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Pla Ventura  
  España [ 15/03/2003 ]  
LA ESTAFA, UNA VEZ MÁS.

 

  De que los toros, el espectáculo en sí, tiene magia y misterio para parar mil trenes, ello es tan cierto como el sol que nos ilumina. No se comprende que los organizadores de las corridas de toros, estafen un día sí y otro también a los clientes y que, éstos, sigan llenando las plazas al augurio de la figura de turno. Los listos de turno dirían que no les ponen la pistola en el pecho a los aficionados para que entren a los recintos taurinos; y es cierto. Pero no es menos cierto que, el poder, los que organizan la “fiesta”, ha corrompido el espectáculo hasta los límites de lo inimaginable; y lo que es más triste, apenas nadie lo denuncia.

  Valencia, en su corrida cumbre, ha demostrado todo cuanto digo. Enrique Ponce y El Juli, mano a mano, con los burros de Juan Pedro. Está claro que, estas gentes, son listos como el hambre. Ese cartel, en su conjunto y como salió en Valencia, lo presentan en Madrid y, los aficionados, queman la plaza. Pero la capital del Turia es un paraíso terrenal para los toreros, ganaderos y todo el mundo que quiera, con guante blanco, llevarse un dinero fácil. A las pruebas me remito.

  Han cantado las excelencias de Ponce en este festejo como si de la mayor hazaña posible se tratare. Descubrir, a estas alturas, la técnica de Ponce, no deja de ser una memez. Este chico, dotado de unas condiciones particularísimas, es capaz de pegarle pases a una farola; y lo hizo, claro está, con los burros de Juan Pedro que, sin trapío ni pitones, con esa suavidad y dulzura que se caracterizan que, más que en una corrida de toros, uno tiene la sensación de estar en una tienda. Toreó Ponce con su galanura habitual; su técnica, como siempre dije, sigue siendo admirable. Es como el gran mecánico de la fiesta que, con sólo ver al toro, ya sabe qué tornillo hay que apretar; y lo aprieta con precisión milimétrica. Todo eso hizo en Valencia; y en otras muchas plazas.

  Es triste acudir a esta plaza puesto que, la misma, en su conjunto, no deja de ser una vulgar plaza de carros en donde, afición, presidentes y autoridad, juegan a la más pura broma, para regocijo de los organizadores que, sabedores de tan supina ignorancia de estas gentes, les engañan sin piedad y, lo peor de todos es que se quedan contentos. Es como si uno va por la calle, le atraca un ladrón, le roba la cartera y le paras para darle un beso en la boca. Así es la afición de Valencia. Siendo así, Juan Pedro, trajo a dicha plaza una corrida bobalicona, blandita, suave, sin pitones apenas en la que, como explico, Enrique Ponce, se lo pasó en grande. Le dieron una oreja pero, de haber acertado en su segundo, lo habían sacado por la puerta grande y, a estas alturas, todavía, estarían dándole vueltas por la calle de Játiva.

  Lo de El Juli es todavía mucho peor. Ponce, como explico, goza de una estética cansina y repetitiva, pero es que el tal Juli, trapacero y vulgar, con estos burros enfermizos, es capaz de adormilar a todo el mundo. Fracasó con rotundidad y, un fracaso no quiere decir nada; lo amargo es ver la forma y manera de cómo fracasó. Con burros inválidos, con la afición entregada, con todos los condimentos a favor, el guiso, le salió agrio. Y quiere matar los toros de Victorino en Madrid. Desde luego, humor no le falta. Si no es capaz de decir nada, ni con voltereta incluida, en una plaza como Valencia, cualquiera, en su lugar, debería de meditar su futuro. Pero no pasa nada; tiene el sello de figura y con eso lo tiene todo perdonado.

  Está claro que, se necesita mucho humor, mucha ilusión para acudir a una plaza de toros y, de forma concreta, para ver a las figuras. Lo de Valencia se repite en multitud de se lugares y, lo más sangrante de todo es que, la gente, de forma ignorante, sigue acudiendo a las plazas. Como antes decía, en cualquier negocio, todo aquel que engañe al cliente, lo ha perdido para siempre. En los toros, a diario, nos engañan como quieren y seguimos yendo a las plazas. Que Dios non coja confesados.

 

 
   
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