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Pla Ventura  
  España [ 31/03/2005 ]  
AMANECER (1)

Era una mañana luminosa en que, la brisa acariciaba el rostro de aquella mujer que, con su niñita en brazos, corría hacia el hospital. La muchachita, en los brazos de su madre, se sentía arropada, sencillamente, por lo que conocemos como cariño maternal; apenas tenía seis meses de vida; era, por tanto, un bebé que, por causas del destino, había enfermado. Ella, Gabriela, como madre, sentía el desasosiego de la incertidumbre; sentía que su hijita estaba mal puesto que, la fiebre le tenía atenazada. La pobre no tenía una sola moneda encima y, la ocasión, requería mucha premura. Se trataba de un ser parido de sus entrañas al que, sin saber las causas, había enfermado; apenas tenía defensas puesto que, tan pocos meses de vida, en realidad, aquel cuerpo menudito, se estaba formando, justamente, al lado de una madre admirable; todas las madres, sin lugar a dudas, son de admirar aunque, Gabriela, abandonada por el que era su marido, tenía que afrontar la situación en soledad. La incertidumbre le mataba; no podía comprender que, un maldito virus, tenía amedrentada a su hija y, por ende, a ella misma. Corría desesperada por las calles de la ciudad y, le asustaba tener que tomar un taxi cuando, como ella sabía, no podía pagarlo. El hospital quedaba lejos de su casa y, el tiempo apremiaba. En situaciones como la descrita, un minuto, a veces, puede ser mucho tiempo, de ahí toda la angustia que Gabriela soportaba en su cuerpo. Un conductor particular, parado en un semáforo, al verla cruzar se asombró y  le brindó su ayuda, algo que ella agradeció desde el fondo de su alma. Subió al auto y, en pocos momentos, ya estaba en el hospital. En la sección de urgencias le atendieron enseguida y, de pronto, la niñita, ya estaba en manos de las asistencias sanitarias. Francita, que así se llamaba la chiquitina, ya, en manos de los médicos, lograba que su madre respirara tranquila. Brevemente, tras las primeras exploraciones, los médicos tranquilizaban a la madre; se trataba de un virus indeterminado pero que, afortunadamente, se había diagnosticado a tiempo.

Situaciones como la descrita son las que colapsaban el alma y el cuerpo de Gabriela que, sola y abandonada, no le quedaban fuerzas en demasiadas ocasiones para soportar los envites de la vida. Pero tenía que ser fuerte; no quedaba otra opción. Gabriela había roto un matrimonio con un hombre al que, en su noviazgo, supo enamorarse con pasión y, en el matrimonio, desencantarse con furia. Nada era como él le había prometido y, a los pocos meses de haber nacido la hija de ambos, ella decidió apartarse de aquel hombre que, borracho y mujeriego, le hacía la vida imposible; era un mal vivir y, los malos tratos y vejaciones, no iban con el carácter de ella que, ilusionada con su hijita, no estaba dispuesta a que un sujeto cualquiera le amargara su existencia y, a su vez, hasta pusiera en peligro la vida de Francita, la hija de ambos que, de la noche a la mañana, se quedó sin padre; en realidad, jamás lo tuvo porque, aquel hombre, desde el primer instante del matrimonio con aquella mujer, jamás atisbó la menor ilusión por favorecer a la que era su esposa y, mucho menos, a la que era su hija. La unión de este hombre y esta mujer, como quedó demostrado, sólo era un deseo carnal por parte de él que, al verla bonita y atractiva, sólo la quería para la cama. Otras mujeres, a diferencia de Gabriela, son capaces de soportar el dolor antes de romper unos lazos absurdos; pero ella, con carácter lógico, deseaba vivir y, junto al que dicen era su marido, lo único que podía encontrarse era la desesperación de ver a un tipo aburrido que, sólo la quería por la noche y en la cama. Triste futuro que, ella, pronto, supo dilucidar y, a su vez, darle la solución inmediata al problema. El matrimonio, para ella, resultó ser lo de la triste metáfora en torno al mismo: es decir, la tumba del amor. Aunque, en honor a la verdad, no es que el matrimonio mitigue o destruya el amor, sencillamente es que, miles de personas llegan al matrimonio por intereses creados cuando, la única causa, el amor, jamás ha existido. Y, Gabriela, como se evidencia, resultó ser una víctima más de las muchas que han sufrido por el mundo el propio desasosiego y la gran amargura del desamor. La situación, para ella, era delicada; pero no cabía otra opción. Ahora, o nunca, pensaba ella y, al final, acertó.

Corrían tiempos difíciles y, la vida, en la gran ciudad, se tornaba casi insoportable, tanto para Gabriela como para tantos miles de personas que, sin otro horizonte que el propio amanecer, esperaban con ilusión la llegada de tiempos mejores. Su forma de vida, sin lugar a dudas, no era el sueño de nadie, aunque dentro de su corazón, atisbaba la ilusión desmedida por aquello de lograr un mundo mejor; al menos, su mundo interior, el que le apasionaba por aquello de sentirse madre. Tras la separación, tuvieron que dejar la casa donde habitaban y, al respecto, volver a empezar. Bien es verdad que, con lo que tengas, se puede empezar de nuevo y, Gabriela, así lo convino en su alma. Buscó un sitio humilde en donde vivir; un apartamento de alquiler y, pronto, como un hermoso lance para su destino, encontró un trabajo. Saber que podía laborar, y hacerlo, justamente, en aquello que le agradaba era, sin lugar a dudas, una dicha, un motivo de satisfacción que le granjeaba satisfacciones para su alma y, sin lugar a dudas, le hizo recuperar la sonrisa. Ella era consciente de que, a sus 23 años, nada le sería gratuito; todo costaría esfuerzos sobrehumanos aunque, le podía más la ilusión por vivir que todas las trabas que el mundo pudiera ofrecerle. En su época, todavía, por aquellos años, no se conocía aquello que ahora le llamamos guarderías y que, no son otra cosa que, centros donde cuidan a los niños mientras los padres trabajan. Era, claro, el otro gran handicap para Gabriela que, además de trabajar, tenía que cuidar de Francita, aquella chiquita que, aún siendo muy pequeñita, era el motor para la vida de su madre; su único motivo por el que luchar en aras de una vida mejor, tanto para ella como madre, como al igual que para su hija. Madre e hija eran inseparables; sólo les alejaba, a diario, la causa de su trabajo. Pero en honor a la verdad, Gabriela, por su forma de ser era una persona querida y admirada en todos los lugares donde se movía, de ahí que, una amiga decidió ayudarle por el precio de la nada y, la ayuda no era otra que cuidar de su hija mientras ella trabajaba. Ingrid, la que era su amiga, sin pretenderlo, le estaba dando a Gabriela toda la dicha del mundo, no en vano sabía que trabajar y que, a su vez, su hija, estaría en buenas manos; en las mejores, sin lugar a dudas.


Instalada ya en su casa y con el trabajo organizado, veía con ojos de pasión el crecimiento de Francita, aquella hija nacida de sus entrañas y que, sin padre, tenía que afrontar ella todas las obligaciones y situaciones que la vida le entregaba, pero siempre bajo la más estricta soledad. Ciertamente que, en ocasiones, Gabriela se lamentaba de su infortunio por no haber encontrado, como sueña toda mujer, ese hombre que te quiera de verdad. En realidad, su quimera, más que la soledad, era que su exmarido, un tal Alberto que, según le habían comentado, no andaba precisamente por los caminos más honrados. Alberto, desdichadamente, provenía de los más bajos ancestros de la sociedad y, su niñez, no había sido precisamente un modelo de vivencias, de ahí que, lo que había aprendido no era otra cosa que los artilugios más insospechados en una vida basada y plagada en la delincuencia. Todo esto lo supo Gabriela mucho tiempo después, no en vano, Alberto, durante toda su adolescencia y juventud, pululaba en los foros más nefastos de la sociedad. De una madre prostituta y un padre desconocido, poco más se podía esperar y, Alberto, era el fruto de una sinrazón desmedida, precisamente, la que su madre llevaba a cabo todos los días. Lamentablemente, en la gran ciudad, tipos como Alberto, se disfrazan de corderos cuando, en realidad, en su ser, anidaba un lobo estepario dispuesto a devorar a su presa en el primer lance. Y con semejante disfraz el llamado Alberto llegó hasta el altar para casarse con Gabriela que, joven, bonita, hermosa e ilusionada creía encontrar, con aquel tipo, el amor de su vida. En pocos meses, como se evidencia, todo quedó desvanecido, de ahí la ruptura de su matrimonio. Ella sabía lo que hacía cuando se alejó de Alberto pero, para su desdicha, lo que no sabía esta mujer era, justamente, el pasado negro del que había sido su marido; pasado que, lógicamente, era su más lamentable presente y que, en el devenir de los tiempos, aún estando alejada de él, tantos problemas le ocasionaría, hasta el punto de que, cuando ya creía olvidado a aquel hombre, una mañana oyó que llamaban a su puerta y, su sorpresa resultó ser infinita al comprobar que, quiénes le requerían, no eran otros que, un grupo de policías que preguntaban por el paradero de Alberto. Ella, anonadada y sin apenas poder pronunciar palabra alguna, quedó aterrada al ver a los agentes de la autoridad. No daba crédito a sus ojos puesto que, su vida era un modelo para la sociedad en donde vivía. Los policías le interrogaron y, en aquel mismo instante comprendió muchas cosas que, durante tantos años había ignorado. La justicia andaba en búsqueda y captura de un delincuente común llamado Alberto Ramírez que, obviamente, había sido su marido. Lógicamente, tras las pertinentes averiguaciones, habían llegado a la casa de la única persona en el mundo que pudiera darles información o detalles sobre el tipo que andaban buscando. Gabriela, en aquel instante, abrazaba con pasión a su hijita porque, ante la incertidumbre de lo desconocido, temía que pudieran arrebatarle de sus brazos al ser que había parido y que, obviamente, quería más que a nadie. Sus ojos se llenaron de lágrimas; no acertaba a comprender nada y, en la medida que los agentes le preguntaban y le explicaban, todo a la vez, iba entendiendo el mensaje y, lo que es peor, analizaba su pasado y se estremecía por momentos; hasta llegó a pensar que, junto a Alberto, de haber continuado, pudo haber sido todavía mucho peor. Por un lado se estremecía al pensar que, de haber seguido junto a su marido, su futuro, hubiera podido ser el más amargo y, a su vez, sentía la satisfacción de, aún sin saber del pasado de aquel hombre, haber sido capaz de romper aquellas cadenas que le atenazaban por la causa de un matrimonio absurdo, al cual había llegado ella presa de su ignorancia. Gabriela había conocido al cordero disfrazado aunque, la realidad, como se evidenciaba, era que se había casado con un lobo sanguinario dispuesto a devorar a su presa. Los agentes de la autoridad, en breves momentos comprendieron que la muchacha no tenía nada que ver en la vida absurda de Alberto. En pocos instantes quedó todo aclarado y, tras tomarle declaración, humanamente entendieron que Gabriela les decía la verdad y que, como tantos otros, ella había sido la primera – o una de las primeras- víctima de un insensato que, desde su niñez, no había conocido otra cosa que el mundo de la delincuencia. Al marcharse los agentes, Gabriela, se abrazó a su amiga Ingrid que, viviendo en los mismos apartamentos, en aquella mañana había bajado para visitarle.

Tras aquellas declaraciones a la policía, Gabriela se quedó muy triste. Ingrid trataba de consolarle. Pero ella se sentía mal. Desde aquel instante, situaciones ilógicas del que fuera su marido al margen, comprendió que se había casado y le había entregado su cuerpo y su amor a un delincuente común y profesional; todo ello, sin saberlo. En aquel día, sin lugar a dudas, resultó ser el día más largo y amargo de su vida. Ella, modelo de tantas cosas en el mundo, comprendía lo que había sido su engaño y, su tristeza iba en aumento. Su generoso corazón había sido vilipendiado por un desalmado y, sus sentimientos, al respecto, eran de lo más desalentadores. Gabriela no creía en el mal; es más, pensaba que no existían personas tan abominables como el Alberto Ramírez que la había engañado y, sin embargo, la evidencia le estaba demostrando todo lo contrario. Necesitaba, como no podía ser de otro modo, cuidar y vivir su presente porque, el pasado, no contaba para nada y, el futuro, estaba por venir. Lo triste para ella, al margen de todo lo que había comprendido tras la explicación de los agentes de la autoridad, había sido comprobar que, al citado Alberto, le buscaban por una cuestión de drogas. Hasta donde es capaz de llegar una persona, pensaba ella al recordar al que había sido su marido durante unos meses. La cruda realidad le estaba demostrando que, en la vida, todo es posible. Que ya nada pueda sorprendernos cuando, un individuo como Alberto, hastiado de su propia existencia, decide echar por la calle de en medio y vivir al margen de la ley y, lo que es peor, fomentando la desdicha en tantos hogares en el mundo por la maldita droga que, acaba con todos y enriquece a unos pocos. Estaban claros los motivos por los cuales era buscado por toda la ciudad, el mencionado Alberto. Una “joya” de individuo que, no contento con haber engañado a la muchachita, más tarde, se inició en el mundo de la droga. Tremenda la decisión de aquel hombre que, sin más razones que el abandono de su propia vida, decidió inmiscuirse en semejante mundillo sin medir, obviamente, las consecuencias que este tema pudiera traerle.

La pequeña Francita iba creciendo y, un día, se le ocurrió preguntarle a su madre por el paradero de su padre. Difícil la pregunta y, si acaso, más complicada la respuesta. Y lo era mucho más tratándose una chiquita de pocos años; es decir, ¿tamaña situación familiar cómo se le puede explicar a un niño, en este caso, a una niñita de pocos años? Ardua la tarea de Gabriela que, no contenta con los problemas cotidianos, ahora, irremediablemente, tenía que explicarle a su hija los pormenores y las razones por las cuales tuvo que abandonar a su padre. Ella era madre y padre, todo a la vez, no en vano, desde el primer día asumió todas las responsabilidades de un hogar, de una familia y, aunque sin esposo, supo afrontar todos los problemas y, trabajando con denodado esfuerzo, jamás le faltó lo elemental; ni a ella, ni a su hija, por supuesto. Y tenía mérito puesto que, en aquellos años, las carencias, eran de todo tipo; bien es cierto que, Gabriela, como madre, era capaz de privarse de todo; siempre, a favor de su hija. Es verdad que, Ingrid, además de vecina y amiga, era la confidente de Gabriela; digamos que, más que amiga, era el hombro donde ella lloraba sus penas y, por supuesto, la persona con la que celebraba sus alegrías. Por ello, Ingrid, sabedora del problema que su amiga tenía al tener que contarle a su hija la verdad de su existencia, no dudó en ayudarle y, su ayuda, no era otra cosa que, juntas, explicarle a la pequeña Francita, las causas por las cuales su madre tuvo que abandonar a su padre. Era una tarde de domingo en la que, precisamente, celebraban el cumple años de Francita; seis años terminaba de cumplir la chiquita y, tanto la madre como su amiga, tras la celebración y la partición de la tartita, decidieron contarle a la chiquita la auténtica verdad. Tras aquellas declaraciones, la alegría, pronto se tornó en pesadumbre y, la niñita, rompió a llorar; no podía ser de otro modo. Difícilmente alcanzaría a comprender la verdadera situación y, la forma de demostrarlo, era llorando; no le queda otra opción. Sus pocos años no le capacitaban, todavía, para entender aquella amarga realidad que le asolaba. Ingrid, al ver el llanto, tanto de la madre como de la hija, abrazó a la niñita y la acurrucó entre sus brazos. Ella intentaba mitigar aquel dolor con palabras bonitas, con caricias por doquier y, de semejante modo acabó aquel día que Francita presagiaba como muy alegre y que, al final, por las connotaciones descritas, resultó ser un día aciago en su existencia. Quizás por ello, aquella noche, Gabriela, no pudo conciliar el sueño y se acostó con su hijita; es decir, la metió en su camita porque, la niña no encontraba consuelo para su desdicha. Ingrid, antes de marcharse, le regalaba palabras bonitas y, ante todo, le rociaba con todo el amor del mundo. Ambas, madre y amiga, sabían el riesgo que corrían ante aquellas afirmaciones pero, era un callejón sin salida porque, pese a todo, era la niña la que había preguntado por su padre y, dicha pregunta, la había formulado decenas de veces a su madre y, ésta, no hallaba la forma de responderle; resultó duro, es verdad, pero aleccionador; sencillamente porque, así, Francita, ya conocía la verdad de su existencia y, dicha pregunta, la tenía contestada para siempre. Al final, el sueño le venció y, aunque la madre no pudiera dormir, la niña quedó en brazos de Morfeo durante toda la noche. No era suficiente el drama de la soledad y tener que sacar a su hija hacia delante que, a partir de aquel día, Gabriela, viviría con la sensación de haber sido una mala esposa por aquello de abandonar al que había sido su marido; cuando menos, esa era la lectura que ella le daba al asunto cuando pensaba en los pensamientos de su hija. Le estaba costando horrores a Francita entender la gran verdad que su madre le había explicado. Todas las niñas tienen padre, menos yo, mamá, le repetía a diario. Y, dicha afirmación, como madre, la dejaba triste y desarbolada. Era, por supuesto, la cruz que llevaría cargada toda su vida. Quizás que, como Ingrid le dijera, posiblemente, se enfrentó demasiado pronto con la dura realidad aquella criaturita infantil que, con sus pocos años, tan difícil le resultaría entender aquella forma de vida. Y era complicado, nada es más cierto; pese a que, la madre, desde el primer día se desveló por aquel ser que había parido de sus entrañas. En el fondo y en la forma, Francita, podía considerarse una niña afortunada; la más afortunada porque, pese a no tener padre, en realidad, por causas del destino, tenía dos “madres”; la biológica y su amiga; es decir, la bella Ingrid que, viviendo sola, jamás le importó regalar su esfuerzo y su cariño hacia aquella niñita bellísima, con ojos maravillosos y un talante cautivador. Mientras Gabriela trabajado de forma denodada sin importarle las horas, a Francita, gracias a Ingrid, jamás quedó desatendida. Es decir, siguiendo la metáfora, se le cerró una puerta por aquello de no tener padre y, gracias a Ingrid, mientras su madre trabajaba, a ella jamás le faltó ni el cariño ni las cosas elementales para vivir; comida a la hora, ropa limpia, cama recién estrenada y, todos los “lujos” habidos y por haber, al alcance de aquella niñita que, con tan pocos años, no alcanzaba a comprender la magnitud de todo el sacrificio que su madre llevaba a cabo. Es verdad que, Francia, como niñita, era el capricho de todo el barrio; todos la querían y, tras el amor de su madre, quedaba patente que, Ingrid, era quien más le demostraba aquel torrente de cariño que brotaba de sus entrañas. Ciertamente, Ingrid, vivía de forma holgada; no era rica pero, podía vivir con dignidad y, su trabajo como homeópata, el cual llevaba a cabo en su propia casa, le permitía atender a sus pacientes y, a su vez, a la que ella consideraba poco más que su hija. Ingrid disponía del mejor de los tesoros: el tiempo, el cual podía administrar a su libre albedrío porque, entre otras cosas, pactaba con sus pacientes la hora de visita de ahí que, jamás le faltó el tiempo para cuidar de aquella niñita de su amiga, un encanto de muchachita que, sin lugar a dudas, era su refugio para mitigar su soledad. Ingrid era separada y no tenía hijos; vivía junto a Gabriela y, de ahí nació aquella estrecha relación de amistad que, pasado el tiempo, todavía perdura.

Gabriela había sido educada, como todas las mujeres en aquellos años, para formar un hogar, tener un marido y criar hijos; siempre sin mediar palabra y dejar que, el machismo, siguiera triunfando por parte del sexo varón. Esa era, por supuesto la “doctrina” a la que le habían aleccionado que, en definitiva, de salir bien, no es de lo peor. Digamos que, cualquier mujer que se casa con un hombre si se siente amada por el mismo, respetada y cuidada, lo propio, es pagarle con la misma moneda. Lo que nadie le había contado es que, dichas “leyes”, tenían que cumplirse, pasase cuanto pasare y, por ahí no entró jamás. Ella, para llegar al matrimonio, como toda mujer, se había enamorado creyendo que, su relación, sería eterna. Era lo que en verdad deseaba; lo que ella no sabía era que, tras el matrimonio, pronto tendría que tomar decisiones que no le gustaron a nadie; ni siquiera a ella. Sus padres, chapados a la antigua, no aplaudieron le gesto de su hija y, hasta le pagaron con el desprecio; pensaban, como se demostró más tarde, que todo era un capricho de la muchacha que, siendo joven y bonita, quería cambiar de aires; nada más lejos de la realidad como se había demostrado. Corría el final del decenio de los setenta y, por aquellos años, la separación, estaba muy mal vista y, lo que es más triste, peor entendida. Gabriela les había explicado a sus padres los pormenores y las causas por las cuales había tomado semejante determinación y, desdichadamente, no quisieron entenderle; creían que su hija era una cualquiera, además de irresponsable que, aún tenido una hija a su cargo, había abandonado a su marido. La situación era difícil, tensa y, lo que es peor, inexplicable para aquellos padres que, lidiando situaciones difíciles, nunca comprenderían que, la decisión de la que era su hija, era la correcta y adecuada, tanto para ella como para su hijita. Un calvario el de Gabriela que, presa del más hondo desasosiego, no encontraba consuelo para sus penas. Quiénes tenían el derecho y el deber de apoyarle y entenderle le recriminaron su “ligereza” al tomar aquella decisión tan trascendental para el devenir de su vida. Se veía sola y abandonada; le fallaron sus padres, justamente, en los que ella había confiado siempre. Un triste lance del destino le había dejado sin marido y, ahora, sin padres. Dura su vida que, en ocasiones, hasta pensaba en lo peor; es decir, en qué otras cosas podrían castigarle el destino. Ciertamente, ella se apoyaba en la fe; tenía una fe ciega en el Creador y, con EL se apoyaba. Y tenía sus razones puesto que, los humanos, salvo su amiga Ingrid, le dieron de lado; el ejemplo lo tenía en sus padres. Y tenía mérito que ella tuviera tamaña fe puesto que, la gran mayoría, al comprobar en sus carnes lo que ella estaba penando, eran motivos más que suficientes para dejar de creer y, sin embargo, ella basaba toda su existencia en Dios y a dicho ejemplo se aferraba. No era mala cosa cuando uno se siente solo y olvidado. Es verdad que, sin las profundas convicciones de Gabriela, su cruz, hubiera sido todavía más pesada. Dichosos los que tienen capacidad para la fe puesto que, la misma, no es otra cosa que, un motivo para soñar e, incluso, para vivir mejor. Esta mujer es un claro ejemplo de cuanto aquí se relata. Ella, la que quería vivir en pleno anonimato y sin grandes emociones, la vida le tenía reservadas sorpresas mayúsculas; ni se las podía imaginar. Seguía en su trabajo, en su plena tarea por aquello de que nada le faltara a su hija; rezando de forma continua para que, el trabajo, a diario, siguiera dignificándole como mujer y, ante todo, como ser humano. Le sobraban motivos para la oración porque, en el hospital donde trabajaba, tras un ajuste de plantilla, algunas de sus compañeras se habían quedado sin trabajo y, Gabriela, al comprobar semejante hecho, a diario, solía alarmarse; era consciente de que, mañana, la despedida, podía ser ella y, dicha idea, la mataba por completo. Si ya de por sí, encontrar un trabajo digno era una auténtica peripecia, ella que lo tenía, perderlo, podría suponerle un trauma terrible. Es verdad que, ella, por su talante y capacidad de trabajo, era admirada y querida por el equipo de médicos a los que asistía. Convengamos que, equipos al margen, Gabriela era la secretaria particular y eficaz del doctor Galán, un médico que, además de ejercer la medicina como tal, era un humanista convencido; un señor con toda la extensión de la palabra que, más que el jefe, era el compañero, el amigo, el hermano de cuantos trabajaban a su lado. Siendo así, Gabriela, se sentía arropada, consentida y sabedora de que, su labor, era realmente valorada por aquel hombre que, además de la medicina, solía mostrar sus valores internos que, a la sazón, no eran otros que el humanismo referido. A diario, el doctor Galán le preguntaba a su secretaria por su hijita; se preocupaba como si de un padre se tratase. Siempre le traía regalos para la pequeña y, ante todo, esas muestras de cariño que tanto le animaban a la madre. Estaba claro que, en el trabajo, Gabriela había logrado una estabilidad emocional y, ante todo, un motivo de felicidad que, en su vida particular, tan difícil se lo había puesto el destino. En realidad, eran doce horas cada día las que ella consagraba a su trabajo; a veces, hasta se preguntaba cómo podía rendirle tanto el día y, lo que es mejor, llegar por la noche a la casa y ver a su hija sonriente y feliz. La felicidad de su casa, obviamente, se la debía en su totalidad a su amiga Ingrid que, sin pretensión alguna y sin esperar recompensa, durante muchos años supo ejercer de madre de Francita algo que, Gabriela, lleva dentro de su ser con la intención de, un día, poder corresponderle en la verdadera medida que ella le entregó.

Cierto día, Gabriela, se desayunaba con una noticia aterradora; sencillamente, porque jamás llegó a pensar que, aquello pudiera ocurrir. En grandes titulares, rezaba el diario que, Alberto Ramírez, había sido detenido y encarcelado por tráfico de drogas. Ningún vínculo le unía a dicho hombre; pero, a su vez, comprendía que, era el padre de su hija y, la pequeña, una vez más, al enterarse de la noticia volvería a sufrir. Siendo así, esta vez, Gabriela, rompió el periódico para que, la chica, que ya tenía diez años, no supiera más atrocidades de su padre. Otra vez, Gabriela, en silencio y gran estoicismo, aguantó el dolor, se tragó la sangre cual toro bravo y, de tal manera, su hijita, nunca se enteró de la triste realidad del que había sido su padre. Es verdad que, reunida con su amiga Ingrid, conversaron en torno a la posibilidad de seguir contándole la verdad a la niña o, callarse; decidieron estar muditas y, llegado el momento, ya le hablarían a la chiquita; decírselo, sin lugar a dudas, hubiera sido un mazazo cruel que, en honor a la verdad, en nada le favorecía. Francita, aún sin padre, se estaba criando mucho mejor que otros millones de niños que, con padre incluido, soportaban humillaciones y malos tratos cuando ella, era la reina de la casa; una casa humilde pero todo un hogar, justamente, con una madre que le adoraba y con una señora que, sin tener parentesco alguno, le veneraba como si fuera carne de sus carnes. Por todo ello, la sonrisa de la muchachita era pura sinfonía para el alma de todos las que le conocían; se hacía querer: era vivaracha, alegre, estudiosa y, a pesar de tan poquitos años, toda una mujercita. Gabriela, como toda mujer trabajadora, consagraba los fines de semana a su casa y, ante todo, en atender a su hijita, en llevarla a pasear y mostrarle, en cada instante, su cariño como madre. Sábados y domingos, así como días festivos, eran de verdadera fiesta para aquellas mujeres que, juntas e inseparables, vivían con la ilusión de un mañana mejor, más próspero y, debido al esfuerzo que realizaban, con la esperanza de encontrar la verdadera estabilidad que les permitiera vivir con holgura. Las carencias de tipo material, tanto la madre como la hila, las suplían con sonrisas que le regalaban al mundo y, nadie, ni los más allegados, podían sospechar que, tras aquella sonrisas, había un cúmulo de carencias terribles, no en vano, el sueldo de Gabriela, a pesar de trabajar durante doce horas, difícilmente daba para llegar a fin de mes. La única persona en el mundo que sabía la verdad era Ingrid, por aquello de la cercanía de la que vivía junto a Gabriela y a su hija. Por ello, la buena de Ingrid, solía compartir, casi a diario, sus pertenencias, su comida, su dinero y, como siempre, sus íntimas ilusiones a favor de aquellas personas que, solas y desamparadas, estaban luchando por la vida, cada cual, en su trinchera respectiva; Francita como hija asistiendo al colegio y, Gabriela, como madre, trabajando sin denuedo. Vida difícil la que llevaban a cabo pero, no existía otra alternativa; de peores habían, solían decirse muchas veces. Y tenían razón. Siempre es un consuelo mirar hacia atrás. Ciertamente, detrás de todos nosotros, sin lugar a dudas, muchas criaturas mortales esconden sus dramas y sus miserias y, al ir delante, ni nos enteramos. A Gabriela le podía el corazón ante la razón. En su trabajo y, fuera del mismo, se entregaba con pasión y desmedida firmeza; para ella, no existían fronteras entre el día y la noche y, cuando la ocasión lo requería, si había que estar toda la noche trabajando, con llamar a su amiga Ingrid para que cuidara de la niña, lo demás, todo estaba solucionado; es más, dentro del mismo hospital, Gabriela, al margen de su trabajo como secretaria, consiguió otro contrato como señora de limpieza y, de esta manera, otro sueldo que entraba en casa; ella demostraba, como otros tantos seres en el mundo que, cuando se quiere, todo es posible. Poder es querer y, Gabriela, quería y, aquello de criar a su hija con toda la dignidad del mundo, para ella, era su mejor y más grande éxito. Su talante cautivador y su belleza externa, al margen de su hermosura interior


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