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  España [ 22/10/2001 ]  
RUPTURAS.

 

    Este final de temporada nos ha dejado, entre otras cosas, un enorme barullo de rupturas entre toreros y apoderados. La cosa no es nueva. Toda la vida ha habido cambios de apoderamiento, rupturas o como queramos llamarle, aunque, en esta ocasión, algunos de los casos han sido de verdadero escándalo. Antes, el torero y el apoderado eran una misma persona; ejemplos los tenemos a montones. Era muy raro que un torero se marchara de un lado para otro dando bandazos. Ahí está el gran Paco Camino que, entre otros, jamás tuvo que cambiar de “ casa” puesto que, las gestiones, tanto del apoderado en los despachos, como las del torero en el ruedo, eran optimas por ambas partes. Ahora, como estamos viendo, ha cambiado todo de forma sustancial; digamos que van de pillo a pillo y, salvo excepciones, los mercachifles son lo que priva en el mundillo del toro. De los que han roto con el apoderado, dicen que, Juan José Padilla, ha roto con Segura de mala manera. Ni lo sé ni me importa, pero si sé que, Padilla, el que le aupara a sitios importantísimos cuando no era nadie y le arañaba contratos donde no existían, como era ese gran luchador llamado Antonio Picamills, el referido Padilla se lo dejó sentado de mala manera, creyendo, infantilmente, que con el mencionado Segura iba camino de la gloria. Ahí tiene los resultados. Quiero creer que, las liquidaciones, como siempre ocurre, habrán sido sangrantes y de ahí ha venido la ruptura, claro. Pero es la pescadilla que se muerde la cola. Centrándome en Padilla puedo decir que, Segura, el que le buscaba contratos por doquier al precio que fuere puesto que, lo que en verdad le importaba eran las comisiones y, con los contratos, cubrir todos los gastos de la empresa y, al final, como siempre ocurre, para el torero apenas queda nada. Triste, pero cierto. Dicen que el toreo es grandeza y, ahora, hasta los más humildes, a instancias de sus apoderados, todos acuden a los grandes hoteles donde el fatuo impera. Cuestión de imagen, dicen los apoderados. Luego, claro, el que paga todo es el torero y, a la hora de la liquidación, vienen los disgustos. Estoy harto de ver liquidaciones de toreros y, tras una temporada brillante, ver que en la cuenta corriente, apenas tienen “dos duros” y, jugarte la vida para, al final de temporada, comprobar que apenas tienes para tabaco, eso es muy duro. Ejemplos los tenemos a montones. Entre ellos, ahí está el caso de El Soro que, el pobre, tras haber toreado mil corridas de toros, el día del accidente que le invalidó como torero, comprobó que estaba en la miseria,  hasta el punto de que, menos mal que se le organizaron dos festivales en su honor puesto que, de lo contrario, estaría pasándolo muy mal.

   He querido decir que, el torero, el que se juega la vida, desdichadamente, es siempre el gran perdedor y, como la mayoría son muy torpes, el día que encuentran un hombre honrado en su camino no lo saben cuidar y, al final, por cafres, quedan en manos de las aves de rapiña que sólo les importa sumar comisiones y zanjar gastos con cargo a la cuenta del torero.

  El torero, además de serlo en la plaza, como hombre de la calle tiene que tener su personalidad y, en el peor de los casos, saber con qué personas se junta. Los toreros, en ocasiones forman sociedades con la misma facilidad que un niño se come un caramelo y, la sociedad, es algo mucho más serio. Los profesionales deberían de mirarse en espejos que han sido muy válidos en la torería y, comprobar que, por ejemplo, Paquirri, el día que rompió con Camará, nombro a Juan Carlos Beca Belmonte, su hombre de confianza y, como cuñado y como taurino, era un empleado de la “casa” y, todos contentos. Pero ese paso lo dio Paquirri cuando ya estaba consagrado, mientras le llegaba la gloria, estuvo con su apoderado de siempre y, todos felices y contentos. Ahora, hablando de apoderados y poderdantes, ha sido Víctor Puerto el que, en este sentido, ha dado una gran lección. Tras haber peregrinado sin mucho éxito por esos mundos de Dios con varios apoderados, pensó que, al mejor apoderado lo tenía en su misma casa y no se había dado cuenta; quiere decirse que, al final, hizo lo que debía, nombró a su propio padre como apoderado y, es el año que mejor le han ido las cosas. Habrán cobrado más o menos; de todo ha habido. Pero todo ha quedado en casa sin tener que rendir cuentas o ser rendidas por terceros. Si como torero, de forma profesional, Víctor Puerto ha dado grandes lecciones, como hombre de la calle, ha demostrado como se dirige una empresa y, al frente, ha puesto al mejor gestor. Muchos son los que deberían tomar nota de este asunto y, si Puerto acertó, los demás podían hacer lo mismo. Claro que, en este sentido, acertar no es cuestión de suerte, sino de organización y coherencia.

 

 
   
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