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María Zaldumbide  
  Ecuador [ 27/09/2014 ]  
TREINTA AÑOS
¡Qué pronto se dice y… cuánta vida ha corrido desde entonces!

Muy poco antes de los años mencionados, un torero; ídolo de aquellos tiempos, en parte por su autenticidad, entrega y buen hacer en el ruedo y en parte también, todo hay que decirlo;  por los aquellos rientes ojos de cielo que, sonreían al mirar y conquistaban al público femenino; una chiquilla, que acababa de dejar la adolescencia… ¡soñó!.

Soñó como con seguridad, lo  harían cientos de mujeres en el mundo taurino de aquellos tiempos, soñó con el titán que enfrentaba la muerte ante un toro bravo, con su terso juego con  los capotes, soñó con su grácil andar en banderillas, con su manejo de la muleta y soñó también, porque tenía apenas diez y ocho años, con esa mirada azul y esa sonrisa blanca.

Era feria de un país taurino, días en seguidilla de corridas de toros en las que, estaba representado lo mejor y más lucido de la recién terminada temporada española.  Francisco Rivera, “Paquirri” era parte de los carteles, ¡no podía ser de otra manera! y los días que no toreaba, se paseaba por el callejón con una muy moderna y cara cámara fotográfica; llevaba un inmenso lente que, con seguridad le permitiría enfocar y captar, cualquier cosa que le interesara, por lejos y escondido que estuviera.

Desde la barrera una chiquilla soñadora, con su cámara y un lente
(bastante menos poderoso que el del torero) plasmaba, en el oculto rollo de su máquina fotográfica, todo lo que podía captar de aquello que, ocurría en el ruedo.  Entre toro y toro, la muchacha movió su tele-objetivo por los rostros conocidos del callejón y... se encontró con ¡otro lente que la miraba!.

Las dos cámaras bajaron al mismo tiempo y ella lo vio y comprendió que él, ¡la miraba también!.

Al día siguiente, ella seguía en su puesto, el había triunfado, llevaba en sus manos la  oreja cortada y ella, dejándose llevar por la ilusión que le había quitado el  siempre sereno sueño de los jóvenes: lo llamó:  ¡“Paquirri”!.  Él volvió sus ojos de cielo hasta el tendido y sonriendo ampliamente, como era siempre su sonreír; lanzó la oreja, mientras decía: “para ti, guapa”.

La pobre infeliz señora que se sentaba justo en la fila sobre la chiquilla, se llevó una decepción de muerte y es que, llevaba largos minutos desgañitándose por la oreja que el torero aún llevaba en la mano y cuando la oreja volaba por los aires, acompañada de la frase del torero; solo atinó a sentarse diciendo dolida; “Ayyyy, era para usted!

Terminada la corrida, ayudada por un viejo amigo, la chiquilla bajó al callejón. Nunca sabrá cómo, terminó saliendo de la plaza de la mano del torero, hasta que; en el patio se arremolinó tanta gente que se vieron separados.

Pasó la vida, corrió mucho agua bajo el puente del vivir. La
chiquilla guardó ese “pseudo-romance” como un tesoro de esos soñadores tiempos de la adolescencia en agonía.  Para ella, él, “Paquirri”; fue un sueño, el sueño del amor inalcanzable, irreal, intocable y un día, llegó alguien a decirle que… ¡su sueño, había muerto!.

¡Una, dos, cien, mil veces vio la cornada; vio a ese hombre intangible para su realidad y real para su fantasía, hablando de su cornada, de las trayectorias, del daño causado y esos sueños juveniles, ese lente encontrando otro, esa dulce ilusión de recibir la sonrisa blanca de un titán de la vida, se desgarraron en lo más profundo!

Nunca nada se dio en concreto, nunca pasó nada más allá de lo reseñado y sin embargo, para la chiquilla que fue en aquel tiempo, con Francisco Rivera  “Paquirri” murió algo muy hondo, muy profundo, muy hermoso; ¡murió la pureza de un sueño blanco!.

Treinta años han pasado desde que “Avispado” cegó la vida de un torero, un torero que además era padre y esposo y que, un día lejano sembró en un corazón apenas salido de la adolescencia, un sueño.

En paz descanse; aquel que pagó con su sangre y su vida, el derecho de haber sido llamado “Maestro”.
 
   
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