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Pla Ventura  
  España [ 01/07/2002 ]  
HERIDOS EN ACTO DE SERVICIO.

 

   Varios espadas de primera línea se encuentran heridos, por tanto, inhábiles para el ejercicio de su profesión. Cierto y verdad que, por ser quiénes son, están teniendo un eco desmesurado y, hasta se les trata como mártires de una cruzada inexistente. Nadie quiere la sangre en este espectáculo; nadie pide la tragedia, algo que, algunos, torpemente, confunden con la emoción que sí pedimos todos que tenga este espectáculo que, cuando falla el toro, se viene abajo con estrépito. Me molesta que, ahora, cuando están estos hombres heridos, “todo el mundo” quiera pontificar la grandeza de lo inexistente; es decir, hacernos creer en la magnitud del toro lidiado y otras tonterías al margen. Una cosa es que un torero caiga herido y, otra muy distinta, que esté lidiando un toro de verdad. Un accidente lo tiene cualquiera y, tratándose de un animal, por pequeño que sea, sólo por el volumen y peso, te puede lastimar. Las cornadas duelen todas, por supuesto que sí; un hombre con las carnes desgarradas debe de sufrir de forma cruel; pero seguro estoy que, el dolor, debe ser mucho más grande cuando la cornada la sufre aquel que busca la gloria y, sin dinero y sin medios, ve truncadas todas sus ilusiones.

   La realidad de cuanto acontece en derredor de las cornadas o percances sufridos por las figuras que ahora están en la cama, quiérase o todo lo contrario, tiene su parte buena. Digamos que tiene varias partes interesantísimas que, sin las cornadas y la sangre, conforme está planteado el mundo del toro, dudo que nadie creyera ya en esta farsa que, con sangre o sin ella, está llevándose a cabo. Los toreros, si fueran inteligentes, deberían darle gracias a Dios porque repartiera las cornadas, el único motivo creíble en una fiesta adulterada, mediatizada por tantos intereses que, la verdad, sólo resplandece cuando sale la sangre por el boquete de la herida del torero. Triste, muchísimo, pero cierto.

   Respecto a todos los toreros que están heridos, si nos ceñimos a la realidad, han sido todos meros accidentes laborales, descuidos o confianzas regaladas por ellos mismos ante sus enemigos. Quiero decir que, ninguno de ellos ha caído herido de forma heroica frente a su enemigo. Todos sabemos que, en ocasiones, el toro, por sus condiciones y, a su vez, por el arresto de un torero, hemos pasado una lidia oliendo a cornada, hasta que, a veces, así ha sucedido. En el caso de todos estos hombres ahora heridos, con ninguno se ha mascado la cornada, más bien, la confianza que ellos le han dado al enemigo y, éste, como tal, ha cumplido su papel, que no es otro que dar cornadas. Han sufrido, los espadas heridos – y ellos lo saben- cornadas tontas, descuidos imperdonables, errores absurdos que les han llevado al hule y, más tarde, a la habitación de un hospital.

  Recuerdo una célebre frase de un espada venezolano que, a la hora del paseíllo, cuando los compañeros le saludaban y decían aquello de, “Que Dios reparta suerte”, él, con su gracia particular – y hablo de César Girón- decía, “Suerte y cornadas”. Según Girón, todo tenía que ser repartido y, llevaba razón. Ahora, la confabulación de los astros en el universo, ha servido para que, ese reparto, haya sido equitativo y, ante todo, hayan caído heridos los de mayor poder crematístico, dando, a su vez, pasó a muchos hombres que, de no ser por esta circunstancia, apenas hubieran toreado. Todo esto viene a decir que, las penas, con pan, son menos.

  Menos mal que, afortunadamente, de vez en cuando, un torero de primera fila cae herido puesto que, de no ser por esa sangre derramada, en esta parodia de fiesta que estamos sufriendo, no creería ni Dios. Claro que, si nos paramos a pensar, el efecto causa de las cornadas, no es otro que la propia avaricia del que se lo quiere llevar todo, caso de las propias figuras que, con denodada ambición, torean hasta en los pueblos y plazas portátiles, evitando, de ese modo, que los más humildes logren un trocito de pan, como antaño ocurría. Digámoslo muy clarito: un artista –porque a los toreros les consideramos artistas- no puede crear mil tardes seguidas. Con esa actitud, se llega al “atoramiento”, a la falta de ideas, concentración y, sin lugar a dudas, a la carencia de estado anímico que, toreando tan seguido, es imposible concentrarse y, mucho menos, tener capacidad creativa. El paro que supone la cornada, con toda seguridad, les vendrá muy bien a la mayoría. Se relajarán, descansarán y, ante todo, si son capaces, hasta recapacitarán en todo lo que digo.

 
   
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