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Antolín Castro  
  España [ 10/10/2003 ]  
LA AFICIÓN DEL FÚTBOL Y LOS TOROS

 Resuenan todavía los ecos del desgraciado suceso sucedido en Santiago de Compostela y hora es de hacer referencia al mismo, así como a los seguidores y aficionados que lo provocan y en justa correspondencia resaltar la ausencia de dichos acontecimientos entre la afición a los toros.
 No es nuevo que entre los más radicales seguidores de los equipos de fútbol en España, -idéntico y peor en otros países- se vienen sucediendo cada jornada hechos lamentables, si bien no de las mismas consecuencias que el reciente de Santiago. No es menos cierto, importante resaltarlo, que de parecidas características, vándalas y salvajes agresiones, peleas callejeras se dan, casi, en cada partido celebrado entre sus dos aficiones más beligerantes y radicales. Patadas salvajes como la que en esta ocasión ha propiciado la muerte de un joven, que para más inri pretendía mediar en la persecución de un aficionado rival, se dan muchísimas, pero la suerte evita otros fatales desenlaces. Las mismas patadas, dadas con la misma bestialidad, se dan a diario en esos enfrentamientos entre los que dicen llamarse seguidores de sus equipos respectivos. Por lo tanto, sólo la casualidad evita más muertes. No podemos conformarnos con que las estadísticas digan que sólo cinco han fallecido en España. Habrá que decir: por suerte. Proporcionalmente a las patadas, hubieran correspondido más muertes.
 Hora es, que se tomen medidas de todo tipo, de control y seguridad policial. Pero es más hora de que se desdramatice el fútbol, que no es más que un juego. Hora es de que desaparezcan unos presidentes que llegan a ese puesto desde los mayores forofismos y descalificaciones de los rivales y contrarios. Hora es de que muchos políticos dejen de utilizar los colores de unos equipos con los mismos de sus respectivas ciudades o regiones. Hora es de que los padres, al menos empezando por los más cultos y civilizados, enseñemos, eduquemos a nuestros hijos en una afición por el juego en sí, no por los colores de un equipo en particular. Ese es el mal y ese es el problema a erradicar. Mientras existan dirigentes exclusivos y excluyentes, políticos que hacen del fútbol otra bandera más de separación y no de unión entre los pueblos, y padres que inculcan en los hijos pasión por los colores de un equipo y no del deporte, no se resolverá este problema que aqueja a la sociedad a través de sus miembros más propensos a tener los ideales en la separación y la fuerza de los puños que en la cabeza, el pensamiento y la racionalidad; vulgarmente llamados, descerebrados.
 Contrariamente, la afición a los toros no suele padecer este síndrome violento, si bien es incluso criticada con mayor dureza por parte de los protagonistas del espectáculo. Por lo menos en Madrid. Cierto es, como decimos, que en los toros no se dan estos casos de salvajismo, ni entre los asistentes, ni contra los protagonistas de los festejos, pero también es verdad, que como apuntábamos antes con el fútbol, aquí no existen, no se cultivan esos forofismos desatados con unos colores. Quizás, si a los toreros les hubiera dado, a lo largo de la historia, de vestirse siempre igual, lo mismo se hubieran producido esos seguimientos. Yo soy de los de azul y oro, o de grana y oro, por ejemplo. No ha sido así y aunque sí han existido pasiones por unos u otros toreros y por determinadas localizaciones u orígenes, cierto es que el torero en su peregrinar por las plazas ha ido captando seguidores desde cualquier lugar, nutriendo el grupo, de lo que podríamos denominar “su público” de todas las regiones e incluso de todas las nacionalidades.  Ha sido así y así sigue siendo. Algún favoritismo suelto hacia el torero local en algún lugar, pero poco más.
 El aficionado, por su parte, es ávido de eso: la afición. No entiende ni de paisanajes, ni de partidismos incondicionales y como dice una frase muy castiza: es del que lo hace. El que lo hace es, naturalmente, un torero capaz de hacer el toreo a un toro íntegro. Hoy en día, casi na. Dicho esto y por extensión lógica, hay que aproximarse a la denominada afición más exigente: la de Madrid. Esa que con tanta reiteración y saña es denostada por los que preferirían que la fiesta fuera un terreno apto para dar cabida a sus únicos intereses, al margen de cualquier arbitraje o reglamentación.
 Pues bien, esa afición -la más exigente, según todos y terrorista y reventadores, según los más criticones interesados- no tiene, ni por asomo, parecido alguno con las aficiones vándalas que tienen todos los clubes de fútbol. A esa afición, a la que con la mayor injusticia y desproporción han llegado a llamar ultras, nada tiene que ver con las así denominadas aficiones del balompié. Han sido los aficionados a los toros agredidos, sin haber dado ellos una mala patada o puñetazo a nadie. Son calumniados permanentemente por quienes de la Fiesta quieren fraude, por el solo hecho de señalar aquello que en principio, y según su legítimo criterio, no se realiza de acuerdo a las normas: unas escritas en el Reglamento y otras de tradición secular en la interpretación de las suertes.
 Observemos, que nadie censura que las aficiones al fútbol señalen durante los partidos lo que no les gusta y, naturalmente, reclamen lo que reglamentado exige penalización en el juego. Ni tan siquiera, que den rienda suelta a sus fobias e intereses insultando a los árbitros o a los rivales con todo tipo de voces y gestos. Eso, dada la gravedad de lo otro -las agresiones, tirada de objetos al campo, vandalismo y muerte- no es tratado como un problema, sino como una parte del ritmo del espectáculo. Bueno, pues eso mismo, simplemente eso, señalar, reclamar, algunas voces y gestos, que no insultos, en los toros es tratado como ultras, reventadores e incluso como terroristas. ¿Sabrán los que lo dicen qué es de verdad un ultra, un reventador o un terrorista?. Seguramente, para sí, lo saben, pero son tantos los intereses que les mueven, que dan rienda suelta a sus ocultos deseos de ser ellos los auténticos fanáticos. Y deben ser ellos, pues la afición a los toros y a las pruebas nos remitimos: Gloria bendita. Santos de altar casi todos, incluidos, por supuesto, los del siete de Madrid. Estos, si cabe, casi de Premio Nóbel si nos atenemos al esfuerzo que realizan por el mantenimiento y preservación de una Fiesta secular.
 En nada es comparable, como vemos, una afición y la otra, ni tampoco son iguales los que se quejan de los aficionados en un caso y en el otro, pero sin embargo conozco gentes aficionados que aman los dos espectáculos y de eso presumen, no de ir diciendo por ahí: soy de Ponce y del Madrid. Mejor ser del arte y del deporte.
Y como en el fútbol también hay aficionados tan pacíficos como en los toros, podemos a todos decirles: ¡Olé! por todos los que la violencia la dejaron colgada en el clavo de la puerta al entrar en este mundo. ¡Olé!.

 
   
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