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Antolín Castro  
  España [ 14/05/2005 ]  
SERAFÍN SALVÓ AL GANADERO

Esa fue la realidad. De no haber mediado el valor y la decisión del torero catalán, el ganadero sería la vergonzosa portada de todas las crónicas. Pero estaba Serafín Marín; estaba como está, que es muy maduro y muy firme. Y esa firmeza y madurez le permite ponerse delante de los toros con muchísima seguridad. Él sólo hizo al toro sexto, por el que nadie podía apostar ni un céntimo. Lo hizo y fue sacándole series con la derecha de mucha enjundia ante las reservas del toro que tenía que tragárselas a base de ser sometido por el torero catalán.

Cierto es que la faena bajó con la mano izquierda que tomaba el toro con más bronquedad y resistencia. De ahí salieron los naturales enganchados y volvió a la derecha para cerrar una serie larga y profunda con un no menos profundo pase de pecho. Y tras todo eso que el toro no tuvo más remedio que aceptar, le propinó una gran estocada que le partió en dos. La plaza se hizo clamor, olvidando cuanto había pasado, y a las manos, firmes manos, de este diestro, llegó la primera oreja de la feria. Oreja ganada a pulso y por la que ya había empezado a hacer méritos con la decisión mostrada en su toro anterior.

También ahí estuvo decidido ante la mansedumbre y descastamiento de su oponente quién, eso sí, en un gañafón le abrió la taleguilla de arriba a abajo. Ni se miró ni se inmutó, siguió arrimándose hasta llegar a asustar al mansísimo  y reservón animal. Ya antes, en el tercio de banderillas, acusó dichas reservas y esperó a tener a mano al buen banderillero César Pérez al que hizo pasar las de caín; con gran oficio y valentía logró, finalmente, clavar dos pares en todo lo alto. También a este le recetó un estoconazo y por todo ello fue ovacionado con fuerza.

Decíamos que Serafín salvó la tarde al ganadero y a muchos de los aficionados que llenaban la plaza. No se pueden sacar al ruedo de Las Ventas, ni a ningún otro, unos animales más descastados, mansos, flojos, sosos y de una raza a determinar que no es la brava. Lo de La Cardenilla, no llega ni a calderilla, pues no valen ni un euro. Todo empezó con la supina invalidez del primero a quién el Sr. Sánchez le dio demasiadas oportunidades antes de darse cuenta que era un inútil de mucho cuidado. Pero después, vinieron los demás, incluido el sobrero de Astolfi, en una corrida muy desigual de presentación. Todos fuera de catálogo para definir su comportamiento de bravo. Imposible ir definiendo la nulidad de su comportamiento. Ni al caballo, ni a los capotes ni a muletas, sólo a sestear y dormir.

Y no crean que exagero, pues alguno se echó a dormir hasta en tres ocasiones y no permitía, de esa guisa, a su matador entrar a matar. El titular de esta crónica, si no llega a mediar Serafín, -insisto, que le debe más de una cena el ganadero-  derivaba ya hacia “Los toros escombros” cuando apareció el Serafín, que es cercano y familia de un ángel. Eso fue: el ángel de la guarda del ganadero.

Hubo en el ruedo dos toros tontorrones, además de mansos, y los dos fueron a parar a las manos y muleta de Javier Valverde, que estuvo decidido y valiente pero que creyó que estaba descubriendo América en lo taurino y que era Domingo Ortega en el dominio y además de ponerse jacarandoso con esas ruinas de toros, y matarlos de fea manera, salía a saludar en cuanto escuchó las palmas de algunos paisanos. Rápidamente le sacaban del error pues se producía división en la plaza, pero él ya había saludado: ¡buenas, buenas, ¿qué tal están?!.

Completaba la terna un torero, Dávila Miura, que cada vez que hace el paseíllo en Madrid se deja fuera, o en Sevilla, las virtudes que pueda tener y solo presenta lo menos florido de su repertorio, que es, además, muy poco. Pico por aquí, muleta retrasada por allá, etc. Pero hoy ha tenido suerte, pues era tal el sopor que producían los astados que ha pasado más desapercibido que otras veces. Mejor para él. En su caso, los toros le han hecho un favor.

Dos detalles no se pueden olvidar. Un picador, Juan Ruiz picó en todo lo alto en el cuarto de la tarde y un banderillero, Fernando Téllez, clavó con gallardía en el sexto. Fueron justamente aplaudidos.

Ya tenemos una oreja y ganada a ley. No hubo exquisiteces pero sí una voluntad férrea para lograrla. Un conjunto de valor, decisión, firmeza lograron el milagro de que el toro, como sus hermanos manso y reservón, pareciera algo mejor. Eso, y una estocada también a ley. Quizás, tanta ley la pone el torero catalán para compensar las otras leyes que quieren imponer sus políticos paisanos. La diferencia está en que para hacer lo que hace Serafín se necesitan dos... y para hacer lo que hacen los otros, sólo hacen falta que sean dos, o tres.

 
   
 
   
Octavio Alvarez 14/05/2005  
 
Lo importante es que el Torero le pueda a todos los Toros como este chaval lo ha hecho para deleite de los que conocen de la Fiesta y no como algunos pseudoconocedores que aplueden a todo sobre todo si es "estético".
 
 
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