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Pla Ventura  
  España [ 25/04/2005 ]  
HA MUERTO SU MADRE

Aunque era ya viejita, la señora Engracia, madre de mi gran amigo Alfonso Ramírez, ha dejado un vacío irrellenable en el alma y cuerpo de este gran amigo. Yo ya pasé por semejante trance y, le comprendo como nadie. El que un hijo entierre a su madre es la acción lógica y natural de la vida; al revés, es todavía más triste. Pero uno no llega nunca a comprender que, de la noche a la mañana, te quedaste sin confidente, sin consejera, sin alguien que jamás te juzgó y que, por el contrario, siempre te apoyó. Es la ley de la vida, pero muy difícil de aceptar y, en ocasiones muy difícil de entender. Alfonso lo está pasando mal y, en estos momentos, me he centrado con su vida, con sus quebrantos del alma y, pretendo ayudarle; quizás que, estas letras, Dios lo quiera, tengan la terapia suficiente para que, al leerlas, Alfonso, pueda esbozar una sonrisa.

La señora Engracia era una mujer muy particular; enviudó hace ya muchos años y, con su talante arrebatador, supo sacar a sus hijos a flote; incluso les dio carrera universitaria. Solo ella sabía lo mucho que había trabajado para que, sus ilusiones, respecto a sus hijos, llegaran a buen puerto. En su entorno familiar, incluso en el barrio, le conocían como GRACIA. En honor a la verdad, gracia, tenía toda la del mundo. Quiero pensar que, Gracia, querría a sus hijos por igual; sin condiciones. Pero algo me hacía sospechar que Alfonso era lo que terrenamente, entre madres e hijos, llamamos como su ojito derecho. Ciertamente, motivos los tenía para que así fuera porque, Alfonso, a diario, estaba pendiente de su madre, algo que tan feliz le hacía; digamos que se trataba de una felicidad compartida. Madre e hijo sentían al unísono el precio del amor y, eso era innegable.

Por mi parte, intento convencer al bueno de Alfonso que, su madre no ha muerto; como tampoco la mía. Sencillamente, que se marcharon de viaje para esperarnos en el más allá puesto que, allí, iremos todos. ¿Quién no ha tenido una temporada de viaje a su madre? Pues esta es la filosofía que quiero inculcarle al amigo que, roto por el dolor, no termina de comprender la metáfora que le explico pero que, en definitiva, es la verdad más grande que pudiéramos imaginar. La señora Engracia se nos marchó de viaje; se nos adelantó en el camino porque, como digo, allí iremos todos. Sinceramente, y lo digo por haberlo sufrido, cuesta mucho prescindir de un ser al que has amado con todas tus fuerzas, por ello soy capaz de ponerme dentro de la piel del amigo querido y, a su vez, entender su dolor, su desasosiego irreparable. Para Alfonso, la señora Engracia, su madre, seguía siendo su ángel guardián; y no era una cursilería propia de la sociedad progre en que vivimos; se trataba de una realidad palpable como el sol que nos ilumina.

Sabedor, como hijo, de lo que se puede sentir por una madre y mucho más al perderla, se me parten las entrañas cuando veo a esos tipos que, sin alma ni corazón, desdeñan a su madre; incluso, muchos, las maltratan, las vejan y las utilizan para sus fechorías; muchas de estas mujeres, hasta han muerto en manos de sus hijos. Es, claro, la sinrazón de una vida de locura puesto que, lo lógico y normal es que, una madre, para un hijo, lo sea todo; pero en todos los órdenes de la sociedad. Dudo mucho que una madre le hiciera una mala faena a un hijo y, por el contrario, algún mal nacido, si ha abusado de su madre. Por todo ello, con la relación natural y hermosa que Alfonso tuvo para con su madre, justamente, la misma que, millones de hijos sienten para el ser que les alumbró, ha dado la medida de su grandeza como individuo. Es normal que sienta la muerte de su madre; para él, era única. Yo, en la medida que mi corazón siente, he sentido la desdicha de mi amigo; por su amistad y, ante todo, por el cariño que la señora Engracia me profesaba. Conocerla era quererla, como a mi me ocurriera. “Hace tiempo que no veo a tu amigo” le decía muchas veces a su hijo cuando llevábamos un tiempito sin vernos. Cuando Alfonso me lo contaba, servidor, buscaba un rato para mostrarle mi cariño y mi admiración porque, de personas anónimas y grandes como la señora Engracia, se ha forjado este mundo que ahora gozamos. Sin aquella generación de héroes nunca hubiéramos encontrado este bienestar que ahora disfrutamos.

Quisiera, como digo, que estas líneas fueran la terapia, el bálsamo que pudiera curar las heridas que Alfonso siente en su alma y, en su desazonado cuerpo. Deberá de saber el amigo que, en estos instantes, la señora Engracia encontró la paz por la que luchó, el sosiego con el que supo vivir y, ahora, sin pretensiones absurdas como las que nos incita esta sociedad en que vivimos, seguro estoy que, desde su estrado tan particular, seguirá esbozando la misma sonrisa de siempre si somos capaces de recordarla como la conocimos. Ánimo, Alfonso. Nos espera tu madre, la mía, la madre Teresa, Octavio Paz, el doctor Fléming, Carlos Gardel, James Dean y otros millones de seres que, tras su paso por la tierra, ahora viven la paz eterna.

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