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Antolín Castro  
  España [ 28/10/2000 ]  
LA TEMPORADA 2000, llena de ceros a la izquierda.

Al conjuro del año 2000, se hicieron todo tipo de vaticinios. No hubo prensa ni pantalla, ni voz ni pluma que no hiciera de este emblemático año un punto de referencia para algo. En el mundo del toro, también. No se recuerda ahora, ni viene al caso, qué pronósticos, qué vaticinios, qué deseos ni qué esperanzas se pusieron por parte de todos en la entrada de siglo, -o en la salida, según otros, pues está este tema sin resolver en todo el globo-  “frontera del bien y del mal”. En el caso que nos ocupa, todo se ha quedado en “el mal”. No vale que vengan ahora contándonos las orejas cortadas, ni los rabos, ni siquiera esa piara de toros indultados para “mayor gloria” de toreros y ganaderos. La realidad, triste realidad es otra. El toro, elemento fundamental de la Fiesta, no existe o, en su caso, está en extinción. Quien no suma resta, o lo que es peor, añade ceros a la izquierda.

La mítica cifra 2000, habrá que invertirla, es decir 0002. Esta serie numérica está en mejor disposición para poder valorar la temporada recién terminada en España. Nuestras corridas de toros se dividen en tercios; tres son los más importantes protagonistas que dan naturaleza a las mismas, los toros, los toreros y la autoridad. Tres son, pues, los ceros a la izquierda que determinan la situación histórica de la Fiesta que este año se ha dado.

PRIMER CERO a la izquierda: EL TORO. Todos sabemos que el toro es el único protagonista que nada se lleva de esto. En su lugar, son sus criadores, en primer lugar, y posteriormente quienes los eligen para el desarrollo de la lidia, los que han de responder por ellos. Pues bien, nunca como en este año, con un final “apoteósico” en Las Ventas de Madrid, para poner de manifiesto la casi total ausencia de raza, de fuerzas, de casta, de bravura, de pitones, de..., de la cabaña de bravo del campo español. Nuestros ganaderos, casi en su totalidad, han venido durante las últimas décadas “jugando” con fuego. Tanto han ido cortando las uñas a la fiera, que ésta se ha quedado desprovista de los más elementales comportamientos de un animal legendario. Ni se crecen en la lucha, ni tan siquiera luchan. Se someten, -posiblemente sometidos previamente- al capricho de quienes montan los espectáculos. Los “indultos” concedidos  son fiel reflejo del toro que defienden: sin otros atributos, “el que se deje”.

Mal remedio tiene esta situación, pues a nadie se le escapa lo largo que es el camino de retorno. Abdicar de unos encastes dulces que, a la postre -nunca mejor dicho, pues como dulces postres los utilizan- han arruinado la sangre brava, es un ejercicio que exige mucha racionalidad y habrá que preguntarse si ésta existe. ¿Pues qué racionalidad han tenido quienes se han empeñado en “echar agua al vino” durante tanto tiempo?. Habrá que confiar, siquiera un poco, en que hayan tomado buena nota del lamentable espectáculo que han venido dando. Los empresarios, quienes eligen el ganado para sus ferias, se juegan mucho. Al margen de “turistas” foráneos que acuden en las fiestas patronales, ¿a qué aficionados van a ganar para su causa?. Son los que tienen la solución si reniegan de su continuada complicidad. Todavía existen ganaderías, cuyos toros aguantan el peso de la lidia y no permiten el afeitado, es decir, el espectáculo en plenitud. Su obligación es contratarlas, sin más. Aquellos ganaderos que no garanticen la plenitud, al paro. A purgar sus culpas. Los toreros-toreros a torear. Los que  no acepten el reto, nadie los echará de menos. Una sola temporada en orden, cambiaría el signo, el mal signo que padecemos. El ganado que padecemos, haber quién me dice que no es el primer cero a la izquierda.

SEGUNDO CERO a la izquierda: LOS TOREROS. ¡Bendita comodidad!. ¿Cómo es posible, que se elija una profesión como esta para, después, exigir comodidad?. Cabe mayor despropósito que hacerse torero, pudiendo ser estanquero o vendedor de flores, por decir dos profesiones arriesgadas, pero menos -en una, se está cerca del humo, en la otra existe riesgo de pinchazos con las rosas-. Ser torero exige una disciplina grande, siendo la más grande de todas la asunción de un riesgo, incluso la muerte, pero voluntariamente aceptada. Cierto es que cualquier astado encierra en sí mismo un riesgo, sea de dos, tres, cuatro o cinco años, cuyos pitones sean veletos o gachos, astifinos o astigordos, con peso menor de 500 o mayor de 600 kilos, haya recibido una, dos, tres o hasta cinco varas, manso o bravo, de comportamiento huidizo o de clara fijeza. Todos, absolutamente todos reúnen, durante el enfrentamiento, suficientes elementos como para herir, incluso matar, a quien se enfrenta a ellos, pero no es menos cierto, que reduciendo su edad, sus pitones, pero, básicamente, sus fuerzas, además de limitar, de aminorar el riesgo, se aumenta el fraude. Ya dijimos en otra ocasión que “reducir” al toro, además de fraude, es una cobardía. Todos asumimos riesgos diariamente, siquiera en la circulación. A nadie se le ocurre que para disminuir el riesgo haya que achicar los camiones. El riesgo existe, tal cual.

¿Qué hacen los toreros para mantener la dignidad que merece su profesión?. Enfrentarse a ese tipo de “ruinas” que vienen saliendo por los chiqueros un día sí y otro también, no es precisamente dignificante. A modo de ejemplo: ¿a qué determinado objetivo le llevó y qué dignidad le reportó a Víctor Puerto su “hazaña” de matar 6 “toros-ruinas” en solitario en Madrid?. Huelga contestar. Con la corrida de Victorino del día siguiente todo hubiera sido distinto. ¿Que no había, que no se podía?, pues no se torea y en paz. Estadísticamente, El Juli acabó con todos. Toreó cuanto quiso y se esforzó permanentemente, si bien la pregunta sea esta ¿la mayor cualidad del mejor es el esfuerzo?. Convengamos que en los novilleros sí, en los matadores es bastante discutible. Relevante el “hombre-record” Ponce, quien lleva ya nueve temporadas toreando más de cien festejos. Quien más lo agradece, su cuenta corriente. Otros nombres del año han sido, Curro Romero y su retirada, el citado Víctor Puerto, El Califa, José Tomás en su paso por “segunda” y poco más. El mejor recuerdo de los Toreros, con mayúsculas, para quien suscribe, un Torero mexicano, el picador Efrén Acosta. Poco, muy poco. Pero todo devaluado por el medio toro al que se vienen enfrentando. Destacable también los malos modos que han usado algunos “toreros” para “discrepar” de quienes discrepan de lo “grandioso” de su toreo y la gloria de la fiesta que ellos defienden. Con estos mimbres, otro cero a la izquierda.

TERCER CERO a la izquierda: LA AUTORIDAD. ¿Qué quieren que les digamos sobre la autoridad?. Lo más razonable, lo más corto y por derecho -tratándose de tauromaquia- es: que no existe. Sobre este particular escribimos un trabajo recientemente (que se puede ver en esta página web) en el que apuntábamos los males que nos aquejan por culpa de su ausencia. Me remito a él. Aquí sólo reflejar que difícilmente es posible desarrollar ninguna actividad, si ésta no esta regida por unas normas, un reglamento (también posible la lectura de un trabajo al respecto en esta página) para cumplirle, no dejando que se inutilice su contenido y objetivos por el interés de unos pocos y la desidia de la autoridad responsable de su exigencia. De una autoridad que no ejerce, sólo nos queda certificar que son el tercer cero a la izquierda.

EL DOS, con estos tres ceros a la izquierda expuestos, es el que nos queda para confiar. El dos está representado por dos colectivos muy importantes, dos colectivos con la suficiente fuerza para impulsar el motor que revitalice nuestra querida fiesta. Uno es la prensa, otro, más importante, la afición. De la prensa también hemos escrito este año (es posible repasar), pero hoy quiero ser cómplice de aquellos a los que les anime el mismo interés que a mí: LA AUTENTICIDAD DE LA FIESTA. LA VERDAD DEL TOREO. Es posible, sin desánimo, dar la batalla. Mucha responsabilidad ha estado, está, en la letra impresa y los micrófonos. Juntos podemos darle la vuelta. Hace falta un compromiso que nos haga renacer de las cenizas que nos acechan. El ave Fénix existe, no es una utopía. Ya que existen los ceros a la izquierda que no suman nada, sepamos sumar nuestros esfuerzos por una causa que merece la pena. Permanecer impasibles, cómplices con esta situación, es la mayor estocada que podemos darle a la Fiesta: el descabello. La puntilla no es el elemento que manejamos en nuestras manos; más eficaz, generoso y responsable es el uso de la pluma. Nuestra mejor arma para una causa que nos reclama.

Más importante todavía es la afición. Callada en la mayoría de las plazas, hecha callar en alguna otra, apasionada y ruidosa en Madrid, pero fundamentalmente afición sana. Son, han de ser, los mejores defensores de la causa que aman. No es posible por más tiempo mantener esta farsa. No es de recibo que los silencios sean cómplices de los fraudes. Sólo han beneficiado a unos pocos. ¿Quién es capaz de afirmar que algunos famosos  silencios han  mejorado el comportamiento de las reses?. Nadie, con total rotundidad, porque, muy al contrario, han permitido involuntariamente que unos tunantes hayan hecho la fiesta a su modo. No se trata de respeto o no respeto para el que actúa, si previamente han faltado al respeto a la afición, negándoles lo que el cartel anunciaba: toros íntegros. Los toreros merecerán todos los respetos cuando los contratos sellados con la afición, que son la compra de las localidades, no introduzcan “cambiazos” en lo anunciado.

Sólo a partir de ahí se establecerá el respeto a las reglas, dentro de ellas el torero, no al margen de las mismas. De este modo se celebran, pocas, corridas en España y en ninguna se les niega el respeto que ellos mismos ofrecen al espectador. Ejemplos los hay, incluido Madrid, y ellos lo saben. Naturalmente, cuando decimos ellos nos referimos a quienes en ese día y en ese festejo se visten de luces, otros no vienen -ni a ver la corrida- y no lo saben, o quizás prefieran ignorarlo. Ningún aficionado que se precie puede, ni debe, apreciar el toreo que se practique con toros inválidos, siendo además que la mayoría de las veces se les aplica el destoreo. En el 2001, siglo XXI, -sin discutirlo ya nadie- los aficionados tienen en sus manos ocupar el cetro del toreo. No olvidemos que ellos son, además de los que pagan, los únicos a los que no se puede acusar de interesados. Todos los demás viven de ello, ¡ojo! incluidos periodistas.

Los ceros a la izquierda no sirven para nada, necesitan reciclarse. Con el dos -prensa y afición- puede comenzar la suma.

Nota.- Recordamos que el próximo día 1 de Noviembre publicaremos el primer capítulo de La Reserva del Toreo. “El arte de Torear en manos de los diestros más veteranos”

 
   
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