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Pla Ventura  
  España [ 05/11/1998 ]  
JUAN GOLONDRINA.

 

    Nació en México. Vive en plena calle, en la avenida de Insurgentes. Casi siempre está sentado en la acera, muy cerca del teatro de Insurgentes. Le encanta ver salir a los artistas. Él es artista; de la calle, pero artista. Sus pertenencias son peculiares; una mochila, una gabardina, un sombrero y unas maracas, el instrumento que le hace recordar que es un cantor. Le llaman Juan Golondrina. Es conocido por todos. Tienes 35 años y ha vivido, desde su más tierna infancia en plena calle. No conoce a sus padres. Como otros miles de chamaquitos que deambulan por esa gigantesca calle de nombre Insurgentes.

    Juan ha sido un niño más en ese bello país hermano en que, por lo visto, sus dirigentes no pueden o no saben hacer nada por erradicar para siempre la mendicidad, como un mal muy grave de la sociedad azteca. El chamaco podría haber sido un delincuente; reunía todas las circunstancias lógicas para ello. Pero no; él quería ser cantor; de las esquinas, de los camiones, como se les llama en México a los autobuses. Juan vive de las pocas monedas que le echan los transeúntes, los miles de transeúntes que deambulan a diario por tan fastuosa calle. El sigue siendo testigo de las vivencias de tantos niñitos, de tantos chamaquitos como allí les llaman a los niños chicos, que pasean en busca de que alguien les compre unos zapatitos. Quizás, a base de tanto pasear descalzos, sus pies, apenas notan que les falta la prenda principal para sus cuerpos.

     En esa ciudad tan grande, de dimensiones tan enormes, es reconfortante que todos estos chicos que contempla a diario Juan Golondrina y que comparte con ellos las monedas que recoge, es lindo que no les haya dado por la delincuencia. Estos chicos, dejados por la mano de Dios, ven a un turista y, se le acercan; “  Señor, le ayudo; déjeme que le lleve las maletas”. Y con esa amabilidad y educación tan exquisita de que son portadores, con la finalidad de conseguir unas monedas, solícitos y prestos, ayudan a todo aquel que les parece forastero, obviamente, pensando que son los que les pueden ayudar.

     Juan Golondrina sigue siendo el testigo mudo de estas entrañables vivencias. El creció en este ambiente. La calle ha sido su casa, su morada, su único refugio. Sigue durmiendo debajo de la luna. Se tapa con su gabán y sus maracas siguen repicando a todas horas. Su voz es melodiosa. Es un cantor más, de los muchos que le cantan a la vida. Sus canciones, repertorio de las vivencias de su alma, siguen cautivando a los viandantes. Que no se calle nunca el cantor. Si se calla el cantor, se acaba la vida.

    Se marchó Juan una temporada hasta tierras de Guadalajara. Le contaron que allí viven algunos personajes de la sociedad rica mexicana. En México también hay ricos, claro que sí; como en todas las partes del mundo. Lo que pasa es que, lo pobres, se cuentan por millones y, se notan más. Juan cantó por las calles de Guadalajara y, allí conoció a Mónica, una chamaca estudiante, hija de una familia de la alta sociedad que, a diario, le iba a escuchar y, por ende, en ayudarle. Mónica, al ver a Juan Golondrina, comprendió que no todos son ricos como ella y, con ese generoso corazón que Dios le dio, todos los días ayudó a Juan mientras estuvo en Guadalajara. Regresó Juan a su México Distrito Federal y se llevó la promesa de Mónica en que, cuando acabe su licenciatura, iría a verle para seguir escuchándole y, ante todo, para ayudarle.

      Juan Golondrina es un personaje más, un ejemplo de lo que es la sociedad mexicana en que la pobreza hace furor en estos chamaquitos de que hablaba, mientras que, una elite muy reducida, tiran el dinero a manos llenas, se compran carros fastuosos y forran de madera sus casas.

    Todo esto me lo contó un personaje genial; Alberto Cortez. ¡ Gracias, Alberto¡

 

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