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Fernando Marcet  
  Perú [ 19/02/2008 ]  
SI YO FUERA MILLONARIO

La encuesta realizada el pasado mes de enero en este portal, arrojó que el 94 % de los aficionados no están conformes con la situación de la fiesta, mientras que un escuálido 6% opina que las cosas están bien como están (ver encuesta aquí).

Entre los disconformes la gran mayoría exige la presencia del toro-toro en el ruedo y que la suerte de varas sea modificada. Dos aspectos fundamentales que se han deteriorado en el tiempo por obra y gracia de los taurinos, que viven del toro y, durante mucho tiempo, han dedicado sus mayores esfuerzos para hacer de la corrida de toros una caricatura de sí misma que les rinde beneficios crematísticos. Es así que el toro, prefabricado al gusto de las figuras, es calificado bueno y hasta merecedor de indulto cuando se distingue por su nobleza, docilidad y buen son, no molesta a su matador y- esto es muy importante- colabora con él permitiéndole lucir su florida tauromaquia ensayada en el salón de los espejos de su finca. Por su parte la suerte de varas se ha reducido al super-unipuyazo –siete en uno le dicen- del cual el burel sale descangallado para cumplir con el triste rol de colaborar con su matador para que logre el triunfo y corte las orejas.

Pensar que esto variará en el tiempo por generación espontánea, es iluso. La corruptela de la fiesta ha hecho carne y ha enterrado sus raíces en lo más profundo de su esencia. Las figuras del toreo seguirán exigiendo el toro chico y la plata grande a menos que los aficionados –que con su dinero solventan el espectáculo- lo impidan. Pero... ¿Cómo hacerlo? Si estuvieran organizados como institución podrían condicionar su asistencia a la calidad del espectáculo, pero no es así. Cada uno libra una lucha interior individual en la que la afición que le brota del corazón se enfrenta con el sabio consejo que su cerebro le grita: “No te dejes engañar una vez más, no asistas a ese espectáculo, que es un fraude”. Lo triste es que la afición siempre triunfa sobre el sentido común de quien termina sentado en el tendido, con la vana esperanza de no a sufrir una nueva decepción. Mientras tanto los pícaros, que montaron la farsa, siguen llenándose los bolsillos.

En los lugares donde las corridas de toros se dan en temporada, es decir, domingo a domingo, como en Lima y ciudad de México, es notable la disminución del público en la plaza, pero en otras localidades, como Quito y los pueblos del interior del Perú, no así donde las corridas se realizan como parte del aniversario de la fundación o la fiesta del patrón de la ciudad, se dan en feria, es decir todos los días. En las corridas de temporada la mayoría del público está conformado por aficionados mientras que en las ferias es mayor el número de visitantes o golondrinos, que no necesariamente son aficionados pero acuden a la corrida como parte de las festividades que se celebran. Allí las plazas se llenan.

Para los que llevamos dentro nuestra afición, no satisfecha con el tipo de espectáculo que debemos soportar, nos es indispensable buscar la manera de restituir los valores de la fiesta dentro de la cual el toro es –debería ser- el protagonista. Planteemos, pues, soluciones de otro tipo, aunque parezcan disparatadas o inalcanzables. No importa. Alguna de ellas puede llevarnos a encontrar el camino de la solución deseada.

Con esta premisa doy un paso al frente para esbozar una solución que, debo confesar, no le auguro un futuro exitoso cercano pero la planteo igual, obligado como estoy a dar el ejemplo en esta búsqueda de solución al problema.

Nace con un simple requisito: Que yo sea millonario o cuente con el apoyo de un mecenas adinerado dispuesto a invertir parte de su fortuna en el proyecto planteado. Como no soy millonario y los cinco procedimientos que conozco para hacer dinero fácil tienen pena de cárcel, habré de buscar al mecenas que, con mucha afición (o sin ella)  y mucho dinero, esté dispuesto a invertir su fortuna para alcanzar la noble causa planteada.

Digo invertir, que no malgastar, porque abrigo la esperanza que recuperada la autenticidad del espectáculo taurino, las plazas volverán a colmarse de público y el inversionista podrá recuperar, con creses, su dinero. ¿Dónde encontrar al mecenas? No lo se, quizá sea un petrolero norteamericano o un emir de Arabia a quien dinero es lo que más le sobra. Conseguido el mecenas, tomaría la concesión de una plaza de primera para montar en ella lo que podría llamarse la Feria del Toro en la que el bello animal sea la atracción principal del espectáculo, devolviéndole el lugar protagónico que le corresponde dentro de la fiesta.

El restituir los valores del espectáculo, tal como lo imagino, no es tarea fácil y empieza mucho antes que se haga el paseíllo de la primera corrida de toros de esa pretendida Feria. Las exigencias no son pocas y vamos a ir analizándolas, una a una, según las vaya planteando.

LA PLAZA. No presenta mayor problema. Me gustaría que fuera Acho, la plaza de mis amores, respetada por propios y extraños por su belleza, antigüedad y solera pero, desgraciadamente, no se adecua al proyecto que requiere del concurso de las mejores ganaderías bravas del mundo que sólo es posible obtenerlas en España. Así sea. La plaza tendrá que ser española y su elección podría ser materia de una consulta popular entre los aficionados que quieran involucrarse en ello.

EL TORO. Es el tema principal del proyecto y no se deberá escatimar esfuerzo para que sea el eje alrededor del cual gire el espectáculo. Debe ser adulto, de cinco años, sano, íntegro, de casta y con trapío. El peso no es importante como sí lo es la edad. Trapío sólo puede tener un toro con edad jamás un novillo, por más kilos que lleve encima. Cosa similar sucede con el gallo y el pollo: Este último, con mucho peso será un pollo gordo pero jamás tendrá la presencia de un gallo, con cresta y el vistoso plumaje del animal adulto.

Mientras esto escribo, me imagino al lector preguntándose ¿Por qué una edad de cinco años cuando todos los reglamentos exigen sólo cuatro? La interrogante es válida y amerita una explicación: En épocas remotas el toro exigido siempre fue de cinco años o más. Por la escasez de ganado de lidia, en el año 1923 se empezó a aceptar como toro al animal de cuatro años y “cinco hiervas” entendiéndose con ello que, aunque el novillo no hubiera cumplido los cinco años calendarios, se le podía considerar toro si había gozado de cinco épocas de abundancia de pastos en el campo; los reglamentos posteriores consignaron que el toro debía tener cuatro años, sin el requisito de las cinco hiervas.

Sin embargo, en los tiempos que corren, muchos entendidos opinan que un toro que no tiene cinco años no es toro sino novillo. Entre quienes sostienen este concepto está el ganadero Alvaro Domecq y Diez quien en la página 179 de su libro El Toro Bravo, en relación con la edad, dice: “Siendo entre la edad de cinco y siete años cuando alcanza el máximo de vigor y desarrollo. Es el toro cuajado, de traza grave o seriedad en la cara, descenso de los testículos y muy marcado el surco que los separa. Aunque al cuarto año, actualmente, se le llame también toro, no lo es por su edad. Como tampoco lo es el utrero, tres años, aunque se haya lidiado como toro notándosele en la cara su aspecto juvenil.” Personalmente he podido apreciar en España un toro con cuatro años y pocos meses con cara y morrillo de toro mientras que en Lima los anunciados con esa edad tienen cara y cuerpo de utrero. En mis crónicas al novillo adelantado lo acuso de “falto de edad” o “joven” y en mis comentarios me resisto a llamarlo toro, empleando para él términos como burel, astado, cornúpeta o moro.

No es razonable ni aceptable que, por decreto, ley o reglamento, se convierta al novillo en toro como no se puede hacer que por decreto el pollo sea gallo. El aficionado, juez supremo de la fiesta, exige el toro-toro y constantemente repudia lo que actualmente sale de chiqueros. Por ello el toro del proyecto habrá de tener, como mínimo, cinco años calendarios cumplidos.

Es sabido que las calidades y defectos del novillo se acrecientan cuando se convierte en toro adulto y pueden ser apreciados en su verdadera magnitud en la plaza. La bravura, casta o nobleza se verá en todo su bello esplendor al recargar en la suerte de varas o embestir a la muleta, así como las dificultades que presente a su matador serán muy de tener en cuenta para evaluar las calidades del torero.

Es probable que un toro de cinco años tenga menos pases que uno de cuatro pero, sin duda, cada uno de ellos tendrá un peso específico mayor para el lidiador cuya labor se trasmitirá a los tendidos siendo capaz de crear esa sensación del toreo hondo que hace estremecer al aficionado, para quien es más importante apreciar veinte pases a un toro-toro que ochenta a un novillo prefabricado que repite una y otra vez a la muleta sin proporcionar otro sentimiento que no sea el de aburrimiento y sosería. Todo lo que se hace a un toro bravo de cinco años tiene un valor infinitamente mayor que aquello que se realiza ante un novillo dócil y bobalicón que funge de toro. 

Soy conciente que un toro de cinco años cuesta más que uno de cuatro pero, repito, en el proyecto el dinero no es de tanta importancia como puede ser el hallar sangre brava en las ganaderías comerciales que existen. Habrá que recurrir a los ganaderos que, dentro del proceso de selección a la inversa a la que fueron obligados por las figuras del toreo y sus representantes, hayan tenido el buen tino de hacer una reserva para criar algunos ejemplares que mantengan, en el tiempo, la condición de bravos, en el antiguo y único concepto válido para considerarlos tales, con asperezas del genio y casta de sus ancestros. Aquellos otros que arriaron banderas ante el toreo moderno y cometieron la torpeza de echarle agua a todo el vino de sus bodegas habrán de quedar necesariamente fuera del proyecto.

(Otros aspectos del plan propuesto, el próximo martes).

 
   
 
   
Cesar Ismodes 21/02/2008  
 
Completamente de acuerdo contigo Fernando,ese seria el primer paso para devolverle a la fiesta la seriedad e importancia que se esta perdiendo.
 
   
Jose Miguel Lecumberri 20/02/2008  
 
el toro cinco y el torero veinticinco
 
   
Max Cisbano 20/02/2008  
 
La tu palabra es "banderilla de fuego". Gracias y adelante, Fernando Marcet.(from Italy)
 
   
Rodolfo Gaona 20/02/2008  
 
completamente de acuerdo sr. Marcet, atinadisimo en su comentario de no nombrar toros a quienes no lo son, creo que el portal deberia hacer lo mismo, por cierto por ahi escuche el otro dia a un imbecil ganadero decir que conforme al reglamento sus "toros" tenian 4 hierbas, o sea que no se atrevio a decir que eran novillos de 3 años, aberrante.
 
   
Luis Siabala 20/02/2008  
 
La restitución de los valores del toreo, según lo sostiene con madura reflexión, D.Fernando Marcet, en punto al toro -tema principalísimo, qué duda cabe- es necesaria y por ello ¡Venga el toro de cinco años!
 
 
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