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Antolín Castro  
  España [ 18/07/2000 ]  
POSIBLEMENTE... DE LOS QUE... SEGURAMENTE... (I)

Hace unos cuantos años, posiblemente quince o veinte, sentado en el salón de televisión de un hotel de Albacete, cuando todavía ese era el lugar para ver la televisión, ya que no disponían de ellas las habitaciones y, por tanto, se convertía en el punto de encuentro de todos aquellos que pretendíamos ver un partido de fútbol o una corrida de toros, tuve ocasión de presenciar un festejo televisado.

Merece la pena destacar que, aquella forma de compartir televisión hacía subsidiariamente necesario compartir los comentarios de los teleespectadores presentes y, como consecuencia de todo ello, enriquecerse o empobrecerse –que de todo había- con todo lo que allí se decía. A fin de cuentas, bastante mejor que el aislamiento del que por desgracia tenemos ahora, donde todos disponemos de “teles” en las habitaciones de los hoteles, en las de las casas y hasta en los cuartos de baño y vehículos particulares de algunos individuos, o será mejor llamarles individualistas.

De aquel festejo televisado, no recuerdo ni el lugar, ni la ganadería, ni la terna completa, ni si cortaron trofeos los toreros. Es más, ni tan siquiera recuerdo si hubo algo que mereciera la pena recordar. Supongo que no, de lo contrario no escribiría de esta manera. Algo sí ha quedado en mi recuerdo y es, querido lector, lo que hoy, espero que con tu consentimiento, te voy a relatar.

Transcurría la corrida, como digo, en aquel salón –salón social, lo llamaban- casi en penumbra. Era normal, por aquel entonces, lo de la penumbra, pues con claridad o con luces, al parecer, había reflejos en la pantalla. El silencio entre los que lo veíamos era total. Personas que no se conocen de nada y que sólo una afición común nos había sentado, cada uno en un sillón y a distancia, a presenciar la retransmisión taurina. Nadie hacia ningún comentario, entre extraños es lo normal, pero al hilo de unas palabras del locutor, uno de los allí sentados, además muy bien acomodado, el mejor sillón frente al televisor, “rompió aguas” –perdón por la expresión- y algo habló.

No dijo mucho, la verdad, pero fue suficiente para romper el silencio. Hasta ese momento todo transcurría no sólo en el silencio de las palabras, sino también en el de los ruidos. Ruidos, también se produjeron, pues otro teleespectador, que no se había movido en todo el tiempo, más parecía que dormitaba una siesta propia de la época estival, se removió en su asiento con acentuada significación. Miro hacia un lado, justo desde el que había surgido el comentario, entre la penumbra busco con mirada de águila la localización del responsable del comentario y, “rompió aguas” también.

¿Usted qué dice? ..., que Ángel Teruel es mejor que Paquirri. ¿Es eso lo que dice Usted?. Tras el lanzamiento de estas preguntas que, naturalmente, no podían ir dirigidas nada más que al primero en romper aguas, –el resto de los asistentes callados- éste giró su mirada y parte de su cuerpo acomodado en el mejor sillón y contestó: sí, ¿qué pasa?.

El lector podrá entender, con ayuda de su mejor imaginación, que aquello empezó a tomar tintes propios de las ya clásicas posiciones, históricas en el taurinismo, de los partidarios de unos y otros. Léase para los menos ilustrados, los de José y Juan, Manolete y Arruza, Ordóñez y Dominguín, Litri y Aparicio, etc.. Hoy, por desgracia, de esto no hay. Más bien, de todo en el toreo, hay muy poco. Sólo dinero para los mejor posicionados, -posiciones que en muchísimos casos no tienen nada que ver con su valía profesional- entre los que se encuentran empresarios, apoderados y algunos que se visten de luces. Nada se discute ya de sus condiciones y por ende, nada le queda al aficionado para valorar, sólo si gana mucho o poco, ese es el único rasero para convencer. Y como a sus cuentas corrientes no tienen acceso, no pueden comparar y saber quién es el “mejor”.

Habíamos dejado a nuestros compañeros de salón mirándose fijamente y, como es fácil suponer, aquello tuvo continuidad. Se acabó el silencio, se acabó la tranquilidad, se acabó la siesta del representante de calzado que, en el mejor rincón, había aprovechado para dormir, se acabó .... Que si Paquirri lleva toreadas más corridas que Teruel, que si banderillea mejor Teruel que Paquirri, que si con el capote no se entera el tal Paquirri, que Teruel no le llega a la hora de matar ni a la suela ..., que como torea Paquirri no lo ha hecho nadie en la historia, que la estética de Ángel Teruel es, con mucho, la mejor del momento, que dónde va a parar el poderío de Paquirri, que el buen gusto toreando de Teruel no lo tiene nadie ....

Llegado a este momento, quien suscribe se había cansado de tantos “mejores” entre los dos toreros. Había que “romper aguas” también, y vaya si las rompí. Sin hacer como ellos, pues yo no podía, por mi posición en la sala, mirarles a los dos, solté en voz alta mientras seguía mirando al televisor: tiene razón este señor, sin indicar cuál, es difícil encontrar otro mejor. Uno de ellos, el de Paquirri, no sé muy bien por qué, pues no había pronunciado ningún nombre, se sintió satisfecho con mi “apoyo” y miró de soslayo al otro partidario, mientras el otro, rara coincidencia, me miraba con malas pulgas como si yo hubiera destrozado su argumentación. Para entonces, yo había conseguido que, si bien yo no podía mirar a los dos a la vez, lo hicieran ellos conmigo. Uno satisfecho, el otro mosqueado.

A la vista del interés que ponían por encontrar el apoyo que les situara mejor, me permití hacerles una pregunta: ¿de dónde son?. Uno me dijo, de Almería. El otro, de León. Yo soy de Madrid, contesté. ¿Suelen ver muchas corridas por toda España? o ¿acuden con frecuencia a la plaza de Las Ventas de Madrid?. Las respuestas fueron iguales: no, sólo en la feria, a Las Ventas no he ido nunca y, eso sí, por la tele un montón.

Entonces, como para contentar al mosqueado, dije, mejor que Ángel Teruel hay muy pocos, -cara de satisfacción de éste e indignada del otro- para a continuación proseguir, pero Paquirri es uno de los mejores. Deje pasar unos segundos, -las caras empezaban a ser iguales- y continué, pero como no conocen nada más que a la quincena de toreros que llevan de feria en feria, incluidas las de su tierra y las televisadas, llevan razón los dos. Paquirri y Ángel Teruel son dos de los mejores toreros que ustedes conocen. De los que no conocen, mejor que esos, ¡así los hay! (acompañé mis palabras con un gesto reuniendo todos los dedos de la mano derecha hacia arriba, mientras los habría y cerraba simultáneamente). Las caras no las puedo describir, pues eran caras de no entender nada. Dudo que hoy, veinte años después se hayan repuesto de aquello o hayan logrado entenderlo.

Nuestros inteligentes lectores no necesitan mas explicaciones. Pero es obligado para otros menos avezados que haga una aclaración, sobre todo por si nuestros amigos de Almería y León se conectan a la red y, tras tanto tiempo, pueden comprender lo que les dije en el salón de aquel hotel.

Muy breve aclaración. Tal como está montado esto, es muy difícil poder comparar toreros para poder tener criterio propio como aficionado. Los toreros que van a las ferias son siempre los mismos, mas algún torero local. Es decir, puede uno llegar a conocer a veinte toreros del escalafón, los que más torean al ser un circuito cerrado. Por el contrario no tienen oportunidad, salvo en Madrid a lo largo de la temporada, de conocer a otros toreros. Con criterio propio, conociéndolos, uno puede decidir y estar, además convencido, que existen otros toreros mejores que los que nos enseñan por las distintas fiestas de la geografía taurina.

Así de sencillo, así de elemental. En aquellas fechas del relato, estos señores no conocían a Frascuelo, Sánchez Puerto, El Inclusero, Manolo Cortés, etc. –los aficionados de temporada, he dicho de temporada, de Madrid, sí-. Hoy, tampoco conocerían, además de los mencionados todavía en activo, a, por ejemplo, Luis de Pauloba y Francisco Marcos, con recientes lecciones de toreo y torería en Madrid y Pamplona respectivamente. Como estos toreros no van a ir a las ferias de Almería y León, seguirán pensando, con su razón pero con este matiz, que de los que ellos conocen, Rivera Ordóñez y Manuel Díaz “El Cordobés” son de los mejores. Por cierto, lo normal es que no falten a las ferias de esas ciudades.

Seguramente ...

 
   
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