Paradojas del destino; en el día de ayer, por el comportamiento de los toros lidiados de Carriquiri, todo parecía que estaba montado para las figuras, sin duda, la peor desdicha que tuvimos que soportar. Corrida blanda, fofa, bellísima de estampa, genial para la fotografía, pero sin ninguna trasmisión, lograron aburrir a todo el mundo. Lo dicho, corrida para las figuras.
Al final, el último de la tarde, sin ser un toro excepcional, sacó fuerza, casta y pese a su mansedumbre, el espectáculo pudo ser posible. Ese toro salvó la tarde que, anodina como viene siendo habitual, logró que despertásemos de un letargo horrible. Javier Castaño necesita de ese toro que, repito, no era una hermanita de la caridad, pero el salmantino está en racha y es capaz de brindar a la afición lo mejor de su repertorio y de su generoso corazón. Tito Sandoval como picador y David Adalid como banderillero, junto a su matador, lograron que el milagro fuera posible.

No pudo lucirse él, pero la actitud de este torero cambió el sentido de la tarde
En realidad, como pudimos ver, el santo público venteño se conforma con muy poco; pero ese poco, como tenía tintes de verdad, les supo a gloria. Adalid, al que nadie conocíamos, en dos tardes gloriosas se ha convertido en el subalterno de moda, pero todo, gracias a su inmensa verdad, una verdad que como se comprueba se la trasmite su matador, Javier Castaño para disfrute de lo que debería ser esta fiesta lúgubre que nos ofrecen cada día. Todo quedó en un toro, el sexto, pero valió para que Castaño recibiera las más bellas ovaciones y, ante todo, para que se marchara de Madrid con el mayor de los respetos.
¡Qué pena, señores, lo del maestro Frascuelo! Pero la pena no era él que, con su torería añeja y andares de torero caro nada pudo hacer frente a dos burros grandotes, con tremenda arboladura, a los que Frascuelo, uno a uno, les arrancó los pocos pases que tenían; en realidad, no tenían ninguno, pero Frascuelo hizo un gran esfuerzo y sacó de aquel pozo seco, las únicas gotitas que allí dentro quedaban. Muy triste, repito, que le pongan a Frascuelo frente a esos toros moribundos y sin ninguna clase porque su torería inmensa, la que demostró tantas veces en Madrid, merecía un toro con clase para que, una vez más, Frascuelo, hubiese desplegado su tauromaquia.
Y ese buen torero llamado Ignacio Garibay, como sus compañeros, se estrelló contra el muro de lo imposible. Mostró voluntad a raudales, pero nada pudo ser posible. La corrida era para fotografiarla, pero nunca para ser lidiada por unos diestros ilusionados que, salvo Castaño en el último, el espectáculo no pudo ser más deplorable.