande, justamente, el sueño de todo torero que, el francés, por dos veces consecutivas, la ha tenido en la punta de sus dedos. Con puerta grande o sin ella, Sebastián Castella se ha llevado el respeto y la admiración de Madrid y, sin lugar a dudas, tendrá su recompensa a lo largo de la temporada. En octubre hablaremos.
Conversaba yo con Luís Bolívar el pasado lunes respecto a todos los avatares que ha supuesto su carrera y, el chico, me confesaba sus ilusiones para esta corrida de su confirmación. Yo tenía mis dudas, por los toros, claro; pero Bolívar parecía no importarle nada y, en aquel momento, su ilusión, era lo más grande del mundo. Ya, en la corrida, todo se empezó a desvanecer y, Luís Bolívar, con ánimo y esfuerzo, no logró encontrar la solución para tantos problemas como los toros le plantearon. Se le ha visto triste y perdido; sin lugar a dudas, síntomas muy malos para un principiante. No quiero pensar que se acordara de su tremenda cornada del día de su alternativa y, sus ánimos, por dicha razón, se desvanecieran. Lo realmente cierto es que, Bolívar, sin duda alguna, debió de haber hecho más; si acaso, imitar a Castella que, como antes explicaba, todo lo que les faltaba a los toros lo puso él. Le queda, para su dicha, la corrida de Victorino Martín, su apoderado; festejo en que, ineludiblemente, tiene que dar el do de pecho; triunfar o morir. Suena muy duro, pero es la auténtica realidad a imponer a todo aquel que empieza. Nos queda la esperanza de que, Luís Bolívar, que tiene condiciones para ser torero, frente a los toros del ganadero de Galapagar, lo pueda demostrar y, como deseamos, que logre encauzar su carrera. Era su primera corrida de toros en Madrid y, tampoco vamos a decapitarle; pero es su futuro el que está en juego y, él, solo él, lo puede arreglar; y lo arreglará, de ello estoy convencido.