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Antolín Castro  
  España [ 29/12/2000 ]  
DOMINGO ORTEGA NO FUE TORERO

En los finales del año 2000, quien suscribe llega a esa contundente afirmación. Domingo Ortega no fue torero. Y no es por conocer, que he conocido, a un Domingo Ortega que era simplemente maquinista de imprenta, sino por saber que aquel que fue matador de toros, fue más lejos, siendo la propia esencia del toreo. A esto, hay que llamarle, con toda solemnidad, un grado superior. Para serlo, hay que poseer una cabeza brillante e inteligente que esté por encima del propio valor que se les supone a los toreros. Convengamos, entonces, que no fue torero, fue la propia esencia del toreo.

Para comprender lo que fue en el siglo XX este matador toledano de Borox, hay que entender muchas cosas. La primera, casi única y fundamental sería, seguramente, que siempre llevó el toreo en su cabeza. Es con toda seguridad el matador con más cabeza que ha dado la tauromaquia. Como pueden imaginar nuestros lectores no nos referimos a su tamaño, sino a su capacidad. La capacidad de análisis, discernimiento y ejecución que él disponía no se le ha conocido a ningún otro matador, siendo como han sido algunos auténticos conocedores del toro y de las técnicas de torear. A Domingo, no le hizo falta aprender ninguna técnica, pues le brotaba de sus telas, capote y muleta, con la naturalidad de quien ejecuta aquello que le dicta su inteligencia sin someterse a ninguna regla prefijada; es decir, de modo autodidacta. En el caso de Domingo Ortega, ¡menuda escuela!.

Este modo del que hablamos es al que podemos, y debemos, llamar la esencia del toreo. Dicha esencia tiene su fundamento, ya defendido por quien suscribe en La Reserva del Toreo, en la naturalidad y espontaneidad. Es decir, nada está prefijado, sino que ha de surgir de acuerdo al desarrollo de la lidia, las características del toro y, naturalmente, las formas de interpretar del torero. Por eso defendemos todo lo contrario a los quehaceres mecánicos y rutinarios, faltos de inspiración, relajación y naturalidad. Todo en el toreo debe ser natural. Todo en el toreo de Domingo Ortega era natural. Nadie que haya tenido ocasión de ver torear al maestro de Borox, habrá apreciado nunca afectación, amaneramiento y, mucho menos, precipitación o ejecución mecánica. El toreo es un manantial y cada gota que fluye del mismo tiene la fuerza del milagro de lo nuevo, pero al mismo tiempo la sencillez con la que el agua adopta las formas más sublimes y bellas. Nada hay más comparable al toreo auténtico que el fluir, que el discurrir del agua en los arroyos y cascadas.

Nació y vivió su infancia junto a la ganadería de Veragua. Tal parece que de ello hiciera su personal escuela. Es una metáfora, pero de ello impregnó su quehacer torero, de “ver agua”. No es baladí lo que digo, pues de un modo parejo adecuó su mente, viendo el discurrir de unos toros íntegros y fieros, al tiempo que asimilaba para su toreo el moldeado natural de ese agua del que hablábamos. Juntos estos conceptos, pero separados, fraguaron la cabeza más privilegiada para la mejor interpretación del toreo.

Cuántas veces nos enredamos en buscar esfuerzos y efectos en la lucha del torero contra el toro?. ¡Y es tan fácil!. Esta frase no conozco que la dijera el maestro Ortega, pero podría haberla dicho, pues simplifica en todo su modo sencillo de hacer el toreo: ¡Y es tan fácil!. Nadie como él supo imponer la racionalidad de la especie humana a la irracionalidad de la fiera. Utilizar sencillamente este método le colocó en lo más alto del escalafón, pero sobre todo, alcanzó el mayor prestigio de su época. ¡Qué digo!, de todas las épocas. El hombre, y los toreros, adocenados normalmente por la vanidad, pierden el concepto de la racionalidad, esa faceta que el Creador concedió al ser humano para que dominara la Tierra, incluidos sus seres irracionales, los animales. Es por eso que abandona lo fácil, da de lado la sencillez, lo natural, para acometer sus tareas, cediendo con ello, por necesidad de usar tiempo para fabricar posturas, parcelas a su enemigo. Todo lo que no es racional es forzado y, consecuentemente, artificial. He ahí el gran secreto de Domingo Ortega: la sencillez. Una sencillez castellana, que en sí misma le elevó a lo más alto de su profesión, gozando, además, del respeto de todos sus compañeros, que aún hoy sienten por él una reverencial admiración.

Cuando se habla del maestro de Borox, lo más usual es recordar su dominio, su firmeza, su determinación ante la cara del toro. También se agolpan de inmediato las ideas sobre un concepto torero del que hizo gala. Escribía Gregorio Corrochano  “torear es conocimiento del toro y salir a luchar con el toro, a medir el valor con el instinto peligroso del toro, a poder con el toro, a dominar al toro.”. Domingo Ortega decía que no es más “que llevar al toro adonde no quiere ir él”. Estos conceptos, los más conocidos sobre la tauromaquia del maestro Ortega, no dejan de recoger el fundamento del arte de torear, pero, añado yo, la esencia del toreo está en lo que subyacía en el pensamiento del maestro, la imposición de la racionalidad a la irracionalidad. El animal tendría, siempre, comportamientos uniformes de acuerdo con su condición, bravo, manso, etc., mientras en su cabeza existía, siempre, la ventaja  de la capacidad racional de variar, de repentizar, de acomodar, etc.. Es decir, el mejor uso de la racionalidad. Por eso no fue un torero al uso, ni bueno ni malo, sino mejor. Dotado del menos común de los sentidos, el sentido común. Sólo con el sentido común fue capaz, ayudado del valor auténtico, el de la naturalidad, de dejar su impronta y magisterio para los siglos venideros.

Como muestra de todo cuanto queda dicho, valga la anécdota que ahora paso a relatar. Mis padres son toledanos, de un pequeño pueblo llamado Almorox. Con motivo de realizar este trabajo para el extraordinario de La Voz del Tajo, hablé con mi padre, para documentarme mejor y le pregunté ¿qué recuerda de Domingo Ortega?. Y vean que me contestó: Lo vi desde su comienzo. Pues mira, tenía yo 13 años cuando por las fiestas de Agosto en el pueblo se celebraban dos novilladas. Y ocurrió que en la primera el novillero anunciado, tenía que matar dos novillos, pero fue cogido en su segundo, quedando el novillo en el ruedo sin que se supiera qué iba a pasar. Pasó que saltó un chaval al ruedo desde un carro donde presenciaba el festejo, acercándose al  mozo de espadas del novillero herido, le pidió muleta y espada y con absoluta determinación se dirigió al novillo. Le dio varios pases con bastante soltura y sapiencia, lo cuadró y lo mató. Supimos que se llamaba Domingo. Ante mi asombro, pregunté ¿ya toreaba Domingo Ortega por entonces, verdad?. ¡Que va! No se había vestido de luces nunca. Lo hizo al día siguiente por primera vez, sustituyendo en la otra novillada al herido que también estaba anunciado. Y estuvo muy bien. Su carrera se inició en mi pueblo. Por cierto, había acudido allí por relación de amistad con un sastre del pueblo, con quien al paso de los años trabajó tu madre en su sastrería.

Con este relato, extraordinario y supongo que para muchos totalmente desconocido, no necesité más. Era la evidencia que necesitaba, definitiva. Con las películas del maestro que he visto, lo leído y esta anécdota, totalmente gráfica, he tenido bastante. Esta visión tan clara del enfrentamiento al toro, desde ese comienzo casi clandestino, sin otro bagaje que su inteligencia y valor, viene a confirmar y hace que me reafirme en lo dicho de que Domingo Ortega no fue torero, fue la propia esencia del toreo: LA RACIONALIDAD AL SERVICIO DE LA INTERPRETACIÓN DEL ARTE DE TOREAR. En este sencillo compendio, creo acertar si digo, caben todos los calificativos y elogios que del maestro de Borox se han hecho a lo largo de la historia. El rango de torero se le quedó corto. Fue la esencia misma del concepto más primitivo y puro del toreo.

 
   
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