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Pla Ventura  
  España [ 28/04/2005 ]  
SE LLAMA ROGELIO

Se llama Rogelio Gil Andrés y, en su vida laboral, alcanzó cotas inimaginables para gran parte de los mortales. Era el consejero delegado de una gran empresa, con voz, voto y firma. Su nombre, en el mundo de las finanzas, durante muchos años, era el estandarte que reflejaba las mieles del éxito. Las gentes le imitaban, le adoraban, le asediaban y, hasta daba conferencias de  macro economía. Ciertamente, lo que reflejaba su persona, no era otra cosa que, la imagen del gran triunfador que, de la nada, logró cotas importantísimas y, como digo, casi inaccesibles para la mayoría. Todo un personaje. Rogelio era, como se presupone, una figura admirada por todos y que, a su vez, los que empezaban su andadura laboral, todos querían ser como él; es decir, imitarle para lograr la cumbre del éxito y, a su vez, el pináculo de la fama dentro del mundo empresarial. Todo esto y mucho más lo consiguió Rogelio Gil Andrés. Lo que nunca nos contó era el precio que tuvo que pagar para llegar hasta lo más alto.

Mientras estuvo en activo, su vida se circunscribía a las reuniones importantes con sus colaboradores – yo diría lacayos- y, su estatus social era inaccesible para el resto de los humanos. Rogelio dictaba órdenes, exigía resultados y, dentro del mundo empresarial, sin darse cuenta se había metido en una burbuja que le alejaba de la propia sociedad. Para él no existían más paredes que las de su despacho, el lugar donde juzgaba, ordenaba y pedía responsabilidades por doquier. Imbuido en las cuestiones mercantiles, se olvidó de vivir y, ni días de fiesta tenía para descansar; lo suyo era el trabajo, la organización y aquello de apretujar las manecillas del reloj para que éste tuviera más horas. Un hombre que, visto desde fuera, era para admirar; su capacidad organizativa estaba fuera de toda duda. Los accionistas de la empresa estaban convencidos de que, con Rogelio, habían encontrado el hombre perfecto,  la persona ideal para defender sus intereses. Y era cierto. Pero dentro de tan suntuosa grandeza empresarial, Rogelio, se olvidó de vivir y, aquello, lo pagó muy caro. Se ensimismó en su puesto de trabajo y, hasta se olvidó de sus amigos; su único amigo era él. Algunos de los que le conocieron, le ayudaron en los momentos difíciles y le auparon a su más alto estrado, a todos les olvidó por completo. Era normal que, para poder hablarle – siempre de negocios, claro- había que hacer ante sala; pero de varias horas porque, su obligaciones, así lo demandaban. Solo tenían acceso a su despacho, personal de muy alto nivel. Si llegaba un amigo, por muy amigo que fuere, la secretaria lo despachaba en dos minutos; su tiempo, el de Rogelio, era tan preciado que, perderlo con amigos, era una solemne estupidez. Como vemos, una vida de locura que, pasados los años, poca gloria le ha reportado.

Rogelio Gil Andrés era el líder, el hombre fuerte de la organización y, como explico, su tiempo era como lingotes de oro. Podía haberle distraído la vida y sus gentes; pero no, le distrajo una empresa poderosa que, mientras que los accionistas vivían ricamente en sus mansiones, él asumía responsabilidades del más alto nivel, siempre, sin percatarse de las connotaciones que, pasado el tiempo, podrían traerle. Este pobre hombre, se apartó del mundo y de sus gentes y, lo que él no sospechaba es que, un día, la vida, le apearía en la estación más cercana y, a partir de entonces, de nuevo tenía que vérselas con el mundo;pasear por sus calles,convivir con las gentes sencillas y,ante todo,volver a ver la realidad de su propia ciudad,similar a la de cualquier ciudad de España.

Las gestiones de alto nivel del “inmortal” Rogelio, consistían en el abaratamiento de todos los costes de la empresa, siempre, al “precio” que fuere. En su camino se trazó una meta, pensó en un camino y, a partir de ahí, caiga quien caiga. El dinero le hizo poderoso y, con el vil metal conseguía logros que, antaño, jamás había soñado. Ciertamente, los hombres que llegan a este nivel, desdichadamente, piensan que solo existe dinero y que éste, jamás se acabará. Es verdad que, mientras ocupas la butaca, sientes que no tienes enemigos, aunque los tengas todos. Nadie se atreve a discutirte nada porque, para todos los que te rodean, su pan, está tus manos. Rogelio destrozó muchas familias, arruinó a muchas empresas, todo, mientras engrandecía el ya alto nivel de su organización. No importaba quien cayera; lo único que le preocupaba era subir el nivel de su empresa. Lo que él jamás reparó era que, a fin de cuentas, en su empresa, era un asalariado; de gran nivel, pero con un salario. En definitiva, era un hombre utilizado por el poder que, en su puesto de trabajo, hasta se creyó por encima del bien y del mal. Se elevó hasta lo más alto y, lo que jamás sospechaba era que podía caer; es decir, volver a poner los pies sobre el suelo, algo que, pasados unos años, tuvo que hacer.

Las empresas nacen y mueren, como las personas y, la de Rogelio no era una excepción. La competencia venida desde fuera ha demostrado que, nosotros, en España, no somos tan eficaces como en verdad creíamos. Empresas que pensábamos eran inmortales, ahora, las vemos derrumbarse cual castillo de arena. Los accionistas a los que defendía Rogelio Gil Andrés, cansados de inyectarle dinero a la empresa, al final, decidieron el cierre; más que un cierre, en definitiva, se ha producido una quiebra. El pasivo superaba con creces al activo, de ahí, el caos económico. Como suele pasar en estos casos, una buena gestión de los abogados han podido salvar el edificio y, a su vez, venderlo a una inmobiliaria para la construcción de viviendas que, por el momento, sigue siendo un brillante negocio en España. Nos encontramos con unos socios arruinados y un gerente en el paro. El accionariado, posiblemente, con la fortuna personal acumulada, quizás no tengan que penar en un futuro, pero el gerente en paro, lo está pasando fatal. Rogelio era, como se ha explicado, el látigo fustigador de todos los proveedores de la empresa que él regía y, ahora, como dijera Sócrates, la venganza es un plato que sabe mejor cuando se sirve frío y, de este modo se lo están sirviendo a este pobre hombre que, arruinado y sin amigos, camina sin horizonte por las calles de la ciudad. Arruinado porque dilapidaba el dinero creyendo que jamás se le acabaría y, sin amigos porque, lamentablemente, cuando estaba en lo más alto, los despreció a todos. Honradamente, ahora, está cobrando la factura que le corresponde, cosechando, justamente, la semilla que había plantado.

Estos líderes empresariales, escogidos, justamente para la maldad porque, normalmente, los accionistas de estas empresas, gentes de misa y comunión diaria, no se atreven con todo lo que, por ejemplo, en este caso, era capaz de hacer Rogelio. Todos esos que se autocalifican de católicos, obviamente, para descargar sus conciencias, tienen que quedarse al margen y, las fechorías, que las haga otro. Claro que, si les preguntaran dirían que, “ son cosas de los negocios y, en los mismos, cabe todo” Por todo ello, cobardemente, se busca – y lógicamente se encuentra- al cabeza de turco que, con un buen traje, un coche suntuoso, una secretaria de lujo y  un despacho fascinante, logran su cometido; Rogelio ha sido el último ejemplo que hemos conocido. Él, tras haber vivido varios años en su “cielo” tan particular, hasta pensaba que, de venirse abajo el imperio, pronto encontraría otra empresa donde sentirse realizado. Afortunadamente, a estos líderes, se les busca cuando están en activo; cuando fracasan, no los quiere nadie y, Rogelio fracasó con todas las de la ley; más que el fracaso de la empresa que regía, su gran fracaso resultó ser su vida misma. Ahora, que Dios le coja confesado. Sólo él sabe el daño que hizo a terceros, por tanto, que asuma las consecuencias. Al final, la vida, suele ser justa.

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