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Antolín Castro  
  España [ 19/05/2001 ]  
S.I.01 - DE LOS ÍDOLOS, DE LAS NOVILLADAS, DE TODO...

Acabaron los ocho primeros festejos de feria. En la misma, hubo de todo, más malo que bueno, pero de todo. Negar la evidencia, sería mucho negar: semana presidida por la reaparición -tras el exilio del 2000 por esas plazas de Dios- de José Tomás. Y vaya si se notó: la reventa por las nubes, la expectación más allá todavía. Hasta las escaleras de la plaza llenas de gorrones que no se sabe cómo entraron. ¿Y qué?. Los toros no fueron muy allá, como para el lucimiento de la estrella actual del firmamento taurino. ¿Hizo algo, entonces?. Pues sí: convencer, gustar, enloquecer, apasionar, derretir, ar, er, ir... a sus seguidores -legión, casi toda la plaza- hasta el infinito, ¡la leche!. Pero ¿de torear?, más bien poco o mucho según se mire: tres avisos le dieron en total por el tiempo utilizado. ¡No!, la pregunta era ¿de torear bien?: algo hubo, pero poco. Ya dijimos, los toros no fueron muy allá.

Con la misma determinación, de la que él hace gala, queremos expresarnos en nuestros criterios. Por ello, hay que decir que José Tomás es, con toda seguridad, el torero que mejor cumple la primera parte del espíritu del contrato. A saber: el contrato de un torero con el público se divide en dos. Valor y arte. Pues bien, nadie como él deja claro en sus actuaciones la firmeza y determinación para cumplir, con todas sus consecuencias, con esa primera premisa. Lo del valor en José Tomás no se presupone, se ve. Esa asunción, responsable y vocacional de admitir que su profesión emana del riesgo y, con posterioridad, se proyecta hacia los caminos infinitos del arte, en el caso de Tomás es de diez. Digamos, también, sin más preámbulos, que esa misma determinación dificulta -muchas veces, en exceso-, las posibilidades para ejecutar el toreo. Todo el toreo. Ese amplio abanico que abarca la autenticidad del toreo. Desde la pureza a la hondura; desde cargar la suerte a la ligazón; desde el misterio de la improvisación a la magia de la torería. El compendio, en suma, del bien torear.

José Tomás hace su razón de ser –el que es; posiblemente el mejor- de su quietud y valor. Supeditarse en todo a esa quietud le impide aún ser mejor. La hondura y autenticidad de su toreo, liberada del peso de su obstinación por la quietud, adquiriría caracteres épicos. Ya los tiene tal cual es, pero el aficionado, que no se deja llevar por la pasión del seguidor, vislumbra en la lidia de cada toro otras alternativas para el lucimiento y el toreo. No parece fácil, dada la acusadísima personalidad que atesora, que pudiera en algo cambiar, pero ¿cuántos triunfos se malogran -sí, más- por empeñarse en demostrar y ser el torero que más y mejor pisa los terrenos del toro?. He ahí la clave: si son del toro, no son de él; concediéndole al toro algo de sitio, siquiera para pasar, luciría más y más veces su toreo. La segunda parte del contrato, el arte, queda muchas veces a la espera de la flexibilidad que le conceda a la primera el torero. Si lo hiciera: José Tomás al completo.

Pero lo más destacado de la semana -para la afición, para la propia fiesta- ha sido la novillada. Desde el juego que dieron, una vez más, los novillos de La Quinta, hasta la actuación de los novilleros -en novilleros, precisamente-  que acabó con la salida en hombros por la puerta grande de Javier Valverde. Desde luego, la afición de Madrid -están recogiendo firmas- solicita a voz en grito que el serial de San Isidro conste de veintitres novilladas, tres de rejones y tres escogidas corridas de toros -como muestra, mayormente-. En la citada de La Quinta -por cierto, la quinta del abono isidril- todo fue para hacer afición: Novillos encastados y alguno extraordinario, toreros dispuestos a dar cuanto llevan dentro -incluso sangre- y público sinclavel. Lo del público sinclavel merece unas líneas.

Los compradores de los abonos, llamados abonados, no son todos aficionados ¡que vá!; a lo sumo, van muchas veces a la plaza, siempre con ocasión de que los actuantes les sean muy conocidos o les suenen mucho de las cosas del famoseo o del corazón. Llegadas las novilladas, ya se sabe, las entradas de esos días van a parar a otras manos: la asistenta, el jardinero, el chofer, el ordenanza, el mecánico, etc. Es lo normal. Leopoldo Casasola, Luis Vital o Javier Valverde -ni uno- ha disfrutado de las mieles de esas revistas que colocan acadacualensupedestal. Pero con ello sigue ganando la fiesta, sobre todo en imparcialidad. Cierto es que estas gentes que acuden no tienen -en su mayoría- los conocimientos taurinos suficientes, pero más cierto es que reparten de forma más imparcial sus favores. Sus donantes de entradas, tienen sus preferencias, sus ídolos -cuanto más famoso mejor- y reparten de forma arbitraria sus bendiciones y aplausos; no es lo mismo la devoción por un Ponce o un Tomás -héroes a quien admirar-, que por un Bote o un Valverde sin más. Este público fácil y aplaudidor lo es por generosidad, no por parcialidad.

Lo dicho, extraordinaria novillada que permitió el lucimiento de los novilleros, de los que salió triunfador Javier Valverde, cortando una oreja a cada novillo, por una demostración -con defectos naturales de novillero- de las dos partes del contrato: Arte y valor. Procuna y Casasola protagonizaron un bonito tercio de quites en franca competencia y aunque al segundo se le fue un novillo para desorejar, dejaron patente las ganas de ser toreros y la responsabilidad de acudir a una plaza como Madrid. Para los tres y el ganadero, vaya nuestra cordial enhorabuena. ¡Más novilladas, por favor! y que sigan sin venir losdelclavel. Eso sí, cuando alguno de estos aspirantes llegue a la gloria, ellos harán como que ya lo sabían, ocuparán sus localidades y se inflarán a aplaudir. Son como niños, piden lo que les anuncian por televisión.

Otras cosas han sucedido en estos primeros días. Muchas las hemos desmenuzado en trabajos anteriores, pero hoy dejaremos muestra de otras que han merecido nuestro interés. Manuel Caballero cortó una oreja -el toro era de dos- en la tarde de la expectación de Tomás. La faena tuvo unidad, pero careció de hondura y altura, siendo un tanto superficial. Cortó la oreja pero no elevó su actual situación; importante por la tarde de otro, pero corta por las posibilidades que tenía el toro. Destaquemos también en esa tarde y ante ese mismo buen toro del Puerto de San Lorenzo, Curioso, la actuación del piquero “El Turuta”. La ovación que recibió al retirarse fue la más grande y sincera de la feria, al margen otras más fáciles a otros protagonistas.

Todos los lectores saben de la lesión, fractura de peroné, del caballero Pablo Hermoso de Mendoza en su primera actuación. Le impidió continuar la lidia y le impedirá comparecer el sábado 26. Una pena para toda la afición, tratándose del mejor rejoneador y sabiendo el momento por el que atraviesa él y sus caballos. Moura y Hernández lograron cortar una oreja cada uno, pero la tarde dejó de ser hermosa para todos.

Por último, vamos a destacar la capacidad que tienen algunos toreros para responder al público o a la afición. No contentos con los micrófonos que les ofrecen a diario para justificar sus fracasos, o ensalzar sus poquísimos triunfos, así como dedicar a los aficionados recordatorios de todo tipo, ahora se ha inventado ya el directo. Transcurría la lidia del segundo toro de la penosa corrida de Mª Carmen Camacho, cuando durante el trámite de la faena -trámite era pues no acertaba con los terrenos ni las distancias, además de otras zarandajas de pico y pierna retrasá- una voz del tendido se dirigió al matador, Finito de Córdoba, diciendo: ¿cuándo empiezas a torear?. El matador, que escuchó perfectamente esta ofensa personal, le hizo un gesto con la mano, semejante a un tenga Ud. paciencia, espere un momento. Una voz se oyó de nuevo: hace diez años que le estamos esperando. Esto último debió ser considerado por el matador como un insulto y una falta de respeto en mayor grado, pues espetó: Hijo de puta, cabrón, y a continuación el muletazo le salió un churro y los siguientes también. Quizás un muletazo, una serie de muletazos en toda regla, auténticos y hondos, hubiera sido la mejor contestación. Siempre se dijo que los toreros contestan todo toreando en el ruedo. A lo peor ya no hay toreros o han cambiado los tiempos. Sobre este incidente no voy a hacer ninguna consideración. Cada lector elegirá si le gusta que le llamen hijoputa, dar por bueno cuanto hagan los matadores, pedir otro talante a los toreros o, quizás, llamárselo a él.

La feria sigue y nosotros seguiremos actuando de notario para contar a nuestros lectores cuantas cosas sucedan o merezca la pena realizar sobre ellas un análisis o sacar alguna conclusión. De lo que va de feria, cosas han sucedido y conclusiones hemos sacado. Los lectores que de las crónicas tienen otros medios para conocer lo acontecido en las actuaciones, saben que con nosotros encontrarán lo que de bueno o malo hay detrás de cada día.

 
   
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