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Pla Ventura  
  España [ 11/05/2004 ]  
TARDE INFERNAL

  La tercera corrida de toros de la feria de Madrid, poca gloria atenazó para el recuerdo. Frío, lluvia, viento y todos los elementos en contra de este espectáculo que, por encima de todo, la climatología, tiene que ser su aliada puesto que, de lo contrario, el sopor, es inaguantable. En ocasiones, suspender, sería lo lógico. En este festejo, de no haberse celebrado, los aficionados, lo hubieran festejado con alegría. Uno, ante he hechos como este, se pregunta ya quién tiene más valor, los toreros o el público que acude a sufrir a la plaza.

  Los toros de Astolfi, sin ser los asesinos que les precedieron en las tardes anteriores, tenían su guasa y, por encima de todo, sus pitones muy afilados. Bien es cierto que, estos toros, no tenían sospechas de afeitado, algo que siempre es de celebrar. Pero tampoco nos rasguemos las vestiduras que, si pretendemos ver al toro íntegro –resultados al margen- nunca debemos de buscarlo donde acudan las figuras. Y, en esta ocasión, como no había diestros de “tronío”, si estaba la bella estampa del toro. Es verdad que, la corpulencia de este tipo de toros, engaña por completo. Quiero decir que, por ejemplo, sólo de verlos, imagino que, los toreros, tienen derecho en acomplejarse, de ahí que, en demasiadas ocasiones, dejan que los devoren en varas. Luego, claro, vienen las lamentaciones al comprobar que, un toro asesinado en varas se defiende más de lo habitual y, por ello, su lidia, es poco más que imposible.

  Las dos medias verónicas majestuosas de Luís Miguel Encabo, no fueron aval suficiente para calentar motores. El hombre lo intentó con una disposición admirable; pero quizás, aquel toro, tenía mucho más. Cierto es que, aprendió rápido y, pronto se le vino abajo pero, no es menos verdad que, a los toros se les corta las orejas con los primeros doce-quince muletazos y, lo demás, puede servir de adorno; pero si antes del adorno no se ha logrado lo que digo, poco más se puede esperar y, Encabo, no supo conseguirlo. Dentro de un orden, si así lo podemos calificar, Encabo resultó ser el menos damnificado de la corrida, dejándose, como se evidenció, muchas cosas en el ruedo, de forma concreta, la posibilidad de ser reconocido a otro nivel; y digo a otro puesto que, en el toreo, eso de ser un gran trabajador, apenas es nada; los hay a montones. Encabo lo hizo todo, hasta con las banderillas; pero una cosa es ser un trabajador infatigable y, otra muy distinta, dejar aroma de torero caro.

  Eugenio de Mora no tuvo muchas opciones, es la verdad. Pero no es menos cierto que, su tristeza le acompañó durante toda la tarde. No se encontró y, posiblemente, tenía motivos para el desánimo, aunque, en tardes como la presente, irremediablemente, la disposición tiene que ser otra; aunque parezca y no lo sea. No ganó punto alguno y, tendrá que esperar otras oportunidades.

  El Cid es el último guerrero de la moderna tauromaquia puesto que, pocas cosas le asustan; su valor espartano le lleva por los senderos de la angustia permanente pero, su toreo, precisamente, está basado en su valor. No le acompañó la suerte porque, en honor a la verdad, sus toros, tampoco permitieron grandes logros. Pero ahí quedó su consistencia de torero macho, como chapado a la antigua. Claro que, la moderna torería, exige otros logros. Ocasiones tendrá, de eso no me cabe duda. Sin ser un torrente de sentimientos creativos, El Cid, tendrá un puesto en las corridas legendarias; lo triste es si, como ahora, le tocan los peores enemigos.

  Otra tarde para el olvido. Ayees de angustia. Ilusiones perdidas. Esperanzas truncadas. Tarde infernal y, a esperar mejores ocasiones, tanto para los toreros como el público que, lo pasaron fatal. Cuando menos, de haber podido trasladar el escenario al Palacio de Vista Alegre, la cosa hubiera sido más liviana; al menos, para los aficionados.

  Si queda, dentro de todo, el pensar que, para estos hombres ilusionados con la esperanza de que sea Madrid el que les ponga en circulación y, comprobar, como un día sí y otro también, tantos, se van quedando en el camino, ello debe ser desesperante. Ser torero es muy difícil y, llegar a figura, como decía Belmonte, un milagro. Por ello, todos los que lo intentan, sólo por eso, ya merecen un respeto. Y sigo creyendo que, es mucho más complicado, llegar a figura, que el propio milagro a que aludo, no en vano, para todas las ferias de España, hacen falta –pruebas cantan- menos de una docena de toreros. Siendo así, ¿qué futuro tienen los otros doscientos ochenta  toreros del escalafón?

 
   
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