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Antolín Castro  
  España [ 09/06/2001 ]  
S.I.01 - DEL MILAGRO DE LA CASTA, DE TOROS Y DE TOREROS

El que más y el que menos pensaba brindar con cava por el término de esta feria, que ha resultado un bodrio y en donde ha predominado el timo y el fracaso de muchos. Nos vendieron la burra de las gestas y todo terminó como el rosario de la aurora. Basta con recordar que en la penúltima de feria hasta un corte de mangas -pero no una actuación ante un toro- fue brindado por un impresentable torero -a partir de ahora, manguero- a quienes con su dinero sostienen la fiesta. Otros son los que no sostienen ni los gestos ni la vergüenza. Decíamos de brindar por el final y resulta que se ha de brindar por el principio de la feria. En la última llegó la verdad de las corridas de toros y, eso, es como para brindar. Incluso para emborracharse, dadas las circunstancias.

El milagro se hizo presente. Es un milagro esperado todos los años, desde hace... Se realizan los carteles y se tiene buen cuidado para anunciar la corrida de Victorino en el final de la feria. No es que quieran un buen postre, más al contrario lo que buscan es evitar comparaciones; que para ellos -los que manejan todo- son odiosas. ¡Faltaría más! Anuncias la primera la de Victorino, hay verdad en cuanto sucede y a partir de ese día haber como se las apañan para pasar por allí -y que traguen los que pagan- las borregas, los fumaos,  los tullidos y toda la corte celestial de la sangre artista de las ganaderías infumables. Y qué decir de los toreros figuras, esa otra relación de almibarados pegapases a la que el público, tras lo visto, les diría que haber venido el primer día. Tal como lo montan: ganaderías totalmente descastadas y podridas, y toreros descastados y mediocres, no admiten comparación. Además, los del micrófono evitan el ridículo de tener que explicar cómo se pasa de la verdad a la mentira. Anunciándola la última favorecen el sistema: cierran la maleta y se van. Para cuando vuelvan, el espectador medio se deja liar otra vez.

El milagro se hizo presente y ¡por fin! pudo disfrutar la afición. Con una presentación extraordinaria, segura ganadora del ciclo este año y van..., se pudo disfrutar en abierto lo que es una corrida de toros. Con las defensas intactas -casi una novedad- fueron ovacionados de salida y prácticamente todos al arrastre. Y no era para menos. Aunque solo fuera por la satisfacción que supone saber que la sangre y la casta brava todavía existen, merecía la pena esperar a la última de feria. Deshaciendo con ello los argumentos plastificados y artificiales que los cuenteros y palabreros manejan a lo largo del serial. La verdad de la Fiesta existe y es una obligación desearla, reclamarla y exigirla. Quien no lo hace con la vehemencia y exigencia que corresponde, sus razones tendrá, si bien son conocidas por todos. Hoy no habrán podido decir que el público de Madrid falta el respeto a los toreros, pero tampoco habrán dicho el porqué. Cuando existe la verdad, no existe público mejor. ¿Verdad Victorino? ¿Verdad Esplá? ¿Verdad Murillo?. Pregúntenles y les dirán la razón.

Nunca la fiesta fue tan bella ni tan auténtica como cuando en la plaza hay un toro -últimamente, casí sólo de Victorino-. Con él cuanto se haga adquiere el carácter que durante siglos impregnó a esta fiesta secular: emoción. Palabra mágica que esconde el conjunto de sensaciones que deben vivirse en una corrida de toros. En este festejo, de emoción: mil quintales; toda. A estas horas, cuando las agujetas hagan presa en la anatomía de Luis Francisco Esplá, le quedará el consuelo y el enorme orgullo de haberse enfrentado a una corrida de toros y a un público implacable, justiciero y caprichoso -versión, palabreros-. Esos toros y ese público le han dado la oportunidad de ser el hombre más feliz de la tierra. Ese público y esos toros le han llenado la casa de trofeos -esos que un tal Torrente ¿III? no consideró suficientemente solicitados, aunque yo vi sacar pañuelos a quien nunca en la feria los sacó- mucho más duraderos que las orejas, que por cierto hay que devolver. No va a devolver ni las ovaciones ni el cariño de ese público asqueroso -los del 7, por ejemplo- que están convirtiendo las corridas de Madrid en repugnantes actos de salvajismo y falta de respeto. Que te pregunten a ti tus compañeros. No te preguntarán, lo saben de sobra. También a los ladrones les molesta que les cojan.

Pero hubo más. Hubo ¡ya era hora! suerte de varas. ¡Qué suerte!. Y para ello hizo falta que otro picador, otro torero ¡que coño!, viniera de fuera a explicar como se siente una suerte fundamental, Anderson Murillo. Un toro de verdad y un picador de verdad, frente a frente y tras el encuentro: la ovación más redonda de toda la feria. No es posible explicar ni la hondura ni la belleza de este tercio cuando se realiza en plenitud. Así como lo bello y emotivo que es ver dar la vuelta al ruedo a un picador con su matador ante el clamor de quienes todavía no se acaban de creer lo visto. Un Torero, ¡si señor!. Váyanle a éste también y díganle que el publico de Madrid está loco. Atrévanse Sr. Fernández Román, Sr Domínguez, etc., atrévanse. Mejor no lo hagan. Lo suyo no es ir precisamente de frente.

Victorino, Esplá, Murillo, a quienes secundaron otros como Carretero o Gimeno Mora, disfrutaron sintiéndose parte importante de la Fiesta. En resumen, sintiéndose toreros y haciendo que eso sea posible, el ganadero. Otros como Uceda Leal perdieron -una más- una oportunidad de desorejar a un gran toro al que no supo dar su terreno, que demandó en toda la lidia. Allá él; a lamentarse otra vez. Caballero, si estuvo en la plaza, nadie se enteró. Y si vino, lo hizo para devolver la oreja que cortó en su anterior actuación.

Sin lugar a dudas ya tenemos triunfadores de la feria: Victorino una vez más y Luis F. Esplá. Alguna vez habrá que demostrar que ser triunfador no es cortar orejas, sino matar una corrida de toros, estar entregado en todo momento, sufrir el volteretón más grande que los tiempos vieron, colocar posiblemente el mejor par de banderillas que haya puesto jamás y matar dos toros de verdad con la guapeza que lo hizo. Y si lo expuesto no fuera suficiente: el reconocimiento total del público. Ya verán como unos cuantos -que para esto si son tradicionales- proclaman a otro que dicen que alguna oreja cortó. Si Torrente hubiera querido, Esplá, dos.

Cuando de la casta del toro se habla, siempre hablamos de Victorino. Cuando lo es de los toreros, de El Juli, en esta feria, no lo podemos callar; pero lo de hoy con Esplá y Murillo, es como para no olvidar. Gracias por este broche que hace que renazca en muchos la ilusión por ir a los toros. A estos, no a los que nos quieren colar. A los otros, que vayan los palabreros y sus acólitos.

 
   
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