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Antolín Castro  
  España [ 27/12/2003 ]  
CUENTO DE NAVIDAD

La conocen pocos, pero la ignoran muchos. Para hacer bueno el cuento, en estas fechas, su nombre es María. Bonito nombre, sencillo pero amplio, un nombre que define a una mujer, a una madre.

La conocen pocos, aunque la ven muchos. Sentada junto al vestíbulo principal, ha hecho de su pequeña figura una imagen cotidiana, que pasa por ser una parte más del decorado. Pero no está sola; a su vera juguetea siempre la niña rubia, de ojos azules, que cada vez que miran se comen el mundo. Menuda como su madre, es la primera escena de este Belén viviente que representan todo el año. Es quien saluda a tu paso y con su manecilla te invita a mirar a su madre, quien sentada, cobija entre sus brazos al más pequeño: David se llama.

A veces a tu paso, coincide, que al mirar, David rechupetea la areola del pecho desnudo de María. Tanta es su hambre que intenta, desesperadamente, encontrar más alimento entre la piel sensible que su madre le ofrece. El niño merece más, pero la vida le ha situado allí, junto a su madre. Y no conoce otra mejor, esta le da todo lo que tiene. Todas las madres hacen igual, en ello no ha de notar diferencia alguna. No es el valor relativo, sino el absoluto el que le diferencia, a él y su hermana, de los otros.

Raquel, la hermana rubita de ojos azules, es en estos días un reclamo inigualable. Imposible pasar desapercibida para todos los que del vestíbulo hacen un lugar de encuentro o de llegada, o de partida. Lugar en el que se dan cita, en este veinticuatro de Diciembre, víspera de Navidad, tantas y tantas ilusiones, tantos y tantos deseos de Paz y Felicidad para todos. ¿Para todos?. Sí, para todos. María, Raquel y David también son todos. Para ellos van, también, esos deseos de todos cuantos pasan por allí o los recuerdan de haberlos visto allí cuando pasaron, como si fueran parte del decorado de la estación.

María y los niños no saben que unos que dicen luchar por proteger a niños y madres; unos, que iluminados por su propia ceguera, solo abren sus ojos para apretar el gatillo o fabricar unas bombas, han decidido que acabe su penar en la estación. Se acabó el mendigar y el pasar más calamidades. Ellos saben lo que deben hacer y se aprestan a ello: acabar con la vida mísera que padecen en el vestíbulo de la estación. Un pasaporte a una vida mejor, que, por cierto, no es la que desean para sus madres, esposas, hijos o hermanos. Sólo proponen esa vida mejor, con irónica autoridad, a quienes no conocen de nada. Un regalo para un amigo invisible. Invisible por su ceguera, pero enemigo, no amigo, porque sí. Toda una razón.

Ajenos, María y sus hijos, al regalo que unos asesinos, locos de tanta maldad, les tienen preparado, siguen su repetida tarea en la estación: ¡una ayuda, por favor! ¡Feliz Navidad!. Nunca un mensaje más sencillo y más lleno de humildad. Los labios de Raquel, esa rubia, convertida en peligrosa por algunos, repiten y repiten sin parar: ¡una ayuda, por favor! ¡Feliz Navidad!. Toda una provocación para quienes quieren un pueblo independiente. Toda una infamia contra un pueblo oprimido, que no puede tolerar tanta provocación y chulería por parte de ese ángel llamado Raquel. María y su hermano David, que la dan cobertura, son la fiel imagen de los enemigos y de las fuerzas opresoras que asfixian la libertad en su pueblo. Ellos, que solo tienen una parcela de dos metros cuadrados en la estación, para desde allí boicotear las aspiraciones separatistas. Diana perfecta.

Mientras los demonios cercan a sus fáciles presas, otros cuidan de que no puedan cubrir sus objetivos. Estos últimos ángeles no están ciegos; es más, necesitan estar muy atentos y con los ojos muy abiertos para poder impedir tanta locura como anida en el corazón asesino de estos demonios despreciables. Es Nochebuena y alguien debe escuchar los deseos de Paz, Alegría y Felicidad, y también de Libertad, que piden tantos seres humanos en el Planeta. Alguien tiene que ayudar a los ángeles buenos. Alguien debió de escuchar.

Hoy, he dado una vuelta por el vestíbulo de la estación y al ver a María y sus hijos, no he podido por menos que derramar unas lágrimas. Lágrimas de alegría por tener la oportunidad de seguirla viendo todos los días  y confiar que pronto David se incorpore a la cantinela: ¡una ayuda, por favor! ¡Feliz Navidad!.

Nada hay mejor que un cuento con final feliz, nada mejor para la Navidad. Nuevos nacimientos poblaran la tierra, pero deseamos que sean como Raquel o David y que nazcan de una madre como María y no de aquellas madres que al parir sueltan monstruos genéticamente llenos de odio y muerte en su corazón. 

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