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Antolín Castro  
  España [ 31/05/2004 ]  
S.I.04 - SE HIZO PRESENTE

 Se hizo presente, sí señor. Se hizo presente en la plaza Curro Díaz y a continuación, con aquella minúscula muleta, se hizo presente el toreo; y daba gloria verlo. Y verlo el gentío y la afición y comenzar el cosquilleo que produce siempre el arte de torear fue todo uno. Menudo revuelo se armó. Muchos creían que era una aparición y que esa forma de torear, que naturalmente no ven ni en el figurón de Ponce, debería de ser de otro planeta. De otro planeta era, de aquél que Díaz Cañabate dio en llamar el planeta de los toros. Eran otros tiempos, pero que gusto tenerlo delante.
 Desde el primer muletazo supimos que estábamos delante de un torero de una pieza. Todo cuanto hacía tenía el sabor que produce el buen toreo y estaba impregnado de innumerables condimentos que aderezaban, aún más, la exquisitez de aquellos muletazos. A saber: naturalidad, espontaneidad, improvisación, variedad y una estética cabal. ¡Menudo comienzo de faena!. Los más viejos del lugar echaban cuentas de cuándo y los más jóvenes se preguntaban de dónde puede surgir tanta belleza junta. Y a todos convenció. Y que no venga ahora Ussía a decirnos que en el siete se sientan personas rencorosas y de mal humor. Que se sepa, y está demostrado, es en el ruedo donde se dan cita unos pelmazos y cursis de tomo y lomo. ¡Y sin toro que es lo peor!.
 El toro de Cuadri, Taconero, colaboraba con aquella autenticidad y, aún blandeando, embestía con bravura, codicia y prontitud. Se sucedieron los bellos momentos toreando en redondo y aumentó la calidad con la izquierda. Todo sin estar diez minutos toreando, aún cuando nos hubiera gustado seguir paladeando aquello el tiempo que hiciera falta, pero todo tiene su medida y Curro se la dio. Un espadazo caído no fue el mejor colofón a la obra, pero allí quedó, para los que piensan que torear es moler a derechazos a un inválido; ahí tienen la comparación. Petición de oreja, que resultó insuficiente, dando una clamorosa vuelta al ruedo y petición de otra. Tanta belleza y emoción juntas levantaron una nueva ovación al salir Curro Díaz a recoger al sexto.
 En el sexto no pudo ser, tras unos primeros muletazos, el toro con mucha codicia perdió las manos de mala manera y aún levantándose, en la siguiente embestida las patas no le tenían en pie. Costó Dios y ayuda levantarlo y Curro, con buen criterio, no le molió a derechazos como hubieran hecho cualquier figura, sino que fue a por el estoque para dar digna muerte al animal. Lástima, pues la plaza le esperaba de verdad. Los compañeros de tarde pertenecen al pelotón de los esforzados y a pesar de ello, se esforzaron mas bien poco. El Califa ni sombra de aquél que el pasado año llegó a triunfador y Dávila Miura tuvo en sus manos uno de los mejores toros de la feria para la muleta y lo trapaceo distante y vulgar y el público, que no es tonto, sabe distinguir. Por ejemplo, en el siguiente toro, con Curro tuvo la explicación de cómo se vuelca una plaza con el toreo de verdad. 
 Los toros de Cuadri, excelentemente presentados, dieron muchas oportunidades que sus lidiadores no supieron aprovechar y merecieron, además, mejores muertes que las que les proporcionaron los matarifes que les cupieron en suerte en la tarde de hoy, que hicieron perder la cuenta de los pinchazos y descabellos que necesitaron para acabar con ellos. Bien el picador Ignacio Rodríguez en un buen tercio de varas.
 Decíamos que se hizo presente Curro Díaz y que la plaza estalló, pero también se hizo presente en la plaza lo injusta que es la Organización -sí, con mayúsculas pues es casi un monopolio- de la fiesta. Quién puede imaginar que un torero que se le ve a la legua, por sus formas y maneras, lleve toreadas desde su alternativa, hace siete años, 20 corridas, de las que solo dos fueron en la temporada pasada. Cuántas veces hemos tenido que aguantar a figuras y taurinos decir que si para tal feria les falta rodaje, etc. ¡coño! y a este qué, no le falta rodaje: veinte tardes en siete años. Ser torero es una condición y torear a menudo otra muy distinta. Sobran dedos de una mano para encontrar en el escalafón actual toreros que puedan torear como este Curro Díaz y menos con esa pequeña muleta.
 Dónde están esos taurinos que todo lo saben y todo lo ven. ¡Inútiles! se podría gritar, pero no, no es esa la razón. La razón hay que buscarla en que es más fácil manejar a un mediocre que a un torero de verdad. Entre otras cosas, los mediocres quieren torear cien y dejan sustanciosas comisiones, mientras los toreros que hacen de esta profesión un arte, saben que para transmitir sentimientos no se puede torear todos los días, con treinta, a lo más cuarenta corridas ya estaría bien. Menudo negocio raquítico son para los que de esto solo pretenden un beneficio personal. Menuda sorpresa para casi todos, aunque nosotros lo hayamos dicho en mil ocasiones: mejores que esos que torean todos los días, los hay así. Así como Curro Díaz, por ejemplo.
Por no conocerle no hubo más petición de la oreja, si se hubiera llamado de otra manera y llevara muchas ferias de provincias indultando toros de medio pelo por ahí, hoy le habían pedido, a pesar del feo espadazo, hasta el rabo. Cuestión mediática esta, si no torea será por no valer, del mismo modo que si torean todas las ferias, esos serán los mejores, digo yo; perdón, dicen ellos, los ignorantes que se sientan en los otros tendidos de los que no dice nada el Sr. Ussía.
 Esta noche toca soñar el toreo, pues se hizo presente y daba gloria verlo.

 
   
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