En los pasados días, España ha ganado por primera vez, en cien años, la Copa Davis de tenis. Vaya desde aquí nuestra sincera felicitación a todos: jugadores, capitanes, entrenadores, seguidores y españoles en general. Para todos, supone un éxito sin precedentes que debemos de valorar en su justa medida. España colocada en lo más alto del tenis mundial, consiguiendo ¡al fín! la preciada ensaladera. Con ella se cierra el logro de haber ganado desde la Copa Federación, similar a la Davis, pero en femenino, hasta el Master individual. España, en tenis, es, sin duda, una potencia mundial.
Pero a este logro no le han faltado “meteduras de pata”. En primer lugar, algún político rancio ha querido capitalizar el triunfo como un triunfo del tenis catalán, sintiéndose mal por ver el pabellón lleno de banderas españolas, así como los anuncios por megafonía en español, -¿qué pretendía que fueran rusas o catalanas las banderas y las informaciones, jugando España la final?-. El denodado interés por celebrar en Barcelona la final, opción solicitada por otras ciudades españolas, entre ellas, Madrid, no puede -pero lo es, por mor de estos politiquillos- ser un trampolín para ser utilizado como lanzadera de sus legítimas aspiraciones nacionalistas, que deberían conservar para cuando jueguen la final de tenis entre la Federación barcelonesa contra la gerundense. O, a título individual, una selección catalana, contra otra de Croacia, por ejemplo. Nos tienen acostumbrados a estos “malos rollos”, pero son, como diría el dúo Cruz y Raya, “muy cansinos”.
Otra “cagada fuera del tiesto” -perdón por la expresión-, la ha representado la ausencia del evento, la única ausencia, de Manolo Santana. Pudiendo comprender, a título personal, su disgusto por el trato recibido en su sustitución al final de la temporada anterior como capitán del equipo, no es menos cierto que su actitud puede calificarse de infantil. Una pataleta impropia de quien ha sido un caballero del deporte de los pies a la cabeza. No justificamos su apartamiento voluntario de este memorable éxito deportivo, este no dar imagen al logro más importante de la historia del tenis español. Para él, también, como para el político de turno, nuestro rechazo por la actitud, a todas luces, fuera de lugar.
Sin embargo, otra cosa muy distinta es que ese estallido de júbilo que inundó a todos los españoles, aficionados o no al tenis, por la consecución de la Davis, no incluya por derecho propio al “padre de todas las batallas”, que no es otro que el mismo Manolo Santana. ¿Quién si no llevó a los españoles a sentir en su corazón este deporte?. ¿Quién fue el que hizo llegar a todos los hogares el juego de la pelotita y la red?. ¿Quién fraguó la afición a cada uno de los tensitas, que tras él, han ido apareciendo?. ¿Quién puso el primer punto de una final de la Davis?. ¿Quién concentró aquellos amaneceres frente a los televisores en blanco y negro a tantos españoles -por entonces a nadie se le ocurría hacer distinciones aunque las hubiera, pues jugaba, como hoy, España- con la ilusión en las caras de sueño por la victoria española, aún jugando también catalanes en el equipo español?. ¿Quién, entonces, nos dio el carné de espectadores aficionados al tenis y al equipo español?. El carné de aficionados llevaba el sello de Santana y el de España. Ese sello ha perdurado hasta hoy que, gracias a otras generaciones de buenos tenistas, hemos hecho realidad el sueño. Ese mismo político, no hace falta nombrarle pues es de un equipo distinto al nuestro, no reconoce de igual modo los últimos triunfos del C.F. Barcelona, como triunfos holandeses, ni exige que por la megafonía del campo se repitan los mensajes en holandés, por lo que “se le ve el plumero”.
Demos, por tanto, el mérito que le corresponde a quien ha sido el padre del tenis español. Si a alguien le pica, como dice el refrán castellano, que se rasque. Sin, por cierto, el madrileño Manolo Santana, sin sus éxitos en todos los campos donde jugó, ni España, tenísticamente, se hubiera conocido en los años sesenta, ni el tenis hubiera formado parte de los gustos y aficiones de los padres de los jugadores actuales, al menos, en gran medida. Lo que no nos guste de él, se lo recriminaremos. Pero, es de justicia decir, sin menoscabo para los participantes ganadores de la ensaladera del año 2000, que Manolo Santana es un ganador de la Copa Davis.
Antes de terminar este trabajo, he corrido al cajón donde guardo mis reliquias y recuerdos más afectivos y he podido comprobar que en mi carné de aficionado al tenis, reza: Otorgado por el equipo de España, firmado Manolo Santana.