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José Mata  
  México [ 19/05/2010 ]  
UN ARTISTA, O… ¿UN BUEN ESPADACHÍN?

Cosas que ocurren siempre… estaba viendo a El Cid consumar una propuesta que tuvo brillantes momentos de alcances arquitectónicos, el toro cambió de lidia para menos, decidió rubricar el torero, y justo ahí estuvo el problema… falló con el acero y, esa propuesta que en momentos había recreado a los espíritus de los diletantes taurinos, quedaba en un desolador silencio.

Vino entonces la reflexión… ¿volvería a ver a El Cid a pesar de que no hubiera cortado las orejas?


El Cid

¡Por supuesto que sí!

Porque al margen de que acumular miles de orejas que  hacen  triunfadores a los toreros para las estadísticas por ser magníficos espadachines, yo voy a ver esencialmente propuestas artísticas que me conmuevan, que me conduzcan por el camino del arte al sublime éxtasis, que me dejen, por lo tanto, la ilusión de volver a ver, a un torero, que muestre ese misterio inexplicable que me obliga a estar en su próxima propuesta.

Un buen espadazo, bueno me hace reconocer a un magnífico espadachín, y eso está bien, en esto de la Fiesta de los toros,  desde siempre,  los espectaculares espadazos, incluso, como en el caso de  México,  son merecedores de una oreja, aunque no haya existido un fundamento real en el desarrollo de la faena, que convenza de volver a ver al gran espadachín.

Hace un siglo lo primordial era, después de la capa y sobre todo de la suerte de varas -en donde incluso se ponderaba los caballos que llegaba a matar un toro- preparar bien al burel para un gran espadazo; no obstante, desde entonces la tauromaquia ha cambiado, y ha dado paso a las propuestas artísticas que conmuevan los espíritus de los diletantes taurinos, ya no sólo es el hecho de ir a ver un buen espadazo, sino mucho más que nos nutra con las propuestas artísticas.

Lo que en la realidad inmediata convence al gran público de ir a ver a un torero, es justamente su creación; luego ocurre que la fama de cortar miles de orejas produce la curiosidad de conocer al famoso espadachín y, puede  encontrarse uno, con un torero anodino, falto de técnica, que busca impactar al asistente con un toreo bullidor, jocoso, y el  de cara a las graderías, que convierte al torero en un diestro simpático, gracioso, divertido,  pero sin sólidos argumentos.

Al principio puede llamar la atención,  pero al convertirse cada tarde en su misma copia, al final acaba cansando, y provocando la desilusión de no hallar en él, ese mágico misterio que envuelve al arte de la tauromaquia.

Esto puede ocurrir en Las Ventas o en cualquier otra plaza del mundo taurino, como sucedió el domingo pasado, cuando mis dilectos amigos Fabrizio y su esposa Marthita, me han llevado a la plaza de los Azulejos, ubicada en Atizapán de Zaragoza, en el Estado de México.

Ahí de todos los que ha participado, la faena que trascendió y conmovió fue la de Óliver Godoy, desde con la capa nos dejó claro sus buenas maneras que le conocíamos y que por un breve lapso nos había privado por un prematuro retiro, y con la tela roja, trazos sentidos que han conmovido a los ahí reunidos. Vino la espada, y… ¡falló!


A Óliver a pesar de su fallo con la espada lo volvería a ver con mucho agrado

Sí, falló, y no cortó oreja alguna, pero dejó huella, que es lo que al fin y al cabo busca todo ser humano, dejar huella en lo que se realiza. Después de Óliver participó un novillero de nombre Tomás Cirqueira que se dio a dar tantos pases, que en lo personal, hubo momentos que me desesperó, pero dejó en medio de una constante lluvia un espectacular espadazo caído, que movió al público a pedir una oreja que se le acabó autorizando.

Al final, pregunté a varios de los que estuvieron ahí… ¿quién se les había hecho el mejor?, y sin chistar han contestado Óliver, a lo que les repuse, pero Tomás fue el que cortó oreja, respondiéndome de inmediato los concurrentes, sí pero Óliver hizo la faena.

La estadística marca entonces a Tomás como triunfador, aunque para el espíritu, es a Óliver al que nos invita a volver a ver.

La lección que está quedando en los últimos tiempos es que las orejas siguen siendo una referencia de triunfo, pero quizá, al abusar de su concesión, han estado perdiendo un valor real; aunque por otra parte, también queda claro que la gente va a ver faenas… si intensas propuestas que calen muy hondo en su gusto, y no sólo va a ver buenas estocadas.

Porque el arte de la tauromaquia no se puede resumir en un espadazo, cuando frente a éste, existe una imponente obra de arte taurino.

 
   
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