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María Corbacho  
  Francia [ 01/10/2004 ]  
EL MOZO DE ESPADAS

Una toalla sobre la espalda

- ¡nos vemos después de la corrida!

- ¡suerte!

Todas nuestras conversaciones terminan siempre así, siempre...

La voz es dulce, casi se disculpa de estar tan ocupado. Sí, de acuerdo, nos veremos después la corrida.


Hasta entonces no tendrá ni un minuto para el mismo,  y tantas cosas que hacer: arreglar, plegar, desplegar,  cepillar, desempacar, sobre todo no olvidar  nada, no arrugar nada, no chapucear nada.


La habitación de un hotel, silencio  y penumbra, un santuario... va repetir los mismos gestos, escuchar, tranquilizar, confidente de furtivos señales invisibles, amparo inexpugnable para que nada ni nadie lleguen a perturbar el recogimiento. Será el único en vivir su afición tan cerca del torero.


Ayer ha conducido durante todo el día. Todavía la carretera, los kilómetros que inflan inexorablemente el cuentakilómetros... tiene los ojos enrojecidos por las vigilias.


Una tarde nos hemos encontrado por causalidad, después la corrida, bajo la luz blanquecina de neones de una estación de servicio de autopista, tomaba un café antes subir de nuevo en el furgón y seguir el desfile de kilómetros para llegar hasta Madrid al despuntar el día. Entonces tuviera el  sentimiento de lo que era solamente un incansable y minúsculo viajero sobre una inmenso mapa, sin saber nada de la ciudades atravesadas, sino el reflejo luminiscente  de las luces de cruce del coche. ¡El camino, el camino de los toros!

Pero ya es la hora de la corrida, llego siempre temprano en los tendidos. Justo debajo, en el callejón inundado de sol, el mozo de espada llega ya.


Despliega los capotes, desenvaina las espadas, cepilla, se atarea...cuando todo está listo se estriba a la talanquera, con su mano se hace una visera y mira a los tendidos. Parece que busca deseperadamente alguien entre los espectadores, pero nunca lo encuentra, en realidad creo que se impone  de no mirar el reloj.


El callejón se llena,  los hombres se ofrecen puros, se abrazan, se han visto hace dos semanas a otra extremidad del país.


Suenan las primeras notas en el paseíllo, hay algo en su mirada que se vela, detrás la cortesía y la tranquilidad, se crispa el mentón.

Entonces el mozo de espada se vuelve hasta las barreras, todavía busca y se acerca de mí. Me da el capote de paseo del maestro.


Es un honor inmenso, el más grande para mí...Se despliega de todas sus flores sobre la barrera, de todos sus arabescos bordados, como un abanico de luz.


Ya entra el primer toro del maestro, el mozo corre alrededor del ruedo, una toalla blanca sobre la espalda. Siempre mira el torero, siempre anticipa. Y todavía esa sombra, negra como un tizón que se enrolla, siempre mas cerca...


No se porque me recuerdo de ese 29 abril de 1993. En la arena de la Maestranza un toro de Joaquín Núñez advierte por segunda vez el  torero, hay señales que no pueden equivocar...El mozo lleva un capuchón gris para enfrentar la lluvia, un cielo de lágrimas que se hunde sobre el ruedo al momento en lo cual el maestro cae al suelo. Lo veo de nuevo correr detrás la silueta abarquillada que se lleva rápidamente hasta la enfermería, su maestro, su amo, su hermano...

Cuida con respecto la montera... « Agua! »  La palabra cruje como un látigo y da al torero el cubilete de plata, como un cáliz.


De vez en cuando hay chispas en su mirada, a veces desaliento que encorva las espaldas...


Va a fumar cigarrillos y cigarrillos, un día voy a contarlos...

Después vendrán las ovaciones, las salidas a hombros, la puerta grande y también las amarguras, las dudas quizás...

Sí, nos vemos siempre después la corrida, felices de ver nos. A media voz rehacemos, otra vez, la tarde en el hall del hotel. Ahora nos pertenece esa faena, y nos la recordamos para que no se olvide, nunca, los ojos brillantes delante la magia incomprensible.


Hablamos para guardar un poco de este sueño del cual queda solamente algunos « hilos de oro o de plata, de sangre o de bruma », hilos salvados del olvido.

Mañana tendrá que correr de nuevo, buscar de nuevo... él, el mozo de espada, siempre será aquí con sus gestos de una obsesiva repetición, como en « cien años de soledad » de García Márquez, sabe que solamente ellos ganan contra la muerte.

Estas líneas  están dedicadas a Luis Carlos Rincón, mozo de espada del maestro colombiano, con todo mi respecto y mi amistad sincera.

 
   
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