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Pla Ventura  
  España [ 08/01/2004 ]  
EURO TRAICIONERO.

 

  Siempre se dijo que, el dinero es un bien escaso al que tenemos que administrar; cuando menos,  para la gran mayoría de los mortales que, ganarlo, supone un gran esfuerzo. Y siendo así no es cuestión de dilapidaciones. Y esa era la tónica dominante de todos los españoles durante la existencia de la añorada peseta. El lema era, peseta ganada, peseta administrada y, con semejante organización, el pueblo español pudo pasar de las alpargatas a los zapatos; todo ello, claro, con la penuria consiguiente, pero con felices logros que, en definitiva, era lo que importaba. Nuestra moneda era ideal: todos, a la hora del gasto, al ver el precio, sabíamos lo que hacíamos y, a su vez, éramos conscientes del valor de las cosas. Y a partir de ahí, tomábamos las determinaciones correspondientes. Nos era sencillo aquello de administrarnos; sólo los débiles de cerebro se veían inmersos en la vorágine de la ruina familiar, siempre, claro, por gastar lo que no tenían; pero era cuestión intrínseca de los descerebrados. La inmensa mayoría sabíamos lo que hacíamos y nos sentíamos felices y responsables con nuestra moneda.

  Todo estaba bien hasta que, irremediablemente, por cuestiones políticas de globalización europea, nos vimos inmersos en la dinámica del euro; algo que nadie quería pero que, tuvimos que tragar; aceptar, de buen o mal grado, pero sin otra opción que sucumbir a los dictámenes de los altos dirigentes que, según ellos, era lo que nos convenía. Ante el euro, no quedaba otra opción que, aceptarlo con resignada aceptación; es algo así como la muerte que, nadie la quiere, pero todos la tenemos que aceptar. Eso supuso el euro para todos; algo que nadie quería pero que, por decreto ley, tuvimos que tragarnos. Todo parecía normal puesto que, una vez hecha con correspondiente conversión, inocentemente, todos creíamos que iba a ser lo mismo y, craso error el nuestro. El euro ha hecho furor, pero de forma concreta, en los bolsillos de muchos comerciantes que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, cobran aquello que se les antoja y, como las cifras, como tales, son pequeñas, en el momento, nadie repara en el gasto. El problema viene más tarde, cuando somos capaces de analizar aquello que nos han cobrado. La voz popular coincide por completo: Todos se quejan del euro y de sus consecuencias. Los presupuestos familiares se han deteriorado por culpa de esta moneda y, lo que es peor; los mil duros de antes daban para muchas cosas cuando, ahora, los treinta euros que supone aquella cifra, apenas dan para nada. Hemos perdido en el cambio; pero pérdidas infames que tenemos aceptar con resignación y sin solución de arreglo. Entre otros muchos ejemplos, antes, nos tomábamos un café con veinte duros y, ahora, desde la llegada del euro, ese café nos cuesta un treinta por ciento más; así, cientos de cosas con este porcentaje tremendo. ¿Le subieron a alguien un treinta por ciento los sueldos? Y así, de pequeñas cosas, el consumidor final, sale tremendamente vapuleado. No quedó otra alternativa: tuvimos que cambiar de siglo y, a su vez, de moneda que, desgraciadamente, es lo que más nos ha dolido.

   Necesariamente, el euro, nos ha hecho más austeros o, en su consecuencia, así debería de ser. Cada vez que acudimos a bares, restaurantes y cientos de establecimientos relacionados con el ocio, es ahí donde sangra nuestra herida al respecto. ¿Solución? Ser más comedidos al respecto. Pero no es sólo en las cuestiones baladíes de aquello que nos divierte; el aumento del precio de las cosas con el euro, ha quitado poder adquisitivo a la cesta de la compra y, esto es mucho más grave. Podemos prescindir de los lujos; pero jamás podemos dejar de llenar la olla y, para tal menester, el ama de casa, sufre las consecuencias del euro como nadie.

  Queríamos ser europeos y, los hemos logrado. ¿ A qué precio? Muy caro, por cierto.

 

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