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Antolín Castro  
  España [ 21/02/2005 ]  
ROSA TIENE UN SUEÑO ...

Rosa tiene un sueño... también tiene diez hijos; Rosa tiene 53 años y una ilusión por cumplir y quiere que la escuchen; quiere conseguir ese sueño y cuenta con todos sus hijos para sentirse respaldada y segura. Nada hay más normal y nada debería impedir que pueda atravesar el sueño para llegar a la realidad.

Rosa se casó muy joven y para nada reparó en métodos anticonceptivos. Era otra época y todo tan distinto a lo que sucede hoy, que seguramente no habría forma de introducir en las cabezas de hace treinta años el que ahora se fomente el uso del preservativo a discreción, se puedan tomar píldoras anticonceptivas, -alguna llamada “del día después”-; incluso, hasta se puede abortar. Rosa no vivió esa época cuando joven y, seguramente, tampoco la hubiera podido asimilar.

Manuel, su esposo, nada quiso que no fuera el azar; "lo que Dios quiera" se solía decir y fue por ello que la familia creció. Dos veces, dos, hubo parto múltiple y en esos alumbramientos consiguieron la mitad de los vástagos. ¡¡Sí, sí!! mellizos y trillizos ocuparon la segunda y la sexta ocasión en que la cigüeña les visitó. A pesar de tanto chaval, encontraron nombre para todos, seis varones y cuatro hembras. A saber, por orden de aparición: Manuel, Ana y José, Ramón, María, Roberto, Catalina, Carmelo y Carlos y, por último la pequeña Alicia. Todos llenaron de felicidad -y trabajo- el hogar.

De esto hace ya veinte años, que son los que tiene Alicia y en este tiempo se marchó papá Manuel. Un accidente automovilístico dejó hace ahora dos años a Rosa sola ante esa situación. La afrontó como había afrontado tantas cosas en los últimos treinta años. Desde aquellos tiernos veintiuno cuando se casó, nunca ha parado de enfrentarse a problemas que han requerido esfuerzo y determinación. Ahora Rosa tiene un sueño que cumplir. Es su ilusión desde aquella edad en que se casó y necesita el apoyo moral de sus hijos, además de que también la echen una mano en la carga material.

Su sueño pendiente es estudiar una carrera que dejó en sus inicios y que quisiera culminar. Es su sueño, su máxima ilusión y quiere emplearse a fondo en su consecución. No va a ser fácil, pues no disfruta de mucho tiempo ni de independencia que le permitan enfrentarse a esa dura realidad. Rosa lo desea, lo sueña, pero no sabía cómo se lo habían de tomar sus hijos, de los que necesita algo más que un empujón. Necesitaba que le dieran su aprobación, y ese apoyo había de ser real. No podemos olvidar que ya son mayores, tiene seis casados, uno independizado y tres que todavía están en casa, a la vera de mamá. Tres que no son tres. No hagan cuentas, queridos lectores, que no les van a salir; los casados la tienen de canguro y tres pequeñas fierecillas hacen del hogar de la abuela su guardería de forma habitual. Otros dos pequeños lo hacen ocasionalmente.

No sabía cómo decirles a sus hijos que todo eso habría que reconducirlo y que precisaba de su entera colaboración. Si Rosa quiere cumplir su sueño, ahora que todavía se siente joven para estudiar veterinaria y quién sabe si, como desea, poder ejercer una vida profesional, necesita que todos le den una necesaria libertad. Son tantos años dedicados a sus hijos y ahora a los nietos, que no ha tenido tiempo de vivir su propia vida. Así que no le quedó otra que plantear su ilusión y su sueño a los diez. Tienen que aportar, ellos, el esfuerzo y el sentido que ella precisa para vivir plenamente su vida. Rosa lo había reflexionado y creía que tenía algún derecho a pedir. Los convocó a una reunión, todos juntos, para expresarles su sueño, su deseo, para contarles al detalle su ansiedad y recabar de esos seres que tanto quiere el apoyo para lograr su objetivo. Para sentirse querida y apoyada.

Ahora Rosa, tras la reunión, no para de llorar. A sabiendas previamente de lo que les iba a pedir, muchos no han querido acudir. De nada sirve que tres de los cuatro, ¡de diez!, que han ido, le muestren su apoyo y digan que cuente con ellos. No se lo puede creer. Piensa, desolada, que si no les hubiera dicho cuál era la cuestión que les iba a plantear, seguro que hubieran venido como siempre hicieron. No entiende las razones para que seis no vengan y que uno de los que se ha acercado a escucharla, tras pensarlo, le diga que no, que es mejor que lo deje para más adelante. Que quizás en un futuro pueda estudiar y terminar la carrera, que no le es necesario eso ahora, cuando tan necesitados están de ella para que se ocupe de los nietos y de los solteros que todavía están en casa.

En la soledad del hogar, se marcharon hace rato, no para Rosa de llorar. Ni lo imaginaba, ni lo puede entender. Por unos momentos lamenta haberles obsequiado a ellos tanto tiempo y trabajo en esos largos años de dedicación plena que aún no han acabado. Ha levantado el teléfono para hablar con Elisa, una amiga de siempre y madre de seis hijos que ahora estudia y que la había animado a dar ese paso para terminar su carrera y su vocación. Elisa se ha contagiado del llanto y así, las dos, poco a poco van humedeciendo el auricular. Un mazazo recibido del que piensan que es difícil reponerse. No puede haber menos apoyo y consideración a sus deseos. Piensan que el mundo es tremendamente egoísta y que cuanto más necesitas confiar en que te arropen, más desamparado te dejan. Una situación imposible de asimilar.

Por inercia, por automatismo, Rosa ha encendido la televisión intentado escapar de tanta amargura y desolación. Ni sabe ni quiere saber qué imágenes tiene delante, pues la película de su frustración es demasiado grande como para ser sustituida por nada. Cree en Dios, pero poco en los milagros. Quizás sea esa creencia y esa fe que la sostiene la que le hace prestar más atención. Adivina en las imágenes al presidente del gobierno y quizás por olvidar se apresta a escuchar: “De gran éxito se pueden considerar los resultados en este referéndum, tres de cada cuatro que han ido a votar han dicho que sí a la Constitución europea”. El locutor de la emisora televisiva añade: “el porcentaje estimado de participación ha sido de alrededor del 40 por ciento, o lo que es igual, de cada 10 españoles convocados a las urnas, cuatro han acudido a votar”.

Rosa ha dejado de llorar. ¡Por fín! se ha dado cuenta que el apoyo recibido de sus hijos es casi, casi inmejorable. Ya puede dormir tranquila y solicitar la matrícula en la universidad, se siente más aliviada. Recuerda aquél refrán que dice: el que no se conforma es porque no quiere y eso le da fuerzas para seguir... (¿?). Un futuro la espera lleno de esperanza.

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