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Antolín Castro  
  España [ 05/10/2015 ]  
LOS EXCESOS DE LÓPEZ SIMÓN
El torero, llamado revelación de la temporada, López Simón, que deja su marca, su sello, en cuantos festejos interviene, no pasa fácilmente desapercibido. Pero no es solo por los triunfos, cortes de orejas y salidas a hombros, también lo hace por sus excesos.

No piensen que esos excesos son por la bebida, no. Son excesos por arrimarse, por no dejar que se le vaya un toro al que no le cuaje unas series de muleta, impávido y sin rectificar la posición de las zapatillas, a derecha o izquierda, dando igual si el toro es bueno, noble o cabecea. Lo suyo es mostrarse allí sin importarle que ese alarde sea excesivo.

Claro que esos excesos tienen sus consecuencias y no nos referimos a las ya citadas de los triunfos. El público vive en un ¡ay! permanente, sin que le quepa aire entre las posaderas y la almohadilla, como tan apretados ante lo que ven o se imaginan que va a pasar.

Y pasa. Pasa que el toro le levanta los pies del suelo y como un resorte quedan al aire las posaderas del torero y de la gente que, entonces y de un brinco, encuentra aire entre su anatomía y la almohadilla al levantarse de sus asientos. Todo un rito en cada tarde en la que actúa Alberto López Simón.

Esos excesos se pagan y mientras él los paga con sangre, las gentes lo pagan con arritmias cuando no con infartos directamente. Excesos a fin de cuentas son esa forma de estar delante de los toros. Y no siempre son para torear, en el sentido más amplio, sino que deja que los pitones del cornúpeta merodeen su anatomía en ese exceso llamado ¡aquí estoy yo!

Pero hay más excesos. Tras de esas cornadas sobrevenidas a su exposición -no son traicioneras pues está allí para eso-, viene otro exceso mayor: De aquí no me voy aunque se me salgan todos los litros de sangre por el boquete. Y se produce en los tendidos otro ¡madre mía! que encoge al personal hasta hacer pigmeo al más gigante.

Nada importa si, finalmente, va a la enfermería, suele ir solo pues tampoco deja que le lleven -otro exceso-, y ya dentro de las dependencias médicas atropella con otro exceso la lógica y la voluntad médica e indica que a mi no me opera nadie ya que tengo que matar los toros que me faltan. Otro exceso para con sus compañeros de cartel, a los que no les deja un toro vivo no sea que sean ellos los que puedan triunfar con los que a él le han tocado. Está en celo de llegar a la meta cuanto antes y como sea.

Exceso tras exceso el madrileño se abre camino en la profesión, si bien tanto empeño en cumplirlos impide que su toreo se afiance, se madure. Le dedica menos preferencia a que surja y fluya el toreo para poder mantener el exceso de valor que muestra. Quizá llegue más a unos que a otros con esas formas y por eso a los aficionados no les satisfaga tanto ese exceso de ‘güevos’, pues siendo importantes en el toreo, es preferible que se tengan los justos y priorizar mucho más el empaque y el buen gusto en el manejo de las telas.


Al salir de la enfermería cruzó la plaza de forma harto ostensible. Innecesario

De unos excesos se llega a otros y en su última actuación en Madrid se percibió sobreactuación, teatralidad de cara a lograr mayor conexión con el público. Sobraba entrar y salir después de la enfermería a recoger la oreja para volver a entrar; sobró, y mucho, el cruzar el ruedo al salir de la misma haciendo tan ostentosamente visible su regreso, provocó con ello la ovación que no tuvo empacho en volver a salir después a recoger desde el tercio. Muchos excesos para quien debía moverse con tanta dificultad. Incluso la salida a hombros, estando herido, puede considerarse un exceso. Los excesos ante el toro tienen su justificación en sus ansias de triunfo, los otros forman parte de una escenificación que es adecuado censurarle.

No obstante, se prefiere a este torero con los excesos ante el toro citados, que al conjunto de figuras conformistas cuyas actuaciones están siempre rodeadas, no por exceso, sino por defecto.

 
   
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